La boca de Esperanza Aguirre no decepciona jamás; tanto si es a micrófono abierto como a cerrado. Esta vez ha sido a propósito de no sé qué arquitectos o de qué obra que no le gusta, diciendo que habría que matarlos a todos porque sus crímenes ahí quedan y resultan imborrables. Desgarro ritual de vestiduras. A la paleta con título nobiliario y ganadería de toros se le toma en serio, de modo que, al día siguiente de decir que iba a demandar a quienes le habían abucheado en la universidad, se ha visto obligada a pedir el ritual perdón de los tartufos en cuanto la marejada social ha subido de tono.
Esta es la época gloriosa de los perdones, de los perdones en falso, en requetefalso, última manoletina de esta banda de chulos. Se pide perdón y a otra cosa. Boca pequeña y boca grande, bocas bravas que hay que recortar. Lo público y la puerta cerrada. Se cumple gracias a esa hueca convención y se debe aceptar la patraña de la misma manera, como una convención, dejando a un lado el fondo del asunto. Si usted no perdona es cosa suya. Yo, a lo mío. Con permiso... O sin él sobre todo, porque me importa un carajo mi perdón, su perdón y el del Moro Muza, y siguen, siguen, insultando, avasallando, hoy a este, mañana allí, y siempre haciendo lo que les viene en gana, seguros de la impunidad que por el momento les otorgan los votos de una sociedad que se siente cómoda en un sistema cada vez más autoritario.
Eso sí, la frase de la Aguirre me ha gustado no porque deteste a los arquitectos y comparta su exabrupto, sino porque lo sucedido me ha recordado a Wikileaks. Me explico: la difusión de documentos burocráticos y reservados nos ha permitido tener la certeza, la prueba pública y palpable, de cuál es la consideración que les merecemos a quienes nos gobiernan. Ninguna.
Esas de las llamadas "a micrófono cerrado" son expresiones sinceras, bravas, dichas para jolgorio de la cuadrilla, para ser celebradas entre iguales, para que los tuyos te rían la gracia, pero a cambio nos permiten conocer qué piensa esa gente de nosotros, arquitectos o no, parados (que se jodan o nos jodamos en general) o no, gente del montón y así tratada: que habría que matarnos a todos, a todos los que de la manera que sea estropeamos el paisaje, hoy por una cosa y mañana por otra? No hay respeto alguno, es filfa, filfa pura, filfa de la buena? Aparceros, criados, peones, pinches mendigos? Somos los de la "¡Milana, bonita!". Azarías eternos al servicio del señorito de turno. Y nos matan. Y saben cómo hacerlo. La muerte social del que molesta es un hecho. Es fácil. Es más fácil de lo que parece. Ellos también la han practicado. Y lo saben. Hacer desaparecer de la vida pública a quien de lo público vive es mucho más fácil de lo que parece. Basta un plumazo. Una llamada que se repica y ya está. Lo demás viene rodado.
Pero volvamos a los arquitectos a los que también se puede matar socialmente si incordian demasiado, o si modestamente disienten y no comparten las directrices mangadescas del partido en el poder.
Arquitectos. Lo es el alcalde de Pamplona que ha favorecido el derribo de urgencia de la cárcel de Pamplona, la de la jota, esa de si me llevan que me lleven yalacárcel de Pamplona, cuando el edificio no estaba ni siquiera vaciado. Y todo para eludir cualquier conato de debate público sobre su posible reutilización y destino.
Se ve que los recortes no llegan a los negocios del hormigón, en manos, siempre, de amiguetes lejanos o cercanos, tanto da. Pertenecen al mismo gremio: la cosa pública como negocio privado. El negocio del hormigón no debe parar jamás, para ellos sería un drama. Y el alcalde es partidario de ese negocio y de que la maquineta de generarles ganancias no pare. Viene la época de las alcaldadas, de los pactos entre cargos públicos que burlan otras expectativas ciudadanas. Milana, bonita... para siempre.
Público y privado. De lo privado hecho público trata el acontecimiento de la semana: la grabación erótica de Olvido Hormigos, una concejal del PSOE en un pueblón de la Mancha, que ha sido difundida con intención de causarle daño. Repugnante.
La concejal no dimite, y hace bien, porque dice que no ha hecho mal a nadie ni infringido ley alguna, que sí, que es verdad, con las leyes en la mano no lo ha hecho, pero que de lo que se trata es de la defensa radical de nuestra privacidad, ese espacio donde hacemos lo que nos viene en gana con ese límite que las leyes penales nos imponen. Nuestra privacidad es ya casi la única afirmación verdadera de nosotros mismos que nos queda.
"He decidido que no voy a dimitir. Hay cosas mucho peores en política y lo que yo hice no es ningún delito. ¿En qué he perjudicado yo a nadie?", dice Olvido Hormigos con valentía. Pero no sé si es del todo cierto que no haya hecho daño ni perjudicado a nadie. Si por mal y perjuicio entendemos el desenmascarar hipocresías puritanas, pamemas de la doble moral y dejar en cueros vivos a quienes la linchan, por ser quien es en privado, lo ha hecho y mucho, y me alegro. Repugnante puritanismo, repugnantes normas de la manada, rebabas de una sexualidad aherrojada, culpable, sombría. Los husmeasábanas se sienten agredidos, se sienten puros, convenientes, como hay que ser y la muta de la caza se organiza enseguida. Los agresores se convierten en víctimas (el milagro nacional por cierto) y tienen que dar caza a quien les ha ofendido: la concejal. Une mucho la muta, el olor del acoso, la vista de la presa. El nosotros sale muy fortalecido y el verbo de los cazadores se enciende, aunque sean ladrones, especuladores, abusivos, tramposos en sus relaciones, infractores natos, timadores, chanchulleros... Me conozco a esa sucia tropa, una limosnilla de penitencia y vuelta la burra al trigo, pero ay, el sexo, ay. Robar, bien, disfrutar del sexo, eso no, ni tú ni nadie.
¿Qué es un puritano? Alguien que se pone enfermo si se entera de que otro, en algún remoto lugar, puede ser ligeramente dichoso. Algo así. Lo decía H.L. Mencken... ¿Quién?... Ná, uno, un periodista, de antes, eh, de antes, americano... Ah, bueno.