Lizoain, epicentro del arte

18.04.2022 | 00:17

El mundo del arte tiene un nuevo epicentro energético en Lizoain (valle homónimo y de Arriasgoiti), de la mano de los hermanos Julián y Félix Lizarraga Araiz. Son herreros de ascendencia. Surgen de la fragua de Vulcano y del taller de Hefesto, que ellos mismos corrigen afirmando ser de sus padres primero, es decir, beneficiarios de la genética y de la tradición. Dicen, también, que el hierro y la piedra son ahora sus señas de identidad. No lo negaré, pero dada la experiencia de la mirada sobre esta emotiva muestra, bien debería añadirse la madera. Tres elementos referenciales de distintos órdenes que tienen en su centro la singularidad de una cosmovisión platónica: el fuego, el aire, el agua, la tierra, y ese quinto, que tal vez sea el más extraño de todos ellos, el éter, en definitiva nexo y espíritu con el que nuestra conciencia los concilia en pluralidad de seres y de entes.

La primera sensación que uno tiene cuando se dirige al lugar de exposición, Elizar (la iglesia antigua adaptada al culto de la cultura), es la de encontrarse ya en un entorno de por sí sagrado. El camino que conduce a la misma se encuentra custodiado por totémicas imágenes, telúricas estelas, figurativas tallas de madera, alguna de ellas de marcado simbolismo nórdico. En el caso celta, como se sabe, un arte que sirviera lo mismo al pagano que al cristiano. Si no sagrado, en el sentido de consagrado, todo el paisaje, ayudado por estas muestras de imaginería, contiene un marcado carácter sacro a la vez que vital y afirmativo.

El tótem nos recibe, conduciéndonos hacia ese atrapamiento en que consiste el espacio contenedor de imágenes de la muestra, con una instalación en la que la araña teje una red que habrá de capturarnos en su umbral de entrada. Iglesia-cementerio, como las de antaño, que concilia vida y muerte a través de la creencia, la que sea. Y nada más entrar, de frente, la combinatoria de una luna creciente, llena (en el centro de la misma) y menguante nos recibe a modo de libertaria mariposa con su poder de efímera belleza surgida de la noche y desaparecida a una en la capacidad transformadora de saberse que algún día habrá de ser Nueva. Se trata de una escultura homenaje a la Fuga de San Cristóbal, que ya debe tener emplazamiento. Junto a la misma, a modo de abierta cinta de Moebius en precario equilibrio, el infinito y la eternidad.

Si antes de entrar en el camino hacia la meta encontramos la alegórica imagen de un druídico árbol caído, nada más hacerlo en el sotocoro de la nave se encuentra un rilkeano y reflexivo ángel, esta vez no tanto caído como sentado, proyectando una sombra que a pesar de la marginalidad de su ubicación no deja de apoderarse de todo el espacio. A mí me da que este ente aker/demoníaco tiene un cierto aire reflexivo. Sus quirópteras alas, no obstante, se encuentran a medio camino de ser desplegadas indicando el que algo habrá de ser, algo habrá de pasar, algo deberíamos hacer.

Arrancando del mismo, un mural de pétreas máscaras, cabezas/buruak, de rasgos góticos y demónicos, nos llevan hasta el altar, en cuyo centro preside una corporal, multicolor y brancusiana columna sin fin, estando rematada por un cuerpo dodecaédrico. Su título, Askatasuna-Libertad. Y no muy lejos del mismo, tornando por el lateral de la nave, nos topamos con un toro emergiendo del laberinto a modo de doble caja metafísica, representando a El grito de la Tierra /Ama lurraren ohiua. (En algún sitio tienen dicho que nunca realizarán escultura a rey alguno, por lo que aquí tampoco encontraremos a Minos) Finalizando la trayectoria nuevamente en el sotocoro con una geométrica composición arbórea: la de Aritz/Roble.

Son muchas más las obras que se dan en esta muestra realizada desde el compromiso con el origen y la identidad. Pero Félix me indica que merece la pena, una vez desplazados hasta el lugar, recorrer unos metros en medio de campos de colza para disfrutar del homenaje que ambos hermanos realizaran a nuestro idioma euskérico. Forjando la lengua, me indica, un herrero, que bien pudiera parecer de la orden de capuchinos, la martillea en su literalidad bajo el lema: Gure hizkuntzan lantzen/Trabajando nuestra lengua. Su cabeza, como la de otras muchas que he visto en la escultura de aquél, tiene forma del sólido platónico con el que se realizan las grandes empresas del ideal y de la cultura.

En Lizoain, caminando hacia la muestra de arte público que es este homenaje a la lingua navarrorum, he descubierto los colores de una nueva bandera: verde, amarilla y gris con toques de ocres y azules. Es una bandera nunca fija e impuesta sino cambiante conforme surgen nuevos elementos de la naturaleza y la cultura. Todo un espectáculo en el mismísimo epicentro de un movimiento de la Tierra y de su Espíritu que invita a vivir no-tanto-de como con Ella.

*El autor es escritor

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