Futuros
Hace 55 años subió al espacio el Sputnik-1, un 4 de octubre de 1957, abriendo la Era Espacial. Conforme fueron aquellos tiempos pioneros, en una carrera tecnológica de los dos bloques que crearon la Guerra Fría y la destrucción mutua asegurada, lo del espacio fue escaparate y poderío. Ahora, entre las telecomunicaciones y los sistemas de posicionamiento, pasando por la información meteorológica y demás, convivimos con tecnologías espaciales sin casi darnos cuenta. Cierto que las previsiones que nos vendían hace más de medio siglo nos colocaban ya a estas alturas de siglo XXI viajando por el espacio como si nada, con colonias espaciales en algunos planetas, o ya en plena guerra contra las máquinas inteligentes... pero el papel de la predicción del futuro es equivocarse, y más en esos grandes escenarios de la tecnología, qué le vamos a hacer.
Ni la manipulación genética ha traído (¿aún?) un mundo feliz, ni aunque este gobierno se dedique a manipular y engañar con ahínco (los anteriores hicieron lo suyo también) la verdad no puede alterarse siempre, para todos, en todos los sitios, como sucedía en 1984. Desde luego, a pesar de vivir interconectados y bajo el control de unos cuantos oligopolios tecnológicos, ni la conciencia ha surgido en un sistema centralizado ni criaturas cibernéticas amenazan con eliminar finalmente la especie humana.
Pero me preocupa que tampoco se vayan previendo mecanismos que eviten que un día se cumplan esos malos augurios (u otros), que el desarrollo se haga sin evaluar las consecuencias a medio o largo plazo y sin que haya criterios éticos y derechos humanos bien fundados. Deberíamos exigirnos que sin dejar de mirar a lo alto mantengamos la vista más abajo, en lo que tenemos a nuestro alrededor, en quienes tenemos al lado. Me inquieta que, además, expresar estas opiniones comience a ser ya considerado sospechoso (si no reo) de ir contra el sistema. Su sistema, quiero decir.