Los dos Franciscos

09.02.2020 | 01:08

El sábado en la zona de Burguete se perdió un hombre de 89 años, en la búsqueda participaron, como es deseable, Bomberos, Policía Foral y Guardia Civil. Apareció con síntomas de hipotermia el domingo por la mañana. Se llamaba Francisco.

A la misma hora, y en la misma zona, dormía en la puerta de la iglesia de Espinal otro Francisco. Este de 72 años, nacido en Cartagena y el cuarto de una familia extensa, a la que no veía desde hace años. Andaba con los pies cansados y la mirada descreída con un carro de la compra, no tenía más. Sucio, pobre, con un gorro roto, las manos ásperas y hambriento estuvimos hablando durante el día. Venía del Valle de Arán, y jodido de frío quería llegar a Elizondo porque había trabajado levantando una parte de la escuela de allí. En su vida de pasos cortos y recuerdos largos, había llegado hasta Polonia, le habían intentado robar dos veces y le gustaba ponerse la radio a tope, porque le hacía compañía.

No tenía ni para un café, le gusta la leche en caja y los surcos de su piel anunciaban una cara castigada por el sol y el frío. Buen conversador, de la radio no le gustaban las noticias, estaba harto del asunto catalán y decía una y otra vez que no valdría para político.

Sentados en el banco de Casa Juan en Espinal, me contó que le dolió que un vecino pasara a su lado sin saludarle, que le daba mucha vergüenza pedir dinero, y que la radio a veces traidora no le cogía la emisora que él quería, porque en mitad del monte la niebla es más poderosa que la antena de la radio de los chinos que llevaba.

No quería dormir en el frontón, ni en casa, ni quería ducharse, ni que le lavara la ropa, sólo me pidió un cartón de leche y un pantalón. Sonreía porque un vecino le llevó chorizo, y sin dientes como andaba poco podía hacer.

A la media hora de dejar a Francisco con sus cosas y sus carros, empezó a pasar todo el dispositivo de búsqueda del primer Francisco. Y pensé que la pobreza sigue siendo invisible a ojos de quienes vivimos calientes. Tanto que un ciclista me preguntó si ese hombre con el que había hablado era el Francisco que se había perdido. Al decirle que no, que era Francisco el sin techo, se dio media vuelta y no le interesó la historia.

Si estos días pasáis por Artesiaga, allí andará Francisco, al que ningún dispositivo buscará, con su carro y su radio dispuesto a que alguien le dé un cartón de leche y le salude como a un ser humano.