Hay quien todavía piensa que una gestión colaborativa e inclusiva, lo que entendemos por una empresa humanista, es una concesión a las y los trabajadores, no solo alejada de la eficiencia necesaria, sino, incluso, contraria a la rentabilidad. La realidad es, o debiera ser, muy distinta.
El primer error es el de identificar humanismo con paternalismo, y no tiene nada que ver con la realidad. Las prácticas humanistas parten de un aprecio honrado y sincero por la otra persona, por sus ideas y reflexiones, con buenas escuchas y analizando todos los puntos de vista en un ambiente de trabajo agradable.
Dos son los factores clave para el éxito del modelo: el estilo de liderazgo y las buenas prácticas de gestión. La persona líder humanista es humilde, está a disposición de su equipo, tiene un compromiso con el aprendizaje y desarrollo propio primero, y luego aporta conocimiento y se asegura del desarrollo de las personas de la organización.
La persona líder humanista se parece al líder multiplicador que Liz Wiseman describe en su libro Multiplicadores en contraposición al líder reductor. Las personas líderes multiplicadoras son generosas y respetuosas, sacan a relucir el talento de todas las personas y crean inteligencia colectiva en la organización; atraen el talento, hacen crecer a las personas y crean espacios donde la gente da lo mejor de sí misma.
Frente a estas personas multiplicadoras, las reductoras no son compatibles con una organización humanista. Estas están absortas en su inteligencia, neutralizan, reducen e infrautilizan la inteligencia y las capacidades de sus equipos, y crean un ambiente tenso y poco colaborativo, provocando falta de compromiso, absentismo, bajo rendimiento y conflictos laborales.
Se trata de compartir un proyecto común, transversal, de futuro, con valores, confianza y propósito, sostenible y rentable en el tiempo, generando un clima adecuado que elimine los miedos, con personas autónomas en la toma de decisiones. Esta capacidad de decisión es la mejor generadora de compromiso y, así, seremos capaces de abrazar la incertidumbre saliendo de la zona de confort.
En un estilo de liderazgo colaborativo, la conciliación y el equilibrio personal son fundamentales para poder desarrollar el trabajo. No caben en este contexto reuniones de trabajo fuera de horario, llevarse el trabajo a casa, cargas de trabajo excesivas, el desequilibrio entre responsabilidad y capacidad de actuar, relaciones tóxicas, sentir falta de apoyo por parte de la empresa o no ver posibilidades de crecimiento profesional; y todo esto a la empresa le sale muy caro. El cambio hacia una empresa humanista requiere una reflexión personal profunda, abandonando algunos paradigmas obsoletos y siendo coherente con los valores y principios que se formulan. Cambiamos el concepto jefatura o autoridad al uso por: escucho, entiendo, ayudo, y resolvemos juntos.
Las buenas prácticas de gestión son la base del conocimiento para que, con la colaboración de todo el equipo, se alcancen resultados sostenibles en el tiempo. Destacamos de estas buenas prácticas la construcción de la Estrategia de la Empresa mediante una metodología rigurosa que integra las directrices de la dirección con las propuestas e iniciativas de todo el equipo de trabajo. Esta reflexión debe abordar también la estrategia de gestión interna para mejorar la eficiencia, la sostenibilidad y lo que nos proponemos como organización. Se requiere una orientación estratégica hacia la clientela y el negocio de forma transversal, lo que nos permite alinear nuestros procesos internos para satisfacer plenamente sus expectativas.
Hay que cambiar la forma de pensar y, por tanto, la forma de gestionar. La visión humanista nos da este enfoque: la colaboración o elkarlana, pensar en el largo plazo, en la consecución de resultados de forma sostenible, incluso a expensas del resultado financiero a corto plazo. Y esta cultura no solo se ciñe a la propia empresa, sino que hay que generar el mismo estilo y tipo de relación en su ecosistema, con clientes y proveedores, en cooperación y agregando el valor que les corresponde.
La situación industrial actual, motivada por la convulsa coyuntura en el orden mundial, los aranceles y los conflictos bélicos, es diferente por sectores, y debemos verla como una oportunidad. Aprovechemos el momento para el cambio a organizaciones más humanizadas. Es de esta forma como la empresa humanista debe ser rentable y sostenible, alcanzando unos niveles muy altos de compromiso e identificación con el proyecto y, como consecuencia, reduciendo el absentismo, incrementando la productividad y consiguiendo una mejora sustancial de resultados.
En definitiva, una empresa humanista construye una ciudadanía más consciente y comunidades también más empoderadas. Al humanizar la empresa, estamos mejorando el mundo.
El autor es ingeniero industrial y colaborador de la Fundación Arizmendiarrieta