Con todas las previsiones metereológicas en su contra –temperaturas mínimas en descenso, en concreto, hasta los -3ºC, intervalos nubosos y posibles precipitaciones–, los Reyes Magos de Oriente volvieron a hacer magia a lomos de sus dromedarios reales –Margarita, Niño y Pesao–. A pesar del frío helado que azotó Iruña durante todo el día, no fallaron en su poder de convocatoria y todos los niños y niñas pudieron reencontrarse con Sus Majestades después de un año de espera y de una promesa que mantener: portarse bien para que, a cambio, les caiga alguno de los regalicos que pidieron en sus cartas. De esta forma, la Jubilosa Llegada volvió a desatar la locura y a no tenerle que envidiar en nada al Chupinazo de los Sanfermines.
Los más devotos llegaron a las 14.00 horas con sus padres para coger el mejor sitio y, con un poco de suerte, poderle dar la mano a Melchor, Gaspar y Baltasar, a quienes, al principio, esperaron al ritmo de villancicos, una batucada real y muchas ganas. De hecho, en cuanto vieron el autobús que transportaba al cortejo real, las caras se tiñeron de la emoción de cada 5 de enero. Los gritos eran cada vez más altos y los más pequeños se movían por el recorrido porque no podían contener la emoción.
Poco después, ya salió el séquito y las familias comenzaron a aplaudir y a ensayar los gritos con los que iban a saludar a Melchor, Gaspar y Baltasar. Maitane Uriz, de 6 años, lloró porque hacía mucho tiempo que no había asistido a la llegada de Sus Majestades. “Solíamos estar de viaje y la última vez que vinimos fue el 2024, cuando llovió mucho. Y para Maitane ha pasado un mundo porque solo tenía cuatro añicos”, contó Maider Iraburu, su madre, quien consolaba con dulzura las lágrimas de felicidad de la pequeña.
Entretanto, al séquito le siguieron los abanderados italianos Maestà de la Battaglia. Los espectadores les regalaron su silencio –aunque, por supuesto, sonaban de fondo los tambores y las cornetas– entremezclado con aplausos y caras de sorpresa por la dificultad de su actuación. “Es que le podrían dar a un árbol y la lían, pero lo hacen perfecto”, mencionó uno de los padres.
Y pasado el Puente de la Magdalena, la cuesta hasta el Portal de Francia se convirtió en una gran marea de abrigos, guantes, bufandas y gorros que se abalanzaban sobre el camino buscando a los Reyes Magos a lomos de los dromedarios. Algunos, de hecho, se subieron a los muros con pancartas en las que se podía leer: “Baltasar, guapo”, “sois los mejores” o “que vivan los Reyes Magos”, entre otras cosas.
Las puertas de la ciudad
Al final del todo, Melchor, Gaspar y Baltasar. Sus Majestades cruzaron el Puente de la Magdalena, atravesaron los fosos de las murallas –los gritos retumbaron en las paredes– y llegaron al Portal de Francia. Sin embargo, la puerta estaba cerrada. El foso, de varios metros de profundidad, impedía a Sus Majestades entrar en la ciudad y el emisario se puso nervioso. “Heraldo, las puertas de Pamplona, cabeza del viejo reino de Navarra, están cerradas. Haced que las abran”, ordenó.
El Heraldo empezó a gritar y el Cabo de Guardia le contestó desde lo alto del Portal de Francia: “Ya es muy tarde. Quien quiera que seáis, sabed que las puertas de Pamplona están cerradas. El puente no se baja hasta mañana, con la luz del nuevo día”, señaló tajante.
La tensión se palpaba en el ambiente y el emisario real intentó convencer al guardián de las murallas. “Es menester, señor guardián, que nos permitáis la entrada. Mis señores no son unos viajeros cualquiera, son dignos de que entren a Pamplona porque tienen una misión muy importante que realizar en esta ciudad y ha de ser precisamente esta misma noche. No puede, de ninguna de las maneras, aguardar a mañana”, insistió el emisario.
El Cabo de Guardia, intrigado por la identidad de esas personas, preguntó quién eran “esos altos personajes”. “Son los Reyes Magos de Oriente. El motivo de la venida es traer a la ciudad de Pamplona la ilusión, felicidad y paz a los niños y niñas de Iruña, que han escritos a mis señores miles y miles de cartas pidiendo regalos”, explicó el emisario. “Tended el puente”, ordenó el guardián.
Al abrir las puertas, Gaspar se acercó a Arantza Bakaikua, mujer de Mari Ganuza, para entregarle un ramo de rosas blancas en homenaje a su marido, quien formó parte durante muchos años de la cabalgata y es una de las figuras más emblemáticas de Pamplona. Después, un despliegue de confeti por las calles del Casco Viejo y una avalancha de gente que buscaba hacerse hueco para llegar a la Plaza Consistorial, lugar en el que se encontraba el alcalde de la ciudad, Joseba Asiron.
“Felicidad” para todos
Durante su largo viaje hasta Pamplona, Sus Majestades aprendieron algo de euskera con el objetivo de saludar a la capital navarra desde el balcón del ayuntamiento. “Kaixo Iruña, zer moduz!”, exclamaron. Acto seguido, les hicieron diferentes preguntas sobre su viaje, cuáles eran los regalos que más se pedían y cómo lograban llegar a las casas de todos. “Eso es magia, no lo podemos revelar. Los Reyes Magos también tenemos nuestros secretos”, respondió Gaspar entre risas.
Por su parte, Baltasar mencionó que este año los niños y niñas habían sido muy generosos al pensar en los menores que, por las circunstancias sociales, políticas y económicas de sus respectivos países, no tienen regalos. “Ellos se merecen ser muy felices, así que gracias por pedir felicidad para ellos. Haremos todo lo posible para que así sea”, dijo y recibió aplausos por parte de todos los espectadores. Así, a pesar de un frío al que los Reyes Magos no están acostumbrados, llegaron a Pamplona e hicieron soñar a los niños y niñas. Como cada año, pero siempre es especial.