Hace casi un año, la Comisión Europea recomendó a los ciudadanos disponer de un kit de emergencia para subsistir 72 horas sin ayuda externa. La medida era sensata y respondía a un contexto evidente: conflictos geopolíticos, crisis energéticas y fenómenos climáticos cada vez más frecuentes. Sin embargo, la pregunta hoy sigue siendo incómoda: ¿ha cambiado algo en la preparación real de la población? La respuesta, en gran medida, es no.

En estos días, con nuevas tensiones internacionales como las del Estrecho de Ormuz, vuelven a aparecer recomendaciones puntuales, tener dinero en efectivo, almacenar básicos, que resurgen en los medios de forma reactiva. Pero la preparación ciudadana no puede depender de impulsos informativos esporádicos ni de alertas coyunturales. Requiere constancia, pedagogía y, sobre todo, cultura.

Prepararse no es reaccionar al miedo del momento, sino incorporar hábitos. Y ahí Europa y también España tiene un déficit evidente. No existe una estrategia sostenida que eduque, entrene y normalice la autoprotección. No se enseña en las escuelas, apenas se practica en simulacros y rara vez ocupa espacio estable en la conversación pública.

El contraste con otros fenómenos sociales es revelador. Pensemos en el fútbol: omnipresente en medios, escuelas y vida cotidiana. Nadie necesita recordar constantemente su importancia; forma parte del tejido cultural. La preparación ante emergencias, en cambio, sigue siendo un mensaje puntual que se olvida al día siguiente.

La resiliencia no se construye con recomendaciones aisladas, sino con repetición, educación y acción. Si queremos ciudadanos preparados, hay que tratarlos como parte activa de la seguridad colectiva, no como receptores pasivos de advertencias.

Porque, en última instancia, no se trata de generar alarma, sino de generar capacidad. Y esa capacidad, hoy por hoy, sigue siendo una asignatura pendiente.

*El autor es Director Gerente de Tesicnor