Maya y Cicerón

23.03.2021 | 00:43

Abro el libro Pampilona urbs regia. El ceremonial del Ayuntamiento de Pamplona desde el siglo XVI a nuestros días de Alejandro Aranda, y lo primero con lo que me encuentro es con una Presentación, nada más y nada menos que bordada por la firma de Enrique Maya Miranda, un gran conocedor, como se sabe, de la historia de Pamplona, sobre todo en lo que hace referencia al mundo de las procesiones, cofradías y hermandades y demás ceremonias religiosas que han pululado en la ciudad desde antiguo. Nada extraño. No en vano, los carlistas de principios del siglo XX aseguraban que "Navarra fue cristiana antes de Cristo". Por lo menos, desde el Eoceno.

Dados mis prejuicios sobre prólogos e introducciones de libros escritos por políticos, lo primero que pensé fue en el negro-blanco que se lo había escrito, pero, luego, al ver su redacción, supuse que, en efecto, tendría que ser de Maya.

Claro que, al comenzar a leer esa presentación y darte de sopas con una cita de Cicerón es para tomarse las cosas más en serio y reflexionar ceñudamente sobre su contenido. No todo el mundo es capaz de citar al autor de las Catilinarias. Lo que extraña es que el texto no venga en latín. Pelillos a la mar, digamos que la cita del orador romano dice así: "No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser incesantemente niños".

Inaudito, ¿no? Que Maya defienda conocer lo sucedido antes de nosotros, cuando lo habitual en su actitud es de repugnancia absoluta hacia aquellos historiadores de Navarra que escarban los hechos sucedidos en lo que se llamó Guerra Civil y donde fueron asesinados más de tres mil navarros. En cambio, cuánta pasión y cuánta emoción al evocar los protocolos y la parafernalia de las tradiciones municipales, sobre todo religiosas, las cuales, al recordarlas, nos hacen crecer dejando de lado la niñez ignorante. Es tal su ensimismamiento que, después de decir que su autor explica muy bien el origen de nuestras tradiciones, llega a la soberbia conclusión: "Por ese camino llegamos a entender al virrey y al predicador". ¡Ah, el virrey y el predicador!

Más adelante, Maya habla de la conveniencia de respetar las tradiciones y la importancia que tiene la religión. Faltaría más. Esa debe de ser la razón por la que no se pierde ninguna procesión en la que él figure como alcalde. Cierra su presentación diciendo que en "La Muy Noble, Muy Leal y Muy Heroica Ciudad de Pamplona", el Ayuntamiento es "el garante de las costumbres y tradiciones". Aunque asegura que conviene "adaptarse a los cambios jurídicos", pues están sometidos, obviamente, al imperativo de las tradiciones. Faltaría más. ¿Y de los imperativos jurídicos y constitucionales? Mejor dejarlos para otra ocasión.

Retomando el consejo de Cicerón, recuerdo que un día fui a visitar a Maya al Ayuntamiento. Mientras esperaba en la salita contigua a su despacho, me dio por curiosear las fotos de los alcaldes y alcaldesa que trepaban por las paredes. En 1977, figuraba el rostro de Erice; en la correspondiente a 1979 lucía Balduz en cuerpo de ciudad, pero, caramba, la del alcalde de 1978 no aparecía por ninguna parte. ¿Acaso aquel año Pamplona rigió sus destinos sin regidor mayor? Para nada. Claro que hubo un alcalde, un alcalde digno que supo parar los pies a quienes estallaron por los aires aquellos dramáticos Sanfermines y asesinaron al compañero Germán Rodríguez. Ese alcalde popular, sin frac ni amigo de protocolos, fue Jesús Velasco. Un trabajador al servicio del pueblo y la ciudad.

Casualidad que el día anterior de visitar a Maya me encontré con Velasco, le dije de mi cita y contestó: "Dale recuerdos, mi padre y el suyo eran del mismo pueblo, Garralda".

Pasé al despacho. En la mesa de reuniones nos esperaba la Sra. Elizalde. Como el ambiente parecía propicio, le comenté que Jesús Velasco le enviaba un saludo cordial. "¿Quién es ese?" me dijo. Le contesté: "¿No lo recuerdas? Es de Garralda, como tu aita. El padre de Velasco era el maestro del pueblo". Maya imperturbable contestó: "Pues no me suena".

Le dije que Jesús Velasco había sido alcalde de Pamplona y que me parecía injusto que no se acordara de él, que su retrato no figurase junto a los demás. Dirigiéndose a la Sra. Elizalde le dijo: "Tenemos que colocar ese retrato". Solo le faltó decir: "¡Por Cicerón!".

Me sentí feliz, y automáticamente pasamos a tratar el asunto que nos requería la reunión. ¿Qué creen ustedes que pasó= finalmente? Lo han adivinado. El retrato no lo colocó Maya, pero no se crean, tampoco lo colgó el siguiente alcalde, Asiron, y€ supongo que, a estas alturas, Maya, aunque sí se acuerde de Cicerón, no sueña con el retrato de Velasco. ¿Quizá porque a Velasco no le gustaban los fracs? Pues igual.

¡Ay, Marco Tulio Cicerón, el hombre agarbanzado! Ojalá que los alcaldes aprendieran de tu sabiduría y supieran que en Iruña, además de vetustas tradiciones, de santos y santas inventadas por la iglesia, de una demografía de curas y monjas, cirios y basílicas, existe una ciudad que sufre y trabaja, que está en paro y que el Ayuntamiento muchas veces ni se entera. ¿Y Maya? Solo para prohibir actos que no encajan en su mollera protocolaria y tradicional.