Considero una curiosidad, no exenta de ironía, que filosofía e historia tengan un punto de encuentro en el mito. Y lo hago a través de la lectura en paralelo de dos obras que bien pudieran tener más bien poco que ver la una con la otra, como son las del historiador, sociólogo y archivero local Peio Monteano, en Los navarros que España no pudo conquistar; así como la del filósofo alemán, de tradición si cabe más universal, Hans-Johann Glock en ¿Qué es la filosofía analítica?, puesto que ambos, en cada uno de sus trabajos, mencionan al mito griego de (E)Scilla y Caribdis cuando se trata de elegir ante la eminente fatalidad de caer en las fauces de uno u otro monstruo que a día de hoy bien pudiéramos situar a un lado u otro del estrecho de Ormuz.
El primero lo recoge haciendo referencia a un consejero de Fernando el Católico que veía la situación de nuestro viejo reyno abocado a entregarse en manos de dos grandes potencias, España o Francia; el segundo, “inspirando a los filósofos que desean evitar tanto la Scilla del escepticismo como la Caribdis de la epistemología naturalizada, que simplemente soslayan la cuestión normativa de que nuestras creencias sean o no justificadas”. Tal vez, en el supuesto sugerido de tener en común contar con el hecho de inaugurar un momento fundacional, acontecimental y accidental, por el cual sucesos e ideas pueden verse sometidos a un forzado cambio querido o no por afectación dada. Un argumento propio de todo sentido trágico en el que cuenta lo forzosamente inevitable, siquiera tomando cualquier modalidad de la desaparición, de un reino y modo de pensar, como guía.
Así, partiendo del previo de que no hay verdadera creencia, pero sí un recursivo disenso necesario sobre la misma, el relato asume el innegable protagonismo que le corresponde, recorriendo el camino de una argumentación basada en la negatividad plural más que en la univocidad absoluta. Y recordándonos como este tipo de fenómenos también se dieran con anterioridad en la búsqueda de una salida al callejón en el que se encontrara la teoría evolucionista clásica, por mostrar un ejemplo, interpretada a través de la imperativa política colonial, a la cual tornamos, haciendo que una de las especialidades que se beneficiaran del discurso científico, como fuera la antropología, derivara hacia un neoevolucionismo que, estando recogido por Héctor Díaz-Polanco, también fuera denominado como “evolucionismo multilineal”, cuyo objeto principal consideró la relativización de la hegemonía de lo uno sobre lo demás en favor de un desarrollo de carácter más plural.
El cognitivismo colonial (ver Boaventura de Sousa Santos respecto de una justicia cognitiva) tiene otra versión del mito griego devorador de hombres, que bien pudiera tratarse de la argüida por la geografía imperativa del pensar obligándonos a optar entre un modelo anglosajón frente a otro más eurocéntrico, en la consideración de cientificistas o humanistas, analíticos o continentales, con un remoto origen común en el primero de los casos, señalado por Glock, en el imperio austrohúngaro y la Viena de principios del siglo pasado, así como expansivo exilio panamericano de posguerra, especialmente a los Estados Unidos.
La lógica de dominio por la que se rige la ciencia en su entronización filosófica viene siendo representada en este caso por la denominada tradición analítica. Y pese a su ordenada y normativa, positivista a fin de cuentas (amor, según algunos, pero sobre todo orden y progreso, en los más, era el lema por el que se guiaba el positivismo), visión condenatoria de todo fatalismo nihilista, recabando apoyos para la empresa de una finitud carente de sentido, implicando en ello, paradójicamente, a los que hacen del temor a la muerte el mejor de los utensilios para el propio bienestar. Evidentemente, el de unos pocos frente a la desgracia en que se encuentran sumidos los más.
Y a uno le surge la sospechosa idea de que si en su reductivo proceder la manipulación a la que se ve sometida la ciencia por el sistema de poder busca el origen del universo encontrándolo en una explosión el mundo acabe con otra. El diálogo, en este último sentido, sin duda es el camino que pueda ayudarnos a evitarla. Ya el positivismo comtiano intuía esta posibilidad y esperaba que en una sociedad dirigida hacia la superación del estadio teológico, tras haber pasado por el transicional metafísico, la humanidad, por fin, superara el militarismo del primero sustituyéndolo por el industrialismo del último. Una previsión a todas luces fallida puesto que, como ha quedado bien demostrado, el pacto obrado entre los primeros y los últimos nos pone al filo de lo imposible al conseguir finalmente hacer del progreso mismo un destructivo riesgo añadido.
Olvidamos con frecuencia que la creencia se encuentra en el estadio intermedio entre la opinión (lo que yo realizo) y antes del saber, al menos desde Kant cuando analizara la certeza. En Hegel, una confianza y seguridad en lo divino. Y en Jameneí, Netanyahu, Putin y Trump la razón por la que poder desestabilizar el mundo. Más que una evolución se diría una involución que apunta hacia una regresión masiva de todos los logros alcanzados en los últimos tiempos.
La verdadera creencia consiste en todos ellos en participar de un oscurantismo que transforma el mundo determinando una imperativa nueva dirección en su gobernanza. Cuestión que la filosofía de la ciencia combatiera en sus inicios y que tras su sometimiento a los intereses más ocultos a día de hoy contrariamente pareciera estar sirviendo.
En el presente de los navarros este devenir demuestra la imposibilidad de un retorno al estadio de libertad perdida, por mucho que nos empeñemos en saber en qué consistiera esta pérdida, regodeándonos en un sentido u otro en ella; y para la ciencia la constatación de que absolutamente nada se encuentra fuera del alcance de una ideológica manipulación por mucho que nos empeñemos en la objetividad de sus logros.
El autor es escritor