“La violencia es el último recurso del incompetente” (Isaac Asimov)

El autoritarismo y el supremacismo religioso están tomando las riendas de este nuevo siglo, que viene marcado por las evidentes manifestaciones de rigidez cognitiva o falta de inteligencia analítica. La indiferencia impregna la vida actual y representa una forma silenciosa y devastadora de violencia psicológica que deshumaniza y transforma la interacción social en una experiencia de aislamiento.

Estamos ante un nuevo siglo de violencia estructural y sibilina, que se oculta detrás de una supuesta normalidad institucional. La represión, la discriminación y la impunidad se están normalizando en Estados Unidos, resquebrajando su democracia y, por ende, las de otros países. La UE se está quedando desnuda ante sus propias limitaciones fácticas. La lucha contra la discriminación ha sufrido un retroceso de consecuencias globales. La peligrosa deriva autoritaria de Trump está multiplicando las alarmas más allá de sus fronteras, socavando las libertades fundamentales. El desentendimiento, como un sepulturero, sigue cavando miles de tumbas en la fría jungla del mundo que habitamos, en el que sus áridas conquistas duermen en el lecho de la frivolidad.

El imperialismo actual se caracteriza por una globalización financiera y productiva, donde las grandes potencias compiten por la dominación económica y tecnológica, dejando progresivamente arrinconada la ética, priorizando beneficios y control de mercado sobre la responsabilidad social y el bienestar humano. La desmesurada vaguedad de idearios en los partidos políticos es un fenómeno contemporáneo en el que se diluyen los principios tradicionales, en pro de posturas camaleónicas de ambigüedad estratégica que buscan evitar compromisos meridianamente claros. Una torpe osadía, retórica y somnolienta, invade los farragosos terrenos de la política; se prescinde de la agudeza y se adoptan los intereses partidistas por musa, logrando el completo desvelo del ciudadano. El peligro inmediato es, cuando menos, el de un surrealismo que nos acerca a los brazos de Sigmund Freud.

La actual esquizofrenia política, alimentada por dinámicas populistas y redes sociales, se caracteriza por la polarización agresiva y la utilización del escándalo como herramienta de comunicación; todo ello genera, entre otros males, una brecha de inconsistencia en la política exterior. El inicio de siglo está consolidando un paradigma en el que la violencia estructural, no siempre visible, supera en mortalidad a los conflictos bélicos e incluye la pobreza extrema, la desigualdad, el racismo y la imposibilidad de acceso a derechos básicos. Hay una tensión ascendente entre las violencias estatales y las nuevas formas de resistencia civil, que ve perpetuarse la desigualdad en un siglo de supuesto progresismo. La civilidad se está convirtiendo en una víctima de estas formas de violencia que promueven movimientos de rebelión.

Camus diferenciaba, en El hombre rebelde, la verdadera rebelión, que busca la dignidad humana, de las revoluciones violentas “que acaban destruyendo a sus hijos”. Padecemos una crisis global de derechos humanos en la que se expanden con rapidez nuevas formas de esclavitud. El tiempo que vivimos viene marcado por desafíos estructurales, errores de gestión y un bajo nivel de principios éticos, que están dejando de ser la guía de la justicia, de la honestidad, de la responsabilidad y del respeto a la dignidad. La justicia social está siendo sustituida por la caridad, desviando la atención del deber estatal y convirtiendo los derechos fundamentales en dependencias. La caridad ha de entenderse como una respuesta solidaria ante necesidades urgentes, no invalidando el análisis de las causas subyacentes que las generan.

De otro lado, una instrumentación sin precedentes está logrando que la esencia de la cultura se vea, paso a paso, sometida a la política. Arte y expresión se validan más por la postura ideológica que por su belleza real. La sociedad actual está inmersa en una profunda transformación hacia un modelo impulsado por datos, cuyo control constituye el nuevo oro que facilita y desarrolla el poder. Crece la preocupación de estar viviendo en un mundo sin líderes válidos, que están siendo percibidos como meros administradores enfocados hacia sus propios intereses. El escombro de los dioses y sus ruinas mitológicas se han ido disipando entre la luz y la sombra de los tiempos, dejando el alma en suspense, buscando como guía la bella pirotecnia iluminadora de las manos que nos quieren y nos construyen como seres humanos. El malherido sentido de la vida vuelve sobre sus pasos y descubre la desnudez de las creencias, como una confusa rebelión de pájaros. Como escribió André Gide, “la responsabilidad del hombre aumenta en la medida en que decrece la de los dioses”.

Muy por el contrario, lejos de desarrollar una mayor sensibilidad ante el sufrimiento ajeno, estamos ante un fenómeno contemporáneo de distanciamiento emocional, convirtiendo las relaciones en espacios de frialdad. La ciberviolencia se expande día a día como una nueva y ambigua forma de control, menosprecio y sexualización, a través de las redes sociales. El revisionismo inexorable de nuestro tiempo ha sumergido a la juventud en un anticipado escepticismo. Una realidad compleja de responsabilidades prematuras les está mostrando, en muchos casos, el polvo del ocaso posado sobre sus ilusiones.

En España, la juventud actual se enfrenta a un desafiante futuro, caracterizado por la precariedad laboral, elevadas tasas de desempleo y gran dificultad para acceder a una vivienda. Los trabajos, al ser inestables y mal pagados, dificultan la emancipación, y generan desconfianza en un sistema que trata a los jóvenes como mano de obra barata, reemplazable y con dudoso porvenir. Pese a ser esta una generación sobrecualificada, se da la paradoja de tropezar con la inestabilidad, la frustración y la dependencia familiar, con la consiguiente amputación de los sueños propios de esa edad de oro en la que, con esfuerzo, se confía en poder alcanzar las metas ilusionantes que muestra la vida. La estabilidad laboral es para ellos un lujo, y no un derecho. Esta coyuntura les convierte en una generación atascada entre la retórica del gobierno y la penosa realidad de una falta de voluntad política, que está secuestrando el derecho a vivir y soñar. El hervor humano de la juventud demanda el alejamiento de lo prosaico y el acercamiento a la belleza y al sentido poético de la existencia. Estamos ante la edad inventora y desvalida que precisa vivirlo todo y revelar las formas que duermen en el aire, como una fiesta de luz y transformación de algo, limpio y valioso, que viaja eternamente por las estrellas.