¿De qué sirve tener una nacionalidad?
La detención de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses plantea un serio interrogante sobre qué significa hoy tener una nacionalidad y hasta dónde llega la soberanía de un Estado. Muchos gobiernos hablan de violación del Derecho Internacional, mientras Washington justifica la operación en nombre de la lucha contra el narcoterrorismo. Al mismo tiempo, alrededor de nueve millones de venezolanos han abandonado su país en las últimas décadas, huyendo de la crisis económica, la inseguridad o la persecución política. ¿Qué protección real les ofreció su nacionalidad cuando tuvieron que hacer colas en consulados, afrontar discursos hostiles o aceptar trabajos muy por debajo de su formación?
La pregunta se vuelve inquietante: si EEUU puede capturar a un presidente extranjero y llevárselo para juzgarlo, ¿quién asegura que mañana no se intente algo similar con Ortega en Nicaragua, con el régimen cubano o con gobiernos incómodos como el de Petro en Colombia? Las reacciones internacionales, de momento tímidas y divididas, alimentan la sospecha de un doble rasero permanente.
¿De qué sirve entonces tener una nacionalidad? ¿Sirve para proteger a los ciudadanos o para legitimar a gobiernos que, llegado el caso, pueden ser derribados por la fuerza exterior mientras millones de compatriotas malviven en el exilio? Tal vez este sea el debate urgente que el mundo prefiere aplazar. A pesar de los supuestos avances sociales, sigue vigente la ley del más fuerte.