Lo único bueno del mandato de Trump es que cada día que pasa falta uno menos para su final. Apenas ha superado el primer año desde que retornó a la Casa Blanca y su catálogo de violencia extrema, injusticias y amenazas globales es tan extenso que pone los pelos de punta. Nos encontramos ante la persona más peligrosa del planeta que, como ya advertimos en su momento, está fuera de control. Todo ello con el agravante de que su capacidad para hacer el mal es ilimitada.

No en vano, en él confluyen su condición de ser el jefe del ejército más poderoso del mundo con su desprecio más absoluto por la legalidad internacional. Un cóctel explosivo que solo puede derivar en la extensión del dolor allá donde pone el ojo. Ya sean personas de origen migrante que habitan en su país, dirigentes de otros Estados que no le bailan el agua e incluso históricos aliados como lo han sido los miembros de la UE. Todos ellos pueden convertirse de la noche a la mañana en potenciales enemigos de alguien obsesivamente destructivo que actúa de manera unilateral. Como ocurre con Irán, un país al que tenía en su punto de mira desde tiempo atrás, al que ya atacó hace nueve meses, y ante el que incrementa su ofensiva con la excusa de derribar al régimen de los ayatolás.

Otro episodio de violencia para el que no le va a faltar un relato con el que pretender justificarse. Como hizo hace un par de meses cuando secuestró y encarceló a Maduro con la excusa de que era un narcotraficante. En este caso, habla de aniquilar las capacidades nucleares y misilísticas de Irán, además de aprovechar la crisis interna del Gobierno para descabezarlo. Lo que no dice Trump, ni su compañero en este viaje, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, es que detrás de esta guerra está el propio interés político personal de dos líderes cada vez más cuestionados internamente, que buscan resituarse ante las importantes elecciones que han de afrontar este 2026.