La gestión de la crisis del hantavirus ha dejado una lección que no acaba de calar en la clase política: ser eficiente ante una alerta sanitaria no es sinónimo de actuar unilateralmente. El episodio del buque fondeado en Tenerife exigía un ejercicio de cogobernanza real que ha brillado por su ausencia. En lugar de situar al Gobierno canario en el centro de la cooperación, el Ejecutivo central ha optado por orillarlo en exceso. Las dudas expresadas por Fernando Clavijo debieron ser abordadas y aclaradas con lealtad institucional y pedagogía.

Sin embargo, el Ministerio de Sanidad eligió el reproche público, cuando no la descalificación, para utilizar la polémica para su autoafirmación política. Para el departamento que dirige Mónica García, ridiculizar al presidente canario ha resultado ser la vía de escape perfecta para apuntarse un tanto mediático tras los graves errores acumulados en la deficiente gestión del estatuto marco sanitario –de nuevo el pecado de orillar a parte de los afectados– y la creciente conflictividad con los profesionales médicos.

Este error, que pervierte el sentido del Estado autonómico, fue rematado ayer por Yolanda Díaz al criticar con una superficialidad significativa al líder canario en apoyo a la ministra de Sumar con un prioridad partidista, lejos del perfil institucional exigible a una vicepresidenta del Gobierno. El segundo fracaso de esta crisis lleva la firma del Partido Popular. Inmerso de lleno en la vorágine de la campaña electoral andaluza, el principal partido de la oposición no ha dudado en utilizar esta emergencia de salud pública como simple arma arrojadiza.

Para el PP, todo ha valido. En un momento y en un escenario que demandaban certidumbres y rigor, los de Núñez-Feijóo solo han aportado ruido y confusión. Su responsabilidad política debería haberle llevado a contribuir en positivo, arrimando el hombro para transmitir tranquilidad a la ciudadanía. En lugar de eso, prefirieron seguir jugando al desgaste, con la prioridad absoluta del cálculo táctico cortoplacista y no el interés general.

Las emergencias de salud pública apelan a la responsabilidad, pero evidencian el oportunismo. También en esta crisis, quizá sobredimensionada pero ante la que se exigía prudencia, la sociedad demanda coordinación y compromiso, no un escaparate de vanidades ni una trinchera electoral.