Los cuidados atraviesan la vida humana desde el inicio hasta el final. No son una cuestión privada ni un asunto menor, sino un reto ético, político y social de primer orden. Ponen a prueba nuestras democracias y revelan qué entendemos por dignidad. Reconocer nuestra fragilidad, organizar colectivamente la interdependencia, reclamar el cuidado como derecho humano y asumir la responsabilidad compartida -también frente a la casa común- exige una profunda transformación cultural y social. Marije Goikoetxea invitó en el Foro Gogoa a pensar el cuidado como bien relacional, como exigencia de justicia y como camino hacia vidas logradas, personales y colectivas.

¿Necesitamos dar y recibir cuidados? 

Solo gracias a que somos intensa e integralmente cuidadas por otras personas hacemos efectiva nuestra condición humana. Ser cuidadas es una experiencia primaria en nosotras que incluye dos movimientos: la receptividad y la responsividad (utilizando una expresión de Xabier Etxeberria), es decir un atender solícito que surge tras la recepción de la necesidad de otra persona y encuentra sentido en la propia identidad de “hacerse cargo” de quien lo necesita. Así, a lo largo de toda la vida nos vamos capacitando en diferentes momentos y circunstancias en las diferentes vertientes del cuidado: cuidar, cuidarse, cuidarnos.

Si la vulnerabilidad es constitutiva de lo humano ¿Por qué seguimos viviendo la dependencia como un fracaso? 

En la modernidad liberal más o menos igualitaria en la que vivimos, con su ideal de individuo independiente y autosuficiente, la cultura de los cuidados es casi contracultural. Necesitar cuidados de larga duración es vivido como un fracaso, como una vida sin sentido; si además esos cuidados se procuran en una situación de dependencia para las actividades cotidianas se consideran frecuentemente una humillación, una pérdida de dignidad, es decir de autoestima o estima social.

¿Qué implica el cambio hacia una cultura de los cuidados? 

Esa cultura reclama transformaciones relevantes en mentalidades, actitudes y conductas en el ideal de modernidad. Reclama lucidez para reconocer que ser dependientes y vulnerables, por tanto, necesitar cuidados, es intrínseco y permanente para la condición humana; también, lo es ser capaces y libres y, por tanto, poder autocuidarnos y cuidar. Esta comprensión supone cambiar el objetivo, personal, y de las políticas sociosanitarias; el objetivo no es evitar la dependencia, sino la dominación, el sufrimiento y la exclusión que la dependencia genera si no disponemos de un sistema de cuidados universal, como universal es la condición humana dependiente. 

Adela Cortina dice que la dignidad humana no depende de la autonomía ni de la productividad. ¿Cómo se aplica esto en situaciones de gran dependencia?

La dignidad no tiene que ver con las capacidades, sino con el reconocimiento de que los demás son seres humanos vulnerables, como lo soy yo, y que merecen ser tratados bien. Ese reconocimiento requiere entrenamiento. Igual que hemos aprendido a detectar el machismo o la discriminación, tenemos que aprender a reconocer la dignidad de las personas dependientes. Cuando lo hacemos, descubrimos que aportan mucho: nos enseñan a cuidar, a pararnos, a reconocer nuestra propia fragilidad. Una sociedad que expulsa la vulnerabilidad se empobrece éticamente.

Afirma que la ética es una garantía social. ¿De qué protege exactamente la ética cuando hablamos de cuidados?

La ética, el acuerdo ético de una sociedad, es la garantía tanto para la reclamación de dichos cuidados cuando se necesiten, como para su correcta realización. 

Cuidar bien va más allá de una cuestión técnica. ¿Qué condiciones deben cumplirse para que un cuidado sea éticamente bueno?

La actividad de cuidar debe ser buena en un triple sentido: porque se realiza a través de una intervención instrumental técnicamente correcta para satisfacer la necesidad concreta de la persona cuidada; porque provee de apoyos para llevar adelante los propios fines, el propio proyecto de acuerdo a los valores y preferencias particulares tanto para la persona cuidada como para la persona cuidadora; y porque se da en una relación humana de buen trato que alivia el malestar y reconoce la dignidad y el valor de la persona a través de la estima, la compasión, la diligencia, el agradecimiento y la confianza. 

Habla de “simetría moral” en relaciones inevitablemente asimétricas. ¿Qué significa, en la práctica? 

Cuidar bien exige establecer relaciones de simetría moral, donde la persona cuidada es una interlocutora válida que decide y se corresponsabiliza de sus cuidados y sus implicaciones en el resto de la comunidad de referencia. La persona cuidada también puede explotar, instrumentalizar y maltratar. Que la dignidad, y el buen trato alcance a todas las personas por el hecho de serlo, hace que la reclamación de cuidados tenga un alcance universal, sea una exigencia de justicia, y que consecuentemente pueda reivindicarse como derecho humano. 

Históricamente el cuidado ha sido asignado a las mujeres como algo “natural”. ¿Qué consecuencias sociales y políticas ha tenido esta naturalización del cuidado?

La ética del cuidado es inseparable de la crítica feminista. Históricamente, el cuidado ha sido asignado a las mujeres como una extensión “natural” de su identidad, lo que ha permitido su desvalorización social, económica y política. La ética del cuidado, desde una perspectiva feminista, no busca idealizar el cuidado ni reforzar su feminización, sino politizarlo y redistribuirlo. Cuidar no puede seguir siendo un destino impuesto, sino una responsabilidad compartida. 

¿Qué implicaciones políticas tiene el reparto de tareas de cuidados en nuestra sociedad?

La política feminista estadounidense Joan Tronto, lo dice muy claro: la función de una democracia cuidadora es “detectar necesidades y repartir responsabilidades”. Nadie debe escaquearse de cuidar. Habrá cuidados más espontáneos y otros más profesionalizados, pero organizar los cuidados es la obligación de un Estado social como el que suponemos que tenemos. Como dice Tronto: “En un contexto patriarcal, el cuidado es una ética femenina; en un contexto democrático, el cuidado es una ética humana”. 

¿Estamos ante una “crisis de reproducción social”?

Desde el feminismo, esta situación se interpreta como una crisis de reproducción social: el sistema económico depende de un trabajo de cuidado no remunerado que no reconoce ni garantiza. Las cadenas globales de cuidados, analizadas por la economía feminista, muestran cómo esta crisis se desplaza hacia mujeres migrantes, reproduciendo desigualdades de género, clase y origen. Ser cuidada y cuidar no es un mero bien privado, solventable en la familia, en el autocuidado o en el mercado de los cuidados, sino un bien público de alcance universal.

¿Puede el cuidado de las personas separarse del compromiso con la casa común?

Tal y como afirma la ecofeminismo, además de interdependientes somos ecodependientes. Es imposible pensar en el desarrollo y el futuro de las personas y las comunidades, desconociendo el impacto de la acción humana sobre la naturaleza. Las propuestas éticas de cuidado de la naturaleza visibilizan la intersección entre la opresión de género y la degradación ambiental. 

La ética del cuidado integra el principio de justicia. ¿Hay equidad en la distribución de bienes y recursos de cuidados?

Hay situaciones que suponen en sí un atentado contra el principio deontológico de justicia y, por tanto, contra la dignidad, como pueden ser el establecimiento de criterios de exclusión de determinadas prestaciones en función de la edad, la discapacidad, la situación administrativa, las molestias para terceros, etc. Algunas discriminaciones atentan además al principio de no-maleficencia, cuando las personas sufren daños graves provocados por la ausencia (intencionada o no) de cuidados para la atención de necesidades básicas. 

¿Caminamos hacia la profesionalización inevitable de los cuidados?

Coincido con Victoria Camps que pensar en una total profesionalización de los cuidados, dada la condición humana, no es un ideal moral. La realización primaria de cuidados con nuestros próximos, ensamblada con los cuidados profesionales en lo que se precise, es en sí positiva, humanizadora. La protección de las personas con las que estamos vinculadas forma parte de nuestro propio bienestar. Hay que reconocer que existe junto al derecho a ser cuidado el deber de cuidar, que afecta a todas las personas en función de sus capacidades y disponibilidades y que debe de ser asumida individual y colectivamente. 

En ocasiones, el cuidado se convierte en un obstáculo para nuestros proyectos vitales.

En la cultura de la autonomía independiente, “cuidar” solo forma parte del proyecto de vida para quien elige una profesión ligada al cuidado y únicamente en su dimensión profesional. Pero en la cultura de los cuidados, que reconoce la interdependencia humana, también para ser felices, todas las personas tenemos disposición tanto acoger ser cuidados como la disposición a cuidar, en la medida en que la vida nos lo requiera. Esto no supone olvidar las circunstancias dolorosas y costosas que pueden implicar, sino el reconocimiento de que somos en comunidades en las que con-vivimos y con-morimos y cuidar el morir de la otra persona me capacita para mi propio vivir y morir.

Cuidar bien implica corrección técnica, bondad moral y buen trato. ¿Estamos capacitadas para ello?

El cuidado no es espontáneo ni natural, y mucho menos una cualidad femenina innata, sino una práctica ética exigente que requiere aprendizaje, reconocimiento y condiciones sociales adecuadas. En las relaciones de cuidado son decisivas las virtudes del dar (escucha, atención, serenidad, humildad, gratitud, amabilidad, fortaleza) y las virtudes del recibir (agradecimiento, paciencia, colaboración y confianza). 

¿Puede un robot, programado y entrenado, ofrecer un cuidado verdaderamente ético y centrado en la persona?

Los robots de compañía utilizan IA para simular reacciones emocionales, reduciendo el estrés y la soledad en pacientes con demencia, pero carecen de la intencionalidad de cuidar o amar, lo que puede considerarse un engaño en una relación que exige veracidad. La máquina no puede cubrir las necesidades espirituales ni el mantenimiento de la identidad del paciente. 

En relación con la inteligencia artificial aplicada a los cuidados, ¿dónde sitúa el principal límite ético?

-La diferencia fundamental radica en la naturaleza del juicio moral. En el ser humano es un proceso complejo que involucra tanto a la razón como a las emociones. Ante dilemas morales, las personas experimentan conflictos y empatía, sintiendo la carga de la responsabilidad. La IA, por el contrario, actúa por optimización e instrucción; puede “elegir” entre opciones, pero no siente el conflicto moral ni la responsabilidad de esa elección, siendo su juicio “objetivo” pero vacío de significado humano. 

¿La IA podría sustituir el juicio moral humano?

El cuidado genuino es un acto de relación y reconocimiento mutuo. Por tanto, la responsabilidad moral final en cualquier decisión clínica debe recaer siempre sobre los seres humanos, ya que son los únicos con capacidad de juicio moral genuino. La IA es un excelente soporte, pero nunca un sustituto del criterio y el compromiso humano. 

Estamos trasladando el cuidado del ámbito doméstico al institucional. ¿Las instituciones permiten un cuidado verdaderamente humano?

Estamos en una transición. Hemos pasado de un modelo donde el cuidado recaía en las mujeres en el ámbito doméstico a otro que se despliega en lo público. No quiero ser negativa, creo que lo iremos haciendo mejor, pero hoy el cuidado depende en gran medida de dos factores muy concretos: las personas que tengas alrededor y el dinero que tengas en la cuenta bancaria. Para que exista un derecho efectivo al cuidado, el nivel de dependencia tiene que ser altísimo, y antes de llegar ahí las necesidades ya son diarias, continuas y crecientes. Esto genera fenómenos muy problemáticos, como las redes de cuidado precarizadas o lo que llamamos cuidado colonial: traer mujeres a bajo coste sin reconocer su dignidad. Además, en muchas instituciones se entiende el cuidado como una suma de tareas. 

¿Por qué ese modelo basado en tareas resulta insuficiente?

Porque hacer bien las tareas no significa cuidar bien. Evaluamos déficits, los repartimos entre profesionales y desconectamos de la persona. Cada uno cumple su parte y cree que, con eso, la persona está cuidada. Pero no es verdad. Una persona está bien cuidada cuando alguien es capaz de pararse, darse cuenta de que está llorando y aliviar su sufrimiento. A veces cuidar bien implica no hacer lo que toca en ese momento, porque hacerlo aumenta su angustia. Cuidar es un bien relacional: tiene que ver con cómo me tratan, no solo con lo que me hacen.

¿Qué se pierde cuando el cuidado se reduce a protocolos? 

Es fundamental distinguir entre “tener cuidado de” (que alguien no se caiga, se tome las medicinas…), que se caracteriza por una objetivación y delimitación precisa y “cuidar a” una persona (que precisa medicinas, apoyos…) lo que supone inevitablemente subjetivación, apertura a la relación, a la atención. Los cuidados, en su sentido propio, es intersubjetividad y hay dimensiones que no son mensurables y, por tanto, son gratuitas: la amabilidad, la confianza, la diligencia, etc. Cuidar solo la limitación o herida implica descuidar e incluso puede ser mal cuidar. 

¿Qué dice de nuestra sociedad la forma en que cuidamos hoy?

Las familias ya no pueden cuidar solas, y eso nos coloca ante una decisión colectiva. O volvemos a dejar fuera a las personas vulnerables o hacemos un contrato social de cuidados. No hay una tercera opción. Ese pacto exige recursos, decisiones políticas y un cambio cultural profundo. No se trata solo de envejecimiento -cuidado con el edadismo: las personas mayores cuidan muchísimo y sostienen familias y comunidades-. El problema no es que haya más cuidados, sino que son cuidados distintos. Tenemos derecho a ser cuidadas, pero también el deber de cuidar. Y la manera en que resolvamos esto dirá mucho de qué tipo de sociedad queremos ser.

Si cuidar exige vulnerabilidad, tiempo y presencia ¿estamos dispuestas, como sociedad, a asumir el coste ético, político y económico de cuidar bien?

Los cuidados son un reto colectivo que debe generar preocupación y reflexión social en relación con la forma de comprender, organizar y dotar de políticas sociales y recursos su abordaje, incluyendo la conciencia y la responsabilidad de la sostenibilidad y el cuidado del planeta en el que vivimos. Pero es además una responsabilidad personal y colectiva que sólo puede responderse adecuadamente desde la capacitación ética individual y social, pues todas somos agentes de cuidado o desprotección, de buen o mal trato. Es, por todo ello, un gran tema merecedor de la búsqueda de grandes consensos éticos, políticos y sociales.