Tribunas

Tras aquellos aviones de 1914

15.04.2022 | 00:20
Tras aquellos aviones de 1914

muchos sonríen condescendientes al ver ilustraciones de los aviones militares del año 1914, al inicio de la Gran Guerra. Recubiertos de tela encerada y con alambres para sujetar las alas, parecen algo precario y arcaico. Pero pronto introducirían avances. Los ingenieros lograron así sincronizar la ametralladora con el giro de la hélice para que, al disparar, las balas no la afectaran. Legaron a ser unas de las armas más terribles de su época.

Pasadas poco más de tres décadas, en 1945 finalizó la II Guerra Mundial con el estallido de dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. El adelanto de la tecnología fue inmenso para un periodo de tiempo tan corto. Resulta inimaginable lo que podría suceder hoy, tras 76 años más de investigación militar, en el caso de un conflicto generalizado. Hay que recordar que, en relación a las armas nucleares, ya data de antiguo la idea de la "destrucción mutua asegurada". No es una hipótesis que pueda ser descartada. Actualmente resultan preocupantes tanto la proliferación nuclear (Corea del Norte, Israel, el enriquecimiento de uranio por Irán....) como la tensión entre las supepotencias, por ejemplo en Ucrania o la zona marítima de China.

Además, no se trata tan solo de las bombas atómicas. La pandemia de covid-19 muestra lo que podría lograrse con las armas biológicas. También se hallan en el arsenal las químicas, el armamento convencional o la posibilidad de realizar ataques informáticos. Examinado el panorama de la escalada armamentística con perspectiva, puede constatarse que –en este concreto ámbito– es un desarrollo patológico el realizado por la especie humana.

Las personas somos primates. Los zoólogos señalan que otras especies próximas a la nuestra (como el chimpancé), tienen un nivel de agresividad bastante alto. Pero más allá de esas bases biológicas de la conducta, el ser humano es inteligente, lo que puede darle un amplio margen de maniobra.

No obstante, hay más problemas. Aunque hasta ahora el equililbrio del terror haya funcionado, existe un nuevo elemento, del que no éramos conscientes hace décadas. Es el cambio climático. Indican los expertos que, debido a él, serán más frecuentes las sequías y los fenómenos metereológicos extremos, que ya habrían comenzado a producirse. Ello generará más pobreza, migraciones y todo tipo de tensiones. Además es un fenómeno progresivo, que costará revertir. Aunque las armas nucleares no se hayan utilizado desde hace tres cuartos de siglo, el cambio climático sigue avanzando.

El peligro de colapso, de extinción del género humano, es real. Pero no podemos resignarnos al suicidio. Para evitarlo, resulta necesario el esfuerzo de quienes habitan en el mundo. Además de asegurar la propia felicidad individual, deberíamos dedicar parte de nuestra energía y capacidades a ello. Cada uno puede aportar su grano de arena a esa inmensa tarea común.

Pero algunos líderes mundiales muestran una enorme irresponsabilidad, centrándos en los enfrentamientos, mientras el barco en el que navegamos todos corre el riesgo de hundirse. De hecho Putin y su régimen, al invadir Ucrania, han dado pasos hacia la Tercera Guerra Mundial. Pero, además de ser un acto criminal, esa posición de aldeanismo agresivo en un mundo que ya está globalizado, les ha llevado a cometer un error de dimensiones colosales. Han desviado a la humanidad de la Gran Tarea, que debería ocupar a las siguientes generaciones: combatir al cambio climático. Todos (incluida Rusia) pagaremos por ello. Hay que impedir que se continúe en esa dinámica de lucha. No puede volver a suceder algo así.

Vivimos en un solo mundo que tiene esos dos inmensos problemas. Es fundamental que la opinión pública mundial presione a los dirigentes para que se comporten de forma responsable y colaboren, realizando un control verificable de las armas, a fin de evitar el continuo riesgo de escalada bélica. También para que, sin distraerse, se centren en la tarea fundamental, cooperando en la lucha para mantener el medio ambiente. Porque el del cambio climático es un desafío aún mayor y más complejo que el anterior.

Resulta necesario ese esfuerzo común, aunque el hecho de que poderosos países estén regidos por dictaduras complique el panorama. El que China y Rusia evolucionasen hacia la democracia sería algo magnífico, también para el resto del mundo. Entre otras razones porque, debido a la presión de la opinión pública, los países cuya ciudadanía cuenta con libertad de expresión no luchan entre sí. Especialmente ante la situación de emergencia climática, las guerras son algo que no nos podemos permitir.

Pese a todo ello, no hay que perder la esperanza. El ser humano, además de ser propenso al gregarismo y a la agresividad, vela por sus propios intereses y tiene también capacidad para el amor y la empatía con otros individuos (aunque sabemos que la bondad –ese preciado bien– sea relativamente escasa). Es asimismo inteligente y puede prever las consecuencias negativas de sus actos.

Cuando las personas reflexionan sobre la mejor forma de solucionar sus problemas, se fijan objetivos comunes claros y actúan unidas, su fuerza es inmensa. Por ello, resulta probable que estos humanos logren asegurar un futuro para sí y sus descendientes.

El autor es doctor en Filosofía

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