Qué hay de la democracia

03.03.2022 | 00:39
Qué hay de la democracia

Las campanas suenan a medianoche porque la democracia está en peligro, como el planeta, como algunas especies marinas, y también de superficie, como el Amazonas, como el hielo del Ártico, como los glaciares de nuestras cordilleras, como las mariposas, las luciérnagas y el pájaro pinto que canta por la mañana. Sueño con la visión, a través del cristal de una botella medio vacía, donde aparece un blanco grandullón, vestido del mismo color y una corbata roja, mientras juega al golf en Florida, y a su vera, un hombrecillo subido en su caballo blanco, provisto de un Ushanka y gabardina de espía, ambos marcando el paso del mundo como en los desfiles del III Reich. Cuando me despierto, dudo de si será una premonición.

La realidad no supera la ficción, pero casi, igual es cuestión de tiempo. Según el Informe Democracy Index del año 2021, elaborado por The Economist, la salud de la democracia en el mundo arroja los índices más bajos de las dos últimas décadas, con 5,28 puntos de la escala de 0 a 10, basándose en cinco indicadores distintos: proceso electoral y pluralismo, funcionamiento del gobierno, participación política, cultura política y libertades civiles, correspondiente al estudio de 165 países, de los cuales sólo 21 se consideran democracias plenas, destacando que España y Chile han caído a la categoría de democracias imperfectas, debido, en nuestro caso, a la corrupción y al bloqueo del Consejo General del Poder Judicial, según arroja dicho informe.

Históricamente, el ejercicio del poder ha dado para mucha literatura, siempre girando en torno a la dictadura frente a democracia. Presiento un empoderamiento de los estados autoritarios por gran parte del planeta, en sus distintas modalidades, bien sean autocráticos, como Ortega en Nicaragua, Maduro en Venezuela, Putin en Rusia, o como se llame en Korea del Norte, sustentados alrededor de una persona que concentra el poder y legitimándolo a través de unas elecciones amañadas, con los adversarios puestos a la sombra y el cierre de los medios críticos, manteniéndose en el poder de manera indefinida, con el permiso de una legislación electoral hecha a la medida.

También se dan otros estados autoritarios, basados en el partido único, que lo controla todo, como el chino o el argelino, y otras variantes como los países de Oriente Medio, gobernados por una aristocracia medieval. Todos ellos se caracterizan por ser perturbadores de sueños, por la restricción de los derechos civiles, de los derechos de las minorías étnicas, la igualdad de la mujer o de los homosexuales, junto a la represión feroz de cualquier manifestación anti gubernamental...son patrones que se repiten en este tipo de sistemas políticos que suponen un paso atrás en la historia de la humanidad.

Todos estos países, algunos provenientes de revoluciones populares, han derivado hacia economías de mercado y reconocimiento de la propiedad privada, junto a algunos servicios públicos garantizados, como la sanidad y la educación en el mejor de los casos. Hoy la tensión entre los contendientes se cierne más sobre el modelo de Estado que sobre el sistema económico, más allá del ultraliberalismo, tan en boga en la derecha española.

Occidente no es impermeable a esta epidemia antidemocrática. Basta recordar la toma del Capitolio y toda la legislatura de Trump para darse cuenta que EEUU mantiene un pulso in extremis entre ambas opciones políticas, con la mirada de Donald virando hacia el adversario que le ayudó a acceder a la presidencia, y dando la espalda a su antiguo aliado, la UE. Esto no es casual. Trump rechaza el modelo europeo, contrario al estado autoritario, y no puede reprimir su simpatía hacia el modelo ruso, cuando dijo que habría que revisar el sistema de alianzas con Europa y sustituir a Ucrania por Rusia después de una entrevista en el Kremlin. El futuro se presenta incierto en EEUU, máxime cuando el Partido Republicano respalda ya sin ambages la toma del Capitolio.

En la propia UE existen gobiernos que no ocultan sus guiños hacia el modelo alejado de la democracia, como Hungría y Polonia sobre todo, restringiendo derechos civiles frente al aborto, la eutanasia, la homosexualidad o la emigración, y concentrando el poder en el ejecutivo, con una cúpula judicial construida a su medida, poniendo los cuernos al propio Montesquieu. Estos cantos de sirena llegan también a oídos de otros gobiernos como Eslovaquia y Bulgaria.

Estas tentaciones autoritarias retratadas en la extrema derecha también encuentran acomodo en muchos de los países europeos con amplio curículum democrático. Así, la extrema derecha cotiza al alza en países como Francia, Países Bajos, Austria...y su política migratoria dista mucho de cumplir con los estándares democráticos. El racismo y la xenofobia hacen su agosto en los países europeos, y los partidos ultras alcanzan apoyos electorales que les acercan peligrosamente al poder, subiéndose a esa ola.

España no es una excepción, ni mucho menos. El partido de Abascal es beneficiado por todas las encuestas electorales gracias a un PP desahuciado por la corrupción y la falta de liderazgo, apostando por una España centralizada, monárquica, con grandes recortes en materia de libertades como demuestra su firme oposición a la modificación de la ley mordaza, en sintonía con los gobiernos más reaccionarios de Europa, retratándose con Orbán y Le Pen en su viaje a España, y siempre poniendo a Dios por testigo como máximo hacedor de sus propuestas, basadas en un constante desplante a la Constitución democrática y en el bulo irredento. Abascal de momento se las promete muy felices, arañando mordiscos a su homólogo Casado.

El PP no hace más que seguir el rastro de su máximo competidor por miedo al sorpasso. Se enamora de la democracia cuando está en el poder y la denigra cuando tiene que ir a la oposición, sin comprender que en eso consiste el juego democrático. Sus veleidades anticonstitucionales se acentúan con el paso del tiempo. La jugada de bloquear el CGPJ durante toda la legislatura es propia de gente que no cree en la democracia, como lo de no reconocer la legitimidad del gobierno de coalición elegida en las urnas, o su falta de lealtad con el gobierno, poniendo zancadillas a todo lo que perjudique sus intereses electorales aunque beneficie al ciudadano, y precisamente por eso. Con éstos la democracia sale perdiendo.

Y qué decir de la izquierda más a la izquierda. Anhelo que se crea lo de la democracia aunque tenga importantes fisuras, como la de aquí, que se olvide de esa retina que mira hacia la nostalgia de la dictadura del proletario como emblema de una ideología desubicada. Que trabaje, persuadiendo a la ciudadanía, por una mayor igualdad económica y de género donde hay tanto campo que labrar, por la defensa de las libertades, por una mayor transparencia en el ejercicio de lo público, por una educación y sanidad bien dotadas, por la autodeterminación...abandonando los grandes dogmas que no sirven más que para marear la perdiz. Estoy con Innerarity cuando dice que no es lo mismo la equidistancia que hay entre la extrema derecha y la extrema izquierda con respecto a la democracia y la Constitución, aquella mucho más transgresora y subversiva. Otro día hablaremos del gobierno.

Los partidos nacionalistas del Estado, algunos en su nueva singladura, tantean los límites de esta democracia mientras cabalgan a favor de las libertades y los derechos civiles, unos al paso y otros al trote, con el referéndum de autodeterminación como emblema estratégico, todavía sin definir en sus presupuestos, como asignatura pendiente en el acontecer democrático frente a distintos nacionalismos desparramados por el mundo que le quitan a uno el sueño.

La democracia es frágil, se merece que la defendamos a capa y espada.

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