Al mirar estos días por la ventana, es fácil hacerse una pregunta muy clara: ¿no dijeron que este iba a ser un invierno más cálido de lo normal? Con la borrasca Francis abriendo la puerta, seguida de Harry, Ingrid, Joseph, Krispin… y ahora Leonardo, en cuarenta días ha habido seis borrascas, consecutivas, muy intensas y persistentes, la cota de nieve desplomándose hasta los 500 metros en el noroeste peninsular, la sensación térmica en enero de 2026 dista mucho de ser suave.
Hay varias preguntas que nos podemos hacer. ¿Las borrascas consecutivas que se han dado tienen relación con el cambio climático? ¿Por qué hace tanto frío si el planeta se calienta? ¿Estamos preparados ante estas tormentas tan feroces?
Aunque aún faltan datos por estudiar, unas semanas gélidas donde se han dado días con temperaturas por debajo de 0º C no hace un invierno frío. Y es que para la Agencia Española de Meteorología (Aemet) en este invierno todavía no hemos tenido ninguna ola de frío, lo que marcaría el tercer año consecutivo sin ellas en el Estado español.
Los meteorólogos llaman invierno a los meses de diciembre, enero y febrero enteros. Puede haber perfectamente un periodo que sea frío en esos tres meses y que haya otros periodos que lo compensen. De hecho, conviene recordar que diciembre fue cálido en el Estado español y enero bastante diferente. Pero hay que tener en cuenta también que no hemos registrado ninguna ola de frío según la Aemet.
El calentamiento global es una tendencia innegable respaldada por sólidos datos científicos que muestran un aumento de la temperatura promedio del planeta, impulsado por actividades humanas y la emisión de gases de efecto invernadero. Confundir el tiempo meteorológico diario con el clima a largo plazo se suele dar pero sin una base científica. El cambio climático no elimina el frío ni los inviernos, sino que altera los patrones globales.
El cambio climático no significa que el frío se haya borrado del mapa, sino un aumento brutal de la volatilidad. Estamos ante una temperatura media global creciente que vuelve locos a los sistemas atmosféricos. Es decir, olas de calor asfixiantes, sí, pero también contrastes térmicos extremos y alteraciones bruscas en cómo llueve o cómo nieva. Es un escenario de extremos donde lo único constante será que nada volverá a ser como antes.
Según el investigador del CSIC, Fernando Valladares, estos episodios no contradicen el calentamiento global, sino que lo expresan: un planeta más cálido altera la atmósfera, vuelve más ondulada la corriente de chorro ártica y facilita irrupciones de aire ártico hacia latitudes templadas. El rápido calentamiento del Ártico desestabiliza el vórtice polar estratosférico, que pasa de un estado estable, donde confina el aire frío, a uno dislocado que derrama masas gélidas hacia el sur.
Océanos más cálidos, especialmente en el Golfo de México y el Atlántico, aportan más vapor de agua a una atmósfera también más cálida, que puede retener mayor humedad. Cuando esa humedad tropical choca con aire ártico desplazado, se desencadenan nevadas récord, hielo y tormentas intensas encapsuladas en una cadena.
Un invierno cálido en el contexto actual del cambio climático no significa la desaparición del invierno, sino que significa que los días templados y las mínimas suaves son cada vez más frecuentes, y las olas de frío son menos habituales y duraderas. Es fácil confundir el clima local con el calentamiento global. Sin embargo, el frío de enero de 2026 no niega el cambio climático, es un síntoma de su mecánica.
Muchos expertos coinciden que, a nivel climatológico, los patrones de borrascas invernales varían cada año y están influenciados por fenómenos atmosféricos de gran escala. El cambio climático no causa todas estas borrascas consecutivas, pero puede modificar patrones generales de circulación y la energía disponible en la atmósfera –mayor contenido de vapor de agua, por ejemplo–, lo que puede influir en la intensidad de las precipitaciones.
Para Isabel Moreno Muñoz, física y meteoróloga, ante la pregunta si tiene algo que ver el cambio climático con tanta lluvia en España estos días, viene a decir que hay cosas en las que sí, aunque hay otras cuestiones que no podemos asegurar. En este sentido, hacen falta más estudios y evidencias para ligar esta sucesión de borrascas con el calentamiento global. No obstante, hay indicios –agrega el calor y la humedad de zonas tropicales, anomalía que el exceso de emisiones de gases de efecto invernadero está haciendo más probable– para interpretar que lo que estamos viviendo es problemático y exige medidas de mitigación y adaptación.
Lo que es muy cierto es que estas borrascas y otros fenómenos meteorológicos extremos están señalando la vulnerabilidad en que nos encontramos. Por ejemplo, la infraestructura del siglo XXI no parece que pueda servir para un clima del siglo XXI, por múltiples cuestiones: las redes eléctricas son incapaces de soportar carga de hielo, los drenajes urbanos se saturan con las lluvias torrenciales, el transporte se colapsa, ya que no está diseñado para estos extremos...
Es indispensable desarrollar infraestructuras resilientes para adaptar carreteras, redes eléctricas, puentes y sistemas hídricos a fenómenos climáticos extremos más frecuentes. Invertir en ellas garantiza la continuidad de servicios esenciales, aumenta la seguridad y genera un ahorro económico importante al evitar reparaciones futuras.
La gran lección del invierno de 2026 es que el calentamiento global no es un proceso lineal ni suave, sino un motor de extremos que convierte el invierno loco en una nueva normalidad volátil. Frente a ello, prevenir y adaptarse ya no es una opción, es un imperativo y una acción inaplazable.
El autor es presidente de Fundación Clima y Premio Nacional de Medio Ambiente