En los últimos tiempos, la seguridad y la convivencia en nuestra comunidad se han convertido en asuntos que ya no pueden ignorarse. Cada vez son más frecuentes las situaciones de tensión, las discusiones que se descontrolan por motivos mínimos y las actitudes que rompen con la idea básica de respeto mutuo. Lo preocupante no es solo que estos episodios existan, sino que muchos comienzan a aceptarlos como parte de la rutina, como si fueran inevitables.

Es necesario recordarnos que una comunidad no se sostiene únicamente con normas escritas, sino con una cultura de respeto y responsabilidad compartida. Cuando esta cultura se debilita, ninguna regla por sí sola es suficiente. Por eso considero urgente reforzar las medidas de prevención, impulsar campañas de concienciación y establecer protocolos claros que permitan actuar con rapidez y eficacia ante cualquier incidente.

También sería positivo crear espacios donde las personas puedan expresar sus inquietudes y resolver conflictos sin miedo ni tensión. La convivencia se fortalece cuando existe diálogo, cuando hay presencia institucional y cuando las pequeñas faltas no se dejan crecer hasta convertirse en problemas mayores.

La seguridad no debería ser un privilegio, sino una condición básica para que todos podamos vivir en paz. Es responsabilidad de las instituciones, pero también de cada ciudadano, contribuir a un entorno más sereno, más respetuoso y más humano. Poner este tema en la agenda pública es un paso imprescindible para avanzar hacia soluciones reales.