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La voz de un conflicto que parece no tener punto final

La palestina Wisam Salah llegó a España hace tres años huyendo de la guerra. Ahora cuenta su historia sin miedo pero con esperanza: “Espero volver a mi tierra”

La voz de un conflicto que parece no tener punto finalIñaki Porto

En el campamento de refugiados de Jalazone, al norte de Ramala, Palestina, las casas se apilan unas sobre otras, como si el espacio se hubiera agotado hace tiempo. Calles estrechas, cables enredados, infancia que juega entre muros que no eligió. Allí vivió durante décadas la refugiada Wisam Salah. Allí empezó una historia que hoy se cuenta desde Pamplona, pero que sigue latiendo a miles de kilómetros.

Wisam tiene 41 años, dos hijas –una de 8 años y otra de 2– y una vida partida entre dos lugares: el que dejó atrás y el que intenta reconstruir. Habla despacio, en un castellano aprendido a base de urgencia, pero muy bien dominado para el poco tiempo que la refugiada lleva en el país. “Palestina está lejos, a miles de kilómetros de Pamplona. Pero, en realidad, está aquí, cerca en el corazón”, dice mientras se lleva la mano al pecho con emoción. Un sentimiento que se construyó entre palés derruidos y un miedo que se colaba cada noche en sus entrañas.

Antes de llegar a España, el día a día de Wisam transcurría entre restricciones, controles y episodios de violencia que irrumpían en lo cotidiano. “Mi hija, cuando era pequeña, escuchaba bombas de gas cerca de casa… estaba llorando siempre. Nos entraba por la nariz ese olor tan tóxico. Era horrible”, recuerda. Wisam lo vivió primero como niña y, después, como madre. “Mi hija me decía: ‘Mamá, ¿por qué Israel coge la tierra?’”, expresa.

Salir del campamento de refugiados de Jalazone no era una alternativa sencilla, pero con una criatura en brazos parecía –y prácticamente era– la única opción. Wisam no deseaba irse. “No quería dejar Palestina… pero tengo hijas”, lamenta. Una decisión que lejos de ser por elección, se contagió de necesidad humana.

Quedarse en la que había sido su tierra, su ‘hogar’ durante años no era fácil, pero marcharse tampoco lo fue. “No podíamos salir en avión desde Palestina. Teníamos que ir por Jordania porque era la única salida”, relata. El viaje, que partió hace tres años y cinco meses junto a su hija mayor y su marido, del que nunca se ha separado, estuvo marcado por controles, esperas y despedidas. “Mi hija lloraba mucho… dejar a sus amigos, nuestra vida fue muy complicado”, cuenta la refugiada.

Aquella huida interminable calmó la marea cuando esta familia palestina piso suelo seguro. Su primera parada fue a Guipuzkoa. Concretamente a un pueblo próximo a San Sebastián. Allí, permanecieron unos poco meses hasta que decidieron trasladarse a Vitoria. A pesar del cariño y acogida que recibieron en el País Vasco, la familia tuvo que cambiar su destino y pusieron rumbo a Huesca, en donde se hospedaron un año y medio.

Hoy Wisam y su familia viven en Pamplona. Llevan casi dos años en Navarra y participan cuando puede en las actividades de Yala Nafarroa, donde sienten un amor y calor comunitario muy fuerte. “La gente en Navarra es muy maja, muy buena. Me siento como en familia”, dice.

A pesar de que Wisam se siente en la actualidad muy afortunada por poder vivir en Navarra y asegura estar “encantada” en la capital, el sentimiento hacia su identidad más propia y natal sigue latiendo con gran fuerza. “Aquí estoy muy bien y ojalá quedarme más tiempo. Pero me gustaría saber que algún día volveré a Palestina, esa es nuestra tierra, es para nosotros”, subraya sin alzar la voz, pero con firmeza, como quien sostiene algo que no puede –ni debe– perder. Sin embargo, la esperanza la mantiene viva y sin miedo. “Mis hijas ven las noticias en la televisión y me preguntan por qué no podemos volver, por qué nos quitan nuestra casa. Les digo que no tengan miedo, que Palestina es nuestra”, relata.

La historia de Wisam no es excepcional. Según datos de UNRWA  (Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo ), la población refugiada palestina es una de las más numerosas y también una de las más prolongadas en el tiempo: si en 1950 eran unas 750.000 personas, actualmente superan los 5,9 millones registradas por la agencia en Gaza, Cisjordania, Jordania, Líbano y Siria. Se trata, además, del colectivo de refugiados más antiguo del mundo, con generaciones enteras nacidas y criadas en el exilio sin haber conocido nunca el lugar del que procedían sus familias.

Las cifras, sin embargo, no explican lo cotidiano. Wisam sí. “La vida allí es muy dura. Muy dura”, insiste. Su historia es una entre millones. Pero tiene nombre, voz y mirada. No es solo un relato de huida, sino también de reconstrucción, de maternidad en medio del conflicto y de identidad que no se diluye con la distancia.