Le ha costado seguramente más tiempo del que calculaba, pero Trump ya tiene la guerra que quería: un enfrentamiento bélico de primer nivel en Oriente Próximo, tras el entrenamiento previo dando soporte a Israel para la aniquilación de Palestina. Hasta llegar a este conflicto, ha recurrido al cínico argumento de la diplomacia de la fuerza. Consiste en establecer conversaciones previas con el adversario antes de bombardearle en el caso de no doblegarse a sus pretensiones. Quien llegó a la Casa Blanca con America First como eslogan y dando la sensación de que se iba a ocupar más de las cuestiones internas, prioriza ahora la política exterior. No es nuevo el afán imperialista de EEUU.

Todos sus predecesores lo han practicado con mayor o menor virulencia. Pero este lo hace trasladando la sensación de ser un destalentado que no mide las consecuencias de sus decisiones. Lo hemos visto con su errática estrategia arancelaria y con su intermediación en la guerra de Ucrania. Esa que iba a solucionar en cuatro días, pero ha cumplido cuatro años sin que se atisbe su final. Este presidente pirómano que se presenta ante el mundo como un falso bombero acaba de provocar otro fuego con la falsaria excusa de contribuir a la democratización de Irán. La realidad es bien distinta. Su fracaso para imponer por la vía legal la capitulación de un régimen que no es de su agrado le lleva otra vez más –ya lo hizo en Venezuela– a recurrir al uso desmedido de la fuerza. De nuevo –qué casualidad– golpea otro país productor de petróleo con todas las consecuencias que esto puede entrañar para la economía mundial. De momento, es difícil pronosticar qué va a pasar, pero es evidente que si el conflicto se alarga, iremos a un escenario inflacionista en el que unos pocos se forrarán a costa de las clases medias y bajas.