La patria hermana se suma a la extensa geografía de la extrema polarización. Colombia puede adherirse a la larga lista de naciones abrazadas al populismo de la mano dura y el rencor. Es posible que se lleven también la nación andina-caribeña y todas sus selvas verdes y todo su anhelo de construir una sociedad más justa, igualitaria y creativa. Es probable que la ola ultraconservadora triunfe en la segunda vuelta.
He seguido de cerca el mandato de Gustavo Petro que ya llega a su fin. El mandatario colombiano es el reflejo de las enormes dificultades que hoy afrontamos, máxime en esa América Latina de abismos sociales, de aún brutal violencia, para construir un mundo nuevo. Querer no es siempre poder, aunque tengas contigo el bastón presidencial. Gabriel Boric no era poeta pero lo hizo en Chile con más tiento, consenso y gradualidad y aún y todo ha sido barrido por la ola extremista de derechas.
A la política le sientan muy bien los poetas, mantienen siempre enhiesto el alto ideal. Por nada del mundo podrán olvidarlo, por más que les cueste esfuerzo añadido encarnarlo. El contraste con la realidad se les puede antojar excesivo. Algunos llevamos mucho Petro dentro, demasiado M19 del que veladamente nos sentimos orgullosos. No debiéramos. No conviene vivir de las batallas de ayer, sino tratar de incrustar el mismo arrojo y generosidad en la hora claramente diferenciada del presente.
A la política le sientan bien los cuellos sin corbata como el de Cepeda, las líderes indígenas y todo su colorido alegrando la vicepresidencia, pero quizás le empiezan ya a sobrar los puños en alto… Vivimos un presente urgido que reclama, si cabe aún con más fuerza, el punto del equilibrio y el encuentro. Más polarización sugiere más razón para la moderación, la amabilidad y el consenso.