Se han presentado nuevos dispositivos y campañas de prevención de incendios forestales de cara al verano. Sin duda, son necesarios. Cada año reforzamos medios, coordinamos efectivos y mejoramos capacidades de respuesta ante las emergencias. Pero debemos decirlo con claridad: la verdadera prevención no empieza cuando llega el calor. La prevención debe estar presente todos los días del año.

Los incendios forestales ya no son únicamente un problema ambiental. Son una amenaza económica, social y humana de consecuencias incalculables. Destruyen ecosistemas, comprometen la biodiversidad, arrasan explotaciones agrícolas y ganaderas, ponen en riesgo viviendas y vidas humanas, y generan enormes costes económicos y emocionales que tardan décadas en recuperarse.

Por ello, la prevención no puede recaer exclusivamente en los servicios de extinción. Debe convertirse en una política permanente de territorio y en un compromiso compartido entre administraciones, empresas, inversores y sociedad civil.

Necesitamos municipios preparados, con verdaderos planes de actuación frente a incendios forestales, actualizados, coordinados y conocidos por la población. No basta con disponer de documentos administrativos; es imprescindible convertirlos en herramientas reales de prevención y respuesta.

Debemos seguir impulsando y consolidando las Agrupaciones de Defensa Forestal, fortaleciendo la colaboración entre ayuntamientos, voluntariado, técnicos y cuerpos de emergencia. Del mismo modo, es fundamental contar con grupos de pronto auxilio y estructuras locales de apoyo capaces de actuar con rapidez en los primeros momentos de cualquier emergencia.

Pero si hay un activo esencial para la prevención, son nuestros agricultores y ganaderos. Ellos conocen el territorio como nadie. Su presencia diaria en el medio rural, su experiencia y su proximidad convierten al sector primario en una pieza estratégica para detectar riesgos, mantener limpio el monte y actuar de forma preventiva.

Por eso debemos involucrarlos plenamente en los planes de prevención y en las ayudas públicas. Apoyar la rentabilidad de la agricultura y la ganadería no es solo una cuestión económica o social; es también una política de prevención de incendios. Allí donde hay actividad agrícola y ganadera, hay territorio cuidado, caminos transitables, cortafuegos naturales y vigilancia permanente.

La prevención también exige inversión privada y compromiso empresarial. Proteger nuestros montes es proteger infraestructuras, actividad económica, turismo, empleo y futuro. Cada euro invertido en prevención evita costes infinitamente mayores en extinción y reconstrucción.

Y, sobre todo, necesitamos una auténtica cultura de prevención. La información, la formación y la concienciación deben llegar a toda la población, especialmente a los jóvenes. Debemos educar desde la escuela en el respeto al medio natural, en el conocimiento del riesgo y en la corresponsabilidad colectiva.

Porque los incendios no se combaten únicamente con helicópteros y camiones. Se combaten durante todo el año, desde el territorio, desde la educación, desde la gestión forestal y desde el compromiso de toda la sociedad. La prevención no puede ser una campaña estacional. Debe ser una estrategia permanente de país.

El autor es director gerente de TESICNOR