La relatora especial de la ONU para los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese, denunciaba ayer la “estrategia sistemática de escalada bélica” de Benjamín Netanyahu, que usa a los civiles como peones de su estrategia expansionista en Líbano e Irán. Líbano, país soberano que está sometido a tensiones sectarias internamente pero cuya integridad territorial está ahora amenazada por tentaciones anexionistas del sur del país, ha sufrido desde octubre pasado, antes de iniciarse la actual ofensiva israelí, 1.200 muertos y medio millón de desplazados por bombardeos del Ejército hebreo, según datos de Naciones Unidas. En Irán, son al menos 3.500 los civiles fallecidos, con independencia del pulso que aplican sobre las infraestructuras energéticas de la región los ataques de uno y otro bando.
La denuncia de la relatora es que este patrón ya se vio en Gaza y dejó un mínimo de 42.000 muertos civiles, el 80% mujeres y niños (según Human Roghts Watch). Netanyahu exporta el caos y sibilinamente pasa casi desapercibida la anexión de 700 hectáreas de Cisjordania el año pasado. Su fórmula, de alargar la guerra regional para invocar la “unidad nacional” ante la amenaza exterior, le sirve para mantener blindada su supervivencia política. Tres causas judiciales por soborno y corrupción le esperan el día en que deje de mantener el país sometido a emergencia nacional; pero el conflicto las paraliza. Es un cálculo cínico: la expansión territorial en la Cisjordania ocupada se hace viable con la adrenalina bélica, mientras su coalición ultraderechista se cohesiona.
En contraste, Donald Trump se ha lanzado a la improvisación. La Casa Blanca reacciona a trompicones a una guerra que lastra los datos macro de EEUU: inflación escalando hacia el 3%, tipos estancados en 3,5-3,75% ante la imposibilidad de bajarlos en medio de la tendencia inflacionista, PIB recortado 0,4 puntos, inversión paralizada (S&P 500 -5% post-Irán), empleo dañado (gasolina +28%, consumo -0,2%). La deuda federal (1 billón anual) y los inversores petroleros presionan por un alto el fuego que llevan a la Casa Blanca a tantear –o simular– salidas. Pero Netanyahu dicta el ritmo y, en tanto su valedor estadounidense no perciba que se ha convertido en aliado de unos intereses que no son suyos, la inestabilidad persistirá.