El Ayuntamiento de Pamplona insiste en la vieja receta de la “resignificación” para el monumento a los Caídos. Lo llaman centro cultural, lo llaman espacio ciudadano, lo llaman lugar de memoria. Pero no nos engañemos: se trata de mantener en pie un símbolo franquista en el corazón de la ciudad.

Ese edificio no es neutro ni puede serlo jamás. Fue levantado para glorificar a Mola y Sanjurjo, para enaltecer a los verdugos y borrar a las víctimas. Resignificarlo sería pedirnos que aprendamos a convivir con la humillación, que aceptemos la derrota como paisaje urbano.

La resignificación es un disfraz, una manera de conservar el mausoleo franquista bajo otro nombre. Pero su silueta seguirá recordando lo mismo: la exaltación de un golpe de Estado que llenó de sangre nuestras cunetas. No hay panel explicativo ni programa cultural que pueda borrar esa verdad. EH Bildu, un partido que en otros foros ha sido valiente en la denuncia de injusticias -como en el caso de Gaza, donde ha exigido con fuerza el fin de los bombardeos y la defensa de los derechos humanos-, no puede permitirse mirar hacia otro lado cuando la injusticia está más cerca. No se puede condenar la violencia a miles de kilómetros y guardar silencio ante los símbolos que la legitimaron en nuestra propia tierra. Imagínense que los sionistas construyeran un templo a sus caídos en medio de Gaza y a los años los gazatíes llevaran una propuesta de demolición del edificio. ¿Qué votaría EH Bildu? ¿En contra?

Por eso, la única opción digna es el derribo. Pamplona no necesita monumentos a la dictadura, necesita memoria democrática y respeto a las víctimas. Y eso se consigue limpiando el espacio público de símbolos de opresión, no blanqueándolos.

Quienes defienden la resignificación hablan de “pedagogía”. Pero la mejor lección es otra: que en esta ciudad no caben templos a los golpistas. La democracia no se resignifica, se defiende. Y defenderla exige derribar, no maquillar.