Necesitamos buenas noticias. De las otras, estamos sobrados. Hoy quiero referirme a las primeras. Hay noticias fantásticas que, sin hacer demasiado ruido, dicen mucho de lo que una persona o una entidad, es capaz de llegar a ser. Y no las celebramos lo suficiente.

La acreditación del CIMA Universidad de Navarra como Centro de Excelencia Severo Ochoa pertenece a este tipo de good news. No es una noticia menor. Y merece ser comentada. Es el reconocimiento, por parte del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, a un centro que destaca a nivel internacional por sus resultados de investigación. ¡Y lo tenemos aquí! Es la primera vez que un centro navarro recibe esta acreditación. Podríamos dar la enhorabuena al CIMA, y a la UNAV –y se da damos–, pero –en el fondo– la felicidad por este hito debe ser un sentimiento compartido. Porque reconoce una labor que ayuda a toda la ciudadanía en el combate contra enfermedades bien duras.

Es verdad que la callada actividad científica no busca la popularidad o el aplauso. Pero lo merece. La ciencia trabaja desde el rigor, dedica tiempo, invierte talento… Merece apoyo y, también, ser acogida y valorada por una sociedad que comprenda que investigar no consiste en obtener resultados inmediatos. Investigar es sembrar y sembrar y perseverar… Labor callada, pero que un día fructifica. Nos hace conscientes de que somos enanos a hombros de gigantes. Nos apoyamos en quienes nos precedieron. Y quienes nos sucedan encontrarán trabajos hechos.

La investigación es estudiar, experimentar, empeñarse, equivocarse a veces, y aprender siempre, y corregir, y volver a empezar. Es contrastar, publicar, transferir, captar investigadores, formar talento joven. Es saber crear y mantener equipos y es aceptar que lo verdaderamente importante casi nunca se improvisa y muchas veces es fruto de una labor coordinada. Importante subrayarlo en estos tiempos del yo, yo, ya, ya.

Por eso este reconocimiento es muy relevante. No solo para el CIMA, ni solo para la Universidad de Navarra. Lo es para Navarra.

Una comunidad –lo decimos a veces cuando nos quejamos– se mide por su educación, su sanidad, la eficiencia de sus servicios… Y, también, entre otras cosas, por el lugar que ocupa en redes de investigación que, muchas veces, traspasan fronteras. La ciencia, aunque no siempre se vea, también construye Navarra.

El CIMA de la Universidad de Navarra nació con la vocación de acercar la investigación biomédica a los pacientes. Porque detrás de dicha investigación hay enfermedades complejas: hay familias que esperan, que sufren; hay médicos que necesitan nuevas respuestas; y hay investigadores que trabajan durante años para descubrir, para innovar y para abrir nuevas esperanzas.

La acreditación Severo Ochoa nos aporta algo valioso: reconocimiento, desde luego, y recursos para proyectos estratégicos; y –no es algo menor– capacidad para atraer talento. En un mundo en el que las mejores cabezas pueden trabajar casi en cualquier lugar, hay que ofrecerles un ecosistema serio, exigente y atractivo. Ahí, Navarra se juega más de lo que a veces pensamos.

Nos preocupa que nuestros jóvenes se formen aquí y luego tengan que marcharse. Con motivo. Pero debemos, además, ser capaces de captar más talento de fuera: sin complejos. Navarra y la internacionalización…

La acreditación del CIMA, concluyo, debería servir para, además de sacar pecho, entender que desde Navarra podemos y debemos aspirar a más. Hacer de este reconocimiento al CIMA un acicate para todos.

Enhorabuena a quienes protagonizan estas noticias tan positivas. Todo el apoyo que podamos darles es poco, porque es dárnoslo a nosotros mismos.

Hablamos del bien común, del interés general: ese que no distingue ni por ideologías, ni por razas, ni por sexos, ni por cualquier otra condición personal o social. Hablamos de ese bien común que jamás debe ahogarse con políticas sectarias, sino… gobernando para todos.

El autor es director de Relaciones Institucionales de Campus Home y exconsejero de Educación