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Ismail y Rabia, desalojados de Aranzadi: “Nosotros lo que queremos es trabajar para vivir tranquilos”

Los desalojados del convento de Aranzadi esperan poder regularizar su situación para acceder a un empleo y emprender un proyecto de vida

Ismail y Rabia, desalojados de Aranzadi: “Nosotros lo que queremos es trabajar para vivir tranquilos”Unai Beroiz

En el convento de Aranzadi, que fue desalojado el pasado lunes 13 de abril, convivían realidades personales muy distintas. De las 98 personas atendidas tras el desahucio, algunas fueron reubicadas en albergues, hoteles y pensiones; a las que eran perceptoras de la renta garantizada, se les proporcionó un listado de pisos compartidos; varias rechazaron las opciones ofrecidas; y a tres se les denegaron las ayudas por estar sancionadas. De cualquier manera, todas ellas compartían un denominador común: esta no es la vida que buscaban. Aun así, los discursos racistas están unificando la situación de estas personas, como si las intenciones de todas estuvieran necesariamente manchadas. En este contexto, Rabia Maazi e Ismail Lakhdadi, dos chicos de Casablanca que vivían en Aranzadi hasta ser desalojados, comparten su historia, su preocupación por el realojo temporal y el objetivo con el que vinieron.

En 2021, ambos metieron sus vidas en una patera y pusieron rumbo a la península. “Estuvimos cinco días en la mar”, recuerda Rabia, “y cuando llegamos, no teníamos ni un euro”. Para viajar en la patera gastaron 4.000 euros así que, cuando por fin pisaron España, ya no les quedaba dinero. “Tampoco sabíamos decir ni hola, no entendíamos el idioma”, añade. Una vez aquí, relata Ismail –el hermano pequeño “de la calle” de Rabia– las cosas no mejoraron. “No tenía dónde dormir, fue una vida muy difícil”, reconoce el joven marroquí de 26 años. Se fue a otro país para tratar de mejorar sus condiciones, pero poco después, decidió regresar a España para intentar conseguir el padrón. 

"Estuvimos cinco días en la mar y cuando llegamos, no teníamos ni un euro"

Rabia Maazi . Casablanca

Mientras que algunas personas sin hogar utilizaban el convento solo para dejar sus pertenencias o dormir en él de manera esporádica, para los hermanos, este edificio actuaba como refugio todas las noches. No obstante, eso no quiere decir que las condiciones del lugar fueran dignas ni salubres. “Dormíamos con ratones que nos pasaban por la cara. Hemos aguantado cosas increíbles allí dentro”, revela Rabia recordando una dura experiencia. Como ya no pueden pasar la noche en Aranzadi, los servicios sociales les proporcionaron tres días de alojamiento. “Cuando eso se acabe, tendré que dormir en un cartón porque no tendré nada más”, lamenta Rabia.

Un albañil y un electricista

El odio y, sobre todo, el desconocimiento que han girado en torno a este desahucio ha levantado una oleada de racismo hacia los inmigrantes sin hogar que pernoctaban en el convento de las Agustinas. Así, los discursos xenófobos están convencidos de que estas personas han llegado a esta tierra para delinquir, cobrar ayudas públicas y no arrimar el hombro. Sin embargo, esta idea no puede ser más contraria a los planes con los que Rabia e Ismail abandonaron sus hogares. 

En cuanto a la profesión a la que les gustaría dedicarse, el más joven de los dos tiene claro que lo suyo es la electricidad. “Yo quiero estudiar para ser electricista”, dice. De hecho, según detalla, en su país ya cuenta con dos diplomas del oficio. No obstante, “hasta que no tenga el permiso de residencia no puedo ponerme a trabajar ni formarme en esto, solo puedo estudiar la lengua”, se apena. 

“Hasta que no tenga el permiso de residencia no puedo ponerme a trabajar ni formarme"

Ismail Lakhdadi

Su hermano mayor, mientras tanto, expone que es “oficial de primera de albañil”, y así lo demuestra enseñando sus manos callosas, que corroboran una larga experiencia en el gremio. Que personas como Rabia e Ismail consigan un empleo no solo es beneficioso para ellos, sino que, como apunta el mayor, “que se regularice nuestra situación es bueno para nosotros, pero también para vosotros porque trabajaremos”. Y durante los cinco años que llevan aquí “no hemos tenido problemas”, recalcan, “no hemos estado ni un día en el calabozo”. 

Otro compañero interviene en la conversación e insiste: “Nosotros queremos tener una vida buena, para trabajar y para comer. Nada más”. Y por eso vinieron, porque creen que aquí “hay más derechos y se puede vivir como la gente normal, en una habitación, tranquilos”, explica Rabia. Cuando se subieron en la patera, estas personas corrieron un grave peligro. Por eso no les vale solo con sobrevivir. “Yo no arriesgué mi vida en el mar para estar así, para no tener algo mejor de lo que tenía”, denuncia Ismail.