¿Agredir a un enfermo es la única solución?
Vaya por delante que la finalidad de esta carta no es contribuir a erosionar la imagen de nuestro servicio público de salud, que sólo cuando afrontas una enfermedad como la que nos ha tocado vivir valoras en toda su dimensión, sino denunciar públicamente un hecho puntual, muy grave, para que no vuelva a repetirse.
Desde hace aproximadamente cinco años, uno de mis hijos padece una enfermedad oncológica que, junto a la dureza de los tratamientos que se le han ido aplicando, le ha acabado provocando episodios de agitación y nerviosismo en su comportamiento. Precisamente, como consecuencia de la aparición de estos episodios, acudimos en primera instancia a nuestro centro de salud y posteriormente, tras una crisis aguda, a urgencias del Hospital Universitario de Navarra. Fuimos a que nuestro hijo recibiera tratamiento médico que lo tranquilizara y lo que recibió fue maltrato y agresión por parte de personal de la empresa de seguridad que presta servicio en dicho centro sanitario. Llevamos a un paciente necesitado de atención médica y fue tratado como si fuera un peligroso delincuente.
Estos hechos ocurrieron hacia las 22 horas del pasado 14 de abril, en la planta de observación del ya citado hospital. Estando en la sala de espera en compañía del resto de la familia, oímos unos gritos que identificamos con nuestro hijo, por lo que nos acercamos a la sala en la que le estaban atendiendo. El espectáculo no pudo ser más aterrador: el chaval estaba inmovilizado en el suelo por tres vigilantes de seguridad, con la cabeza contra una cama, la espalda aplastada por la rodilla de uno de ellos y el brazo retorcido hacia atrás, en una posición completamente antinatural y peligrosa. No conformes con la agresión física, uno de los vigilantes vertió amenazas verbales contra mi hijo y contra mí mismo cuando les pedí explicaciones por su actitud.
La única versión del incidente viene recogida en un informe médico firmado por una persona que no presenció los hechos, algo que me parece inaudito, y afirma que mi hijo presentaba un cuadro de agitación “difícil de reconducir” y “se golpeaba la cara con las manos y la cabeza contra la pared”. La aparición de los vigilantes no debió de contribuir a tranquilizarlo, ya que a uno le lanzó la bata hospitalaria y le golpeó con la mano abierta, según expone ese mismo informe, tan irreal como unilateral, realizado tras un reconocimiento médico efectuado a las 11 de la mañana del día siguiente, mientras mi hijo permanecía medicado y adormilado, y del que, por tanto, no se recoge versión alguna. A modo de excusa, uno de los sanitarios presentes nos dijo: “Hemos llamado a Seguridad para evitar que se autolesionase, no para que le pegasen”.
Tras este lamentable incidente, reclamamos a los responsables hospitalarios el protocolo de actuación para estas situaciones, un parte de lesiones sobre este caso particular y el informe de incidencias de dicho día, documentación que todavía no han tenido a bien entregarnos, y finalmente el pasado 27 de abril presentamos denuncia por agresión ante la Policía Foral.
La utilización de la fuerza puede estar justificada en caso de agresión a personal sanitario por parte de familiares o acompañantes, como ocurre al parecer con demasiada frecuencia, pero en ningún caso, y menos aún de forma tan desproporcionada, se debería aplicar a una persona con un tumor cerebral, que lleva cinco años sometida a un durísimo tratamiento de radioterapia y quimioterapia, y que en el momento en que sucedió este desgraciado incidente apenas tenía fuerzas para levantarse de un sillón. Ni a cualquier persona enferma, me parece a mí.
Lo que estamos exigiendo es que se esclarezca este incidente, que se depuren las responsabilidades que pudieran derivarse del mismo y que no vuelva a ocurrir nunca jamás. Y esta exigencia es absolutamente compatible con el agradecimiento a todo el personal sanitario que durante estos largos y penosos años están atendiendo con esmero y delicadeza a nuestro hijo.