El miércoles, día 28, se estrena una nueva obra en la que durante años fue la casa de muchas personas que pasamos por el taller de teatro del Navarro Villoslada. Un escenario y un patio de butacas nos acogieron semana tras semana a través del arte, la cultura y la amistad.

Como en cualquier casa, crecimos. Entramos sin saber quiénes éramos y ahí aprendimos a sentirnos libres, vivos. Aprendimos que el arte importa, que la cultura educa y que la historia, la justicia y la verdad son necesarias para transformar. Este aprendizaje no ocurre por casualidad ni por inercia. Ocurre porque hubo dos personas que sostuvieron ese espacio con trabajo, compromiso y amor.

Con todo eso aprendido, hoy lo más justo es decir que se estrena una obra en un lugar que ya no se siente como casa, que no huele a hogar. Porque un lugar deja de ser casa cuando se echa a las personas que nos han cuidado, enseñado y entregado su vida a nosotras.

Ana Artajo y Ion Martinkorena han sido referente y ejemplo para saber qué significa el talento, el amor, la creatividad y la pasión. Han sido los hermanos mayores que todo niño quiere para que lo guíen cuando aún está aprendiendo. Que alguien haya decidido que era mejor no contar con ellos no solo resulta incomprensible, resulta indignante. Una decisión que, para quienes formamos parte de la familia del teatro, no se siente como un cambio sino como una ruptura. Un disparo a la razón.

A quienes acudáis a ver la nueva obra, os propongo lo siguiente: entrad por la puerta principal, mirad el telón cerrado, recorred el pasillo, observad el patio de butacas y preguntaos quién falta. Preguntaos cómo un lugar lleno de magia puede dejar de sentirse como un hogar.