Cuando un amigo se nos va, queda un vacío penoso y lo necesitamos rellenar de recuerdos, pues así lo hacemos vivo en nuestro corazón y mente. Es como querer resucitarlo, volviéndolo nuestro, sentado a nuestro lado con las manos entre las nuestras, con el sonido de su voz y la mirada de sus ojos fijos en los nuestros. Como desafiando al tiempo.

Y regreso a un pasado de casi 50 años, cuando acudimos a Gernika a celebrar la recuperación mínima de nuestra aspiraciones políticas e históricas, con las manos unidas en gratitud. Sabíamos que era el principio de algo importante, con lágrimas en los ojos por el dolor de la separación de Nabarra.

Pello Irujo me miró bajo la sombra que nos otorgaba el roble de Gernika, y con una voz que provenía de más de cinco generaciones de lucha por la reconstrucción de nuestros derechos forales, y señalando a Karlos Garaikoetxea, que lo definió como un nabarro de ley, me dijo, este es el futuro lehendakari. Había que comenzar desde cero la tarea de levantar todas las instituciones del país, en un ambiente de tensa calma y una economía rota que dejaba el franquismo, inmersos en ambiente de generosidad y pasión sin límites en el país. Había mucha pasión en dar, sabiendo que no había de dónde recibir.

Garaikoetxea y el equipo que lideraba cumplieron con creces la misión que parecía imposible, y aún la acrecentaron en aquel complejo entresijo humano que es el pueblo basko. Era un pueblo víctima de una represión implacable con el que pudimos construir Ajuria Enea, la sede del Gobierno en Gasteiz y el Parlamento Vasco renaciendo de un viejo instituto… cada día se confirmaba bajo su liderazgo un paso más en el derrotero de nuestra consolidación nacional. Él era el alma de Nabarra que latía para nosotros todos y nuestra historia y los hijos de nuestros hijos.

Y recuerdo las veces que regresaba de los funerales de los muertos por ETA y le ayudábamos en el batzoki de la plaza del Castillo a despojarse de la camisa y chaqueta, sucias de escupitajos. Recuerdo cómo nos iba trasladando su duelo por los muertos y su dolor porque, además del trabajo de reconstrucción, teníamos que apagar el odio desencadenado de los que creían que la violencia podía liberarnos.

Y me permito un recuerdo dulce y doloroso de aquellos días en que llevando a nuestros hijos a la ikastola San Fermín, nos sentábamos a hablar del futuro por el que había que trabajar para nuestros hijos y la cultura baska. La sonrisa cordial de Sagrario, la compañera y apoyo de Garaikoetxea, que nunca defraudó, pues era representación de la mujer baska solidaria firme y madre de sus hijos, que reparaban en hacer fácil la inclusión de los nuestros, recién aterrizados de América. Dejábamos nuestros hijos en ese gran universo llamado ikastola, un universo dirigido entonces por Atxa Jauna, que protegía y reclamaba más euskera, libertad e innovación.

Garaikoetxea mostraba el camino con aquella seguridad que parecía hacer fácil lo difícil. Gozamos de un bien devenido de nuestras raíces florecientes como de la aspereza del cardo nace nuestra eguzki lore. Izan zirelako gara, garelako izango dira.