El susurrar del tiempo en el envejecer

26.11.2020 | 01:49

"Abrázame hijo mío que yo ya he vivido suficientes años". En este contexto de la epidemia, una madre anciana le exhorta a fundirse en un abrazo a su hijo al que no veía desde hacía tiempo. Tiempo, finitud y amor. El tiempo vivido ya es suficiente para ella y da prioridad a la expresión amorosa con su hijo, trascendiendo el temor a la muerte.

Ciertamente navegamos en un universo de tiempo, espacio y materia, en un transcurrir marcado por la evolución. Un tiempo relativo pero que lo vivimos socialmente supeditados a cronos. El tiempo que vivenciaba el humano recolector-cazador, comparado con los tiempos cíclicos de la agricultura, el posterior tiempo lineal de la revolución industrial o el de nuestra época tecnológica ha ido variando, cada vez más alejados de los ritmos naturales y más artificiales, cada vez más acelerados y destructivos para la vida de los seres vivos y del planeta.

El tiempo es un complejo constructo cultural y mental, social e íntimo, entretejido, una trama de devenires en la cotidianidad, una realidad que es aceptada colectivamente. Sin embargo, en la edad adulta y según envejecemos hay un nuevo paisaje que asoma y promueve una nueva conciencia del tiempo diferente alterando la forma de experienciarlo. Ese cambio responde, entre otros, a tres aspectos que confluyen en esa etapa vital. Tales son: la presencia más intensa de la finitud, la huella del tiempo en el cuerpo y la edad.

Es la primera de ellas, la finitud, la más incuestionable. Por las experiencias cercanas vividas de la muerte de los otros, la ignorancia de los límites resulta cada vez más insostenible a medida que se envejece. Se deja de asumir la muerte, negada socialmente, y se tiene cada vez una mayor conciencia del límite temporal, de lo efímero y del devenir de la impermanencia, además de una manera de ver la vida con una proyección de futuro menos intensa que la que se tenía. El límite, lo efímero, la brevedad, la duración finita adquieren una presencia cada vez más intensa en el transcurso de los años.

El cuerpo revela, asimismo, el transcurrir del tiempo. Ha llegado a ser un producto del proceso de individualización occidental, lo vivimos íntimamente unido y conformado con la psique y vinculado a la identificación del yo. El cuerpo de la vejez, más proclive a la enfermedad, se ha convertido socialmente en un objeto indeseable, estigmatizado y no bello, en definitiva, se le combate para que no sea lo que es. Pero el paso del tiempo aleja y libera a la vejez despierta del encorsetamiento corporal y de sus representaciones publicitarias. Es él expresión de los placeres y dolores que ha ido recogiendo en su viaje vital, y aunque el desarrollo tecnológico lo convierte en objeto manipulable es, a pesar del proceso de artificialización, parte de la naturaleza. El cuerpo de la vejez es como un viejo árbol centenario de corteza leñosa y profundas raíces, es bello por lo que es.

Y en tercer lugar nos referimos a la edad. Es ella un marcador temporal tenaz, a la vez que una invención cultural, una construcción de tiempo numérico. Útil, en términos sociales para proveer las necesidades del sistema productivo. El tiempo de los años que se van cumpliendo tiene significados culturales que conforman la manera de vivenciarse la persona. Así, por ejemplo, el tiempo adquiere otras dimensiones y sentidos para el individuo cuando en una edad determinada legalmente puede dar por concluida su etapa laboral. Es entonces el momento en el que desaparece la tiranía del reloj y el enjaulamiento del tiempo productivo al que estaba sometido. La concepción y vivencia del tiempo va cambiando, ya que las actividades que se realizaban se vivían condicionadas por la obligatoriedad del cumplir un horario, es decir, se producía una cosificación o empaquetación del tiempo. Sin embargo, no resulta generalmente fácil liberarse del troquelamiento psicológico a que la persona se ve sometida tras décadas de vida laboral. Conseguirlo debe ser un objetivo de cuantos han llegado a esa edad y están en condiciones de hacerlo. Será el medio para ganar una libertad perdida y desarrollar una creatividad que los imponderables de la vida bloqueó. Es entonces cuando el tiempo cuantificado pierde su relevancia y la tiranía de la linealidad desde su pasado, presente y futuro se diluye. De esta manera, alejados de la medición convencional, surge un contexto menos coercitivo y más proclive a vivenciar el tiempo de una manera más íntima, más pausada y serena.

Cuando se ha relegado el tiempo mecánico se expresa el transcurrir y nos adentramos en un tiempo vivo no medido, que se traduce en un proceso inasible, en un susurro casi inaudible. Es el tiempo que se expresa en los procesos de la cognición de formas variadas. Nos podemos preguntar qué sucede con el tiempo cuando asoma el mundo emocional. Cómo medirlo cuando los impactos emocionales fluctúan y responden a sensaciones y reacciones más o menos inmediatas. O cómo es la duración de un sentimiento más estable. Cómo es, por ejemplo, el tiempo interno de la emoción de la rabia o el sentir amoroso de alguien. O la duración de nuestra actividad mental que se expresa en transcurrir mientras pensamos, imaginamos o fantaseamos. Pero además, cuando pensamos es diferente a cuando observamos atentamente algo. En el primer caso, en el proceso del pensar hay un devenir sujeto a las palabras pensadas. Pero cuando observamos, ¿qué tiempo hay en ese silencio mental?

Quizá no seamos más que el susurro del eterno temporal, el fluir ininterrumpido del río de Heráclito, o, como bien recoge Borges en estos versos de su poema Los ríos: "Somos el tiempo. Somos la famosa / parábola de Heráclito el Oscuro. / Somos el agua, no el diamante duro, / la que se pierde, no la que reposa".

La autora es doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación

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