Considero innecesaria la descripción de una constante histórica y enumeración de los desastres experimentados por el ser humano, resultado de tales factores. Sí parece importante, en el momento presente en que la guerra muestra mayor intensidad en Oriente Medio y Este de Europa, abordar la dirección general por la que transcurren las relaciones internacionales.
El regreso a la Casa Blanca del presidente Trump, esperpéntico histrión, reflejo de la frustración y prepotencia americana, ante la percepción de que la hegemonía de los USA pueda acabar, ha obligado a las potencias emergentes a maniobrar pragmáticamente, buscando soslayar de momento los efectos ineludibles de la política arancelaria que amenaza con el desequilibrio de la economía internacional y crisis gratuita, en tanto el magnate americano adopta la actitud de desafío y altivez de pistolero en film del Oeste; persecución del emigrante que amenaza al norteamericano, mediante el arresto, aplicable al peligroso delincuente y su expulsión; amenaza agresiva a países con territorios apetecibles y a otros que califica de peligrosos para la seguridad de USA.
La irrupción en la escena internacional de este gerifalte ha convulsionado en alguna manera, el espacio de la Diplomacia. A decir verdad, ha ignorado las formalidades habituales que acompañan a la actividad política de mayor delicadeza en el terreno de las relaciones internacionales, mediante planteamientos y actitudes que expresan una repugnante prepotencia y desprecio insultante hacia los países afectados. En todo caso, la culminación de la acción de Trump en este terreno ha tenido lugar con ocasión de la agresión del Estado israelí –una vez más– mediante el ataque a la Franja de Gaza y su población, masacrada en la escalada, parte del proceso de aniquilación de la nación palestina. “Israel tiene derecho a defenderse”… equivale a afirmar que los palestinos no tienen derecho a la existencia. Constituye un auténtico negacionismo, basado en la negación sionista de la existencia de la población original palestina con raíces más auténticas y reales que la denominada diáspora en que basa sus pretensiones el sionismo. Los palestinos abandonaron voluntariamente las tierras que ocupaban; negación de la agresión permanente de que fueron objeto los habitantes autóctonos desde el inicio de la emigración por parte de los recién llegados y la guerra de conquista consecuente tras declarar la independencia de Israel que provocó la expulsión –Nabka– de los habitantes de los territorios conquistados. Porque, en definitiva, el proyecto sionista persigue la expulsión total de los palestinos del conjunto territorial que comprende el gran Israel.
La trayectoria del Estado de Israel parece seguir este camino que en el momento actual se centra sobre Gaza. A la vista de los hechos, reclamar de los palestinos la renuncia a la violencia y reconocimiento de Israel es un sinsentido. La constitución de este Estado, auspiciada por la UNO, al margen de las irregularidades que permitieron a los sionistas sacar adelante su plan, contradice de plano principios fundamentales, marcados como bases y objetivos de la institución. Tal es el derecho de autodeterminación, expresamente reconocido en el artº 1º, 2 de la Carta de las Naciones Unidas (San Francisco, 1945) y en definitiva la igualdad y libertad de pueblos e individuos. Israel incumple de modo fraudulento el conjunto de valores de tal documento, al proclamar y ejecutar la guerra de exterminio en contra de los palestinos en su propósito declarado de hacerse con el territorio y bienes de estos mediante su aniquilamiento y expulsión, terreno en el que USA y la UE –cómplices necesarios en el genocidio israelí– han expresado su apoyo explícito con el pretexto del terrorismo de que acusan a la colectividad palestina.
Es obligado, en primer lugar, cuestionar el calificativo terrorista, utilizado con arbitrariedad, ante la falta de decoro de quienes lo aplican; normalmente desde la prepotencia del agresor, prevalido de su fuerza, pero sensibilizado por su incapacidad de anular al rebelde. Terrorismo es expresión de un juicio de valor que en ningún caso ha alcanzado status jurídico. Son las actuaciones de Hamás y de tantos otros, no reconocidos como beligerantes, al carecer de los medios para una guerra regular. Entiendo que está demás aludir a la acción del 7-10- 23 que se pretende el origen del conflicto, dejando a un lado la violencia sionista desde su origen. Me resisto a aceptar la dicción de guerra justa o formal que se atribuyen los Estados, para legitimar lo arbitrario de su violencia. Como llevo indicado, la única legitimidad es la que actúa en orden de la paz, en esfuerzo permanente de evitación de la injusticia.
Nabarralde