Síguenos en redes sociales:

Intemperie

IntemperiePixabay

No soy ajeno al naufragio contemporáneo en el mar de las dudas. Por eso, sospecho que últimamente mis columnas arrancan con el freno de mano echado. Lo noto desde que elijo el tema, lo proceso y lo escribo. Noto como si escribiera aprisionado en marcos narrativos más cómodos o menos arriesgados. Y en no pocas columnas me reconozco rehén de un miedo atávico a causar malestar o equivocarme por lo dicho. Como si la convicción de antes hubiera mutado en duda patológica. Como si escribir hoy, sobre cualquier cuestión, persona, hecho o situación, pudiera ser interpretado como un gesto de violencia simbólica.

Para evitarlo, a veces uso la prótesis de la amabilidad mórbida, eligiendo temas que quizá no requieran complejidad interpretativa ni señalamientos directos. Y entonces, uno se da cuenta —de ahí esta columna— que, cuando el miedo domina las conversaciones públicas, las opiniones no es que desaparezcan, es que desaparecen los juicios solventes y honestos. Uno llega hasta aquí tras comprobar que, más que miedo a opinar sin cortafuegos, se encuentra sumido en un proceso de autocancelación indiciario fruto del tribalismo social, el juicio permanente y el cuestionamiento constante. Y uno se pregunta por qué. Y llega a la conclusión de que, en este tiempo tóxico y complejo que ha sancionado que una sociedad sana es una sociedad sin conflictos; la discrepancia se considera agresión, la crítica un ataque y la incomodidad de las preguntas una forma de violencia. Y ahí ando.

En este galimatías. Con dificultades para componer textos surgidos de una reflexión serena, apoyados en palabras que no traicionen la propia verdad y no abracen la polarización afectiva. Porque una escritura madura no se mide solo por la habilidad de criticar al contrario; se mide también por su capacidad de juzgar también a los tuyos desde ángulos imprevistos. Y más aún, por saber limpiar la propia mugre.