La motivación que me llevó a escribir “Monumentos incómodos y pedagogía antifascista” nace de una constatación: el debate sobre qué hacer con el Monumento a los Caídos está dividiendo al espacio social antifascista. Y precisamente por eso resulta necesario abrir un debate público desde el respeto a las diferencias, intentando explicar las distintas posiciones y, también –por qué no–, comprender las ajenas.

En el fondo, se trata de algo bastante elemental: tender puentes con personas cercanas con quienes hemos compartido –y seguimos compartiendo– muchas luchas, aunque mantengamos posiciones distintas sobre el futuro del Monumento.

Por eso agradezco tanto los mensajes de apoyo recibidos tras la publicación del artículo como las respuestas críticas del Colectivo Basilio Lacort: “Si son monumentos incómodos, ¿por qué mantenerlos?” y de Juan José Aragón Urtasun: “Caídos. Respuesta a Ramón Contreras). En una sociedad donde muchas veces los textos ni siquiera se leen, cualquier reacción a un artículo de opinión es, en sí misma, una buena noticia. Significa que el tema importa. Y, por lo que parece, en este caso se ha dado con la tecla precisa.

Dicho esto, cabe preguntarse si es realmente necesario recurrir a un tono áspero y a descalificaciones personales que no vienen a cuento para sostener una posición. Las discrepancias políticas no deberían convertir un debate entre personas del mismo espacio social en una disputa entre bandos enfrentados a ambos lados de una barricada. Porque, conviene recordarlo, esta discusión se produce dentro del campo antifascista.

La posición de Caídos Irauli parte de una pregunta vinculada a la situación actual de ascenso del fascismo –o del neofascismo–: ¿qué tipo de memoria histórica puede resultar más eficaz para combatirlo? Si la mirada se dirige únicamente al pasado, el derribo del Monumento puede parecer la solución más evidente. Pero si pensamos también en el presente y en el futuro –en generaciones que no han vivido la dictadura franquista–, la intervención crítica del Monumento puede convertirse en una herramienta pedagógica de gran valor.

Conviene aclararlo: Caídos Irauli no es “el enemigo”. Forma parte del movimiento memorialista de Navarra. No desviemos el tiro: quienes continúan defendiendo el mantenimiento del ideario original del Monumento se encuentran en la Plataforma por su conversión en Museo de la Ciudad. Su planteamiento pretende clausurar ese pasado bajo el conocido mantra de que todos fueron culpables, de que se trató de un enfrentamiento fratricida y de que la única salida posible es el perdón, el olvido y una concordia deshistorizada.

Mi posición sobre el futuro del Monumento no es fruto de ninguna caída de caballo ni de ningún extravío ideológico. Sigo siendo antifascista. Se trata, más bien, de un proceso de reflexión que comenzó con las jornadas ZER en enero de 2017 –probablemente el debate ciudadano más amplio que se ha producido sobre esta cuestión– y que se ha ido nutriendo de las aportaciones de personas como Paco Ferrándiz, Yayo Herrero, Daniel Rico, Nuria Ricart o Antonio Duplá, entre otras muchas. Y, por citar algunas de las más cercanas, Iñaki Arzoz, Fernán Mendiola, Asun Larreta o Carlos Otxoa.

Ninguna de ellas puede considerarse sospechosa de ser “agentes encubridores del fascismo” ni representantes de un pensamiento “retorcido” o “profundamente burgués y elitista”. Muy al contrario: son activistas y estudiosas de la memoria democrática que, ante los llamados monumentos incómodos o disonantes, defienden una intervención crítica capaz de subvertir su sentido original, evidenciar la derrota del régimen que los levantó y afirmar la victoria de la democracia. En otras palabras: convertirlos en instrumentos pedagógicos frente a la amenaza totalitaria del presente.

Más grave me parece la alusión a lo fácil que es defender la permanencia crítica del Monumento “cuando no se es descendiente de quienes están enterrados en las cunetas”. Este argumento no solo es intelectualmente pobre: es también éticamente despreciable. Convertir el dolor heredado en exclusiva credencial política degrada la memoria democrática y desacredita a quien lo emplea.

Nuestra propuesta es clara: transformar el Monumento en un antimonumento. Es decir, en un dispositivo capaz de darle la vuelta a su significado original, hacerlo visible y neutralizarlo políticamente. Y lo hemos intentado explicar en nuestro libro colectivo Ni derribo ni resignificación. El Monumento a los Caídos como herramienta contra los fascismos, editado por Katakrak (cuya lectura se recomienda a quienes estén interesados en conocer en qué consiste la intervención crítica en un monumento ominoso).

El fascismo no sobrevive gracias a la existencia de un edificio. Sobrevive gracias a la desigualdad, a la normalización de los discursos de odio y a la imposición de un pensamiento único.

En este contexto, la dimensión pedagógica –dirigida al conjunto de la sociedad, y no reducida exclusivamente al campo escolar, como interpreta Juan José Aragón– resulta fundamental.

Por otra parte, nadie discute la importancia de recordar, por ejemplo, a los 32 maestros y a la maestra asesinados por los golpistas. Pero cuando el alumnado pregunte quién los asesinó y por qué, una visita al Monumento –no virtual, sino real– permitiría mostrar de manera directa quiénes fueron los perpetradores, así como la expresión gráfica de lo que fue y de lo que es la ideología del nacionalcatolicismo.

Ni la intervención crítica del Monumento garantiza la desaparición del fascismo, ni su derribo tampoco. Pero renunciar a una herramienta pedagógica potencialmente poderosa sería algo parecido a prescindir del paraguas porque no paraliza la lluvia.

En cualquier caso, el debate sobre los Caídos no pertenece únicamente al ámbito de las asociaciones memorialistas. En realidad, afecta al conjunto de la sociedad. Porque, en el fondo, lo que está en juego es también el derecho a la ciudad: la capacidad de la ciudadanía para decidir sobre los espacios públicos.

Y no me estoy refiriendo a “un proceso participativo sobre cinco proyectos”, tal y como se plantea por parte del Ayuntamiento. La ciudadanía debería poder decidir entre todas las opciones posibles, incluida –por supuesto– la del derribo.

Solo así el debate superaría el espacio de una disputa entre especialistas o militantes para convertirse en lo que realmente debe ser: un proceso de reflexión colectiva que ponga en valor la escucha y la convivencia desde la diversidad, y que facilite una decisión democrática sobre el sentido de la memoria y del espacio público.

Caídos Irauli