Hay noches en las que el fútbol, ese deporte tan dado a la injusticia y al peso de los escudos, decide que la verdad no se puede esconder. Ayer, en un Sadar que era una caldera de nervios y fe, no solo ganó Osasuna; ganó la lógica. Y lo hizo bajo la mirada imperturbable de un VAR que, por una vez, no fue un enemigo, sino el notario que certificó el valor de un equipo al que ahora mismo no se le ve el techo.
El primer gol fue un estallido, una liberación tras minutos de asedio donde El Sadar rugió como en las grandes citas. Osasuna dominó la primera mitad como si el multimillonario fueran los rojillos. Y un Budimir hiperactivo aprovechó un error entre Asencio y Courtois para sacar un penatli que empezó siendo amarilla por ‘simular’. Tiene narices. Ha habido un dejà vú con aquello de Juanfran en el Bernabéu. Pero esta vez existe el VAR y, aunque no duden que le darán palos desde el circo mediático madrileño, el invento puso orden. Lo puso ahí y en el gol de Raúl García de Haro. O en el golazo, mejor dicho.
Lo del delantero fue para enmarcar. Pero lo del minuto 90... eso fue para guardarlo en la videoteca del alma. Cuando las piernas pesan y el Madrid se relame buscando la victoria por inercia, Raúl dibujó una jugada de mucha clase dentro del área, un quiebro casi humillante a Asencio y un disparo que se coló por la escuadra para tirar abajo el estadio. Un golazo con mayúsculas que hizo que el cemento de El Sadar temblara bajo los pies de una grada entregada.
Budimir había adelantado a Osasuna otra vez, pero a partir de ahí el Madrid fue tomando control, poco a poco. Pero es normal. Solamente Víctor se dedicó a destrozar a Carvajal cada vez que le llegaba el balón.
Vinicius empató, pero Osasuna no se rindió. Moro puso un balón para que Raúl lo explotase todo. Triunfo que alarga la racha, acerca la salvación y que manda un mensaje a navegantes.
Y una victoria tan importante también tiene que tener mérito en el banquillo (aunque lo de Bretones por la derecha aún sea difícil de ver). A Lisci le ha costado. Nadie duda de que han sido meses de dudas, de encajar piezas que parecían no querer entrar, de ver cómo el crédito se agotaba mientras las expectativas de su fichaje pesaban como una losa de hormigón. Pero siempre ha habido un hilo que lo sostenía que era el respaldo del vestuario. Con el pitido final, el técnico italiano empezó a cobrar los intereses de esa apuesta.
Lisci ya empieza a cumplir lo que prometía cuando se le fichó. Un equipo con alma, con orden y con ese punto de rebeldía necesario para tumbar a los gigantes. Ha tardado en llegar, pero este Osasuna ya habla el idioma que gusta en El Sadar.