Editorial

No es tiempo para Juegos

25.03.2020 | 01:55

El aplazamientos de los Juegos Olímpicos escenifica con crudeza el impacto de la pandemia en el deporte. Los efectos económicos anuncian un nuevo escenario que puede servir para regular un mercado desbocado

la actividad deportiva contemplada como espectáculo e industria también sufre el ataque del coronavirus. Aunque en el contexto de este combate para contener la pandemia y salvar vidas pueda parecer un asunto residual, hay que tener presente la aportación que el negocio montado alrededor de los deportes más populares supone en el PIB del Estado, que el año 2017 alcanzó la cifra del 1,2%. Los datos que hizo públicos el Gobierno el pasado año así lo atestiguan, con una mejora interanual del 9,1%, que sitúan el negocio vinculado a la actividad física en todos sus ámbitos hasta 14.653,9 millones de euros en 2017. Detrás de un partido de la Primera división de fútbol, de la Liga ACB de baloncesto o de la Vuelta a España de ciclismo hay cuantiosas inversiones y muchos puestos de trabajo. La repercusión económica va más allá de los directamente implicados en el acontecimiento. Unos datos que se multiplican hasta cifras astronómicas cuando se habla de un Mundial de fútbol, de atletismo o de rugby, o de los Juegos Olímpicos. La suspensión de algunos eventos programados para esta primavera o el próximo verano no solo supone un formidable varapalo en la programación y objetivos de miles de deportistas que han visto arruinados meses y meses de preparación, el perjuicio económico para los organizadores al no registrarse ingresos también será mayúsculo. Ayer mismo, el COI y el Gobierno de Japón confirmaron lo que era un secreto a voces: los Juegos Olímpicos de Tokio han sido aplazados, algo que solo habían conseguido las dos guerras mundiales. La concentración de miles de deportistas y millones de visitantes hacían aconsejable tomar esta medida, que si se ha demorado ha sido como consecuencia del daño económico que causa a los organizadores. Los efectos del COVID-19 en el deporte anuncian también otro escenario desconocido: la aplicación de ERTE a las plantillas de los equipos. La caída de ingresos ante la suspensión de eventos y la incertidumbre ante un futuro en el que no se puede poner fecha al regreso a la actividad –si llega a producirse en los plazos fijados por calendario– hacen insostenible pagar las nóminas de las grandes estrellas, cifras desmesuradas en muchos casos. Quizás la crisis que viene puede servir al deporte para ajustar un mercado desbocado en el que se llegan a pagar cantidades injustificables, incluso en tiempos de bonanza.