Síguenos en redes sociales:

Oskar Lasheras, vecino que vivía en el portal 28: "No es fácil convivir con una casa que se ha convertido en un recuerdo"

Más allá de lo económico, el desgaste emocional y el cansancio cobran fuerza un año después de la explosión

Oskar Lasheras, vecino que vivía en el portal 28: "No es fácil convivir con una casa que se ha convertido en un recuerdo"Javier Bergasa

Todo sigue igual –la frustración, el cansancio, una casa inhabitable–, pero ya ha pasado un año y ahora lo que permanece es el desgaste. Oskar Lasheras, vecino del portal número 28 de la calle Concejo de Zabalegui de Noáin –donde ocurrió la primera explosión– lleva desde aquel 13 de enero sin dormir y con la casa a cuestas en los asientos de su coche para que Enzo, su hijo de nueve años, no sufra las consecuencias de un trauma emocional que él ya llevará consigo de por vida.

Su cocina fue lo primero en explotar y, como resultado, las ventanas quedaron mal selladas; los alféizares, despegados; los techos, agrietados; restos de humedad por toda la casa y un bloqueo emocional que persiste. “No quiero imaginarme el día en el que todo termine y tenga que asumir lo que ha pasado”, reconoce.

Su seguro privativo le hizo un peritaje y valoró sus daños en 18.000 euros. No obstante, por el uso lo redujeron hasta los 12.000 y “solo me han abonado 3.300 euros. Se podría decir que me han quitado casi 15.000 euros de bienes personales”, dice. Desde entonces, y con resignación, se ha tenido que “buscar la vida” para que tanto su vida como la de Enzo no permanezcan en un estado nómada durante demasiado tiempo.

Con ese dinero –sumado a las préstamos de familiares y amigos– y con la ayuda de Laura, su pareja, y un conocido del pueblo, ha podido avanzar gran parte de la obra hasta el punto de que estima que, en cuestión de un par de meses, puedan regresar a casa. Aunque todo dependerá de que se pueda activar el gas. “Por ahora, es imposible que hagamos vida aquí porque hace mucho frío. Tenemos que estar con calefactores. En verano, hicimos un camping en la terraza, pero tampoco teníamos agua... Todo genera mucho estrés y es una pérdida de dinero constante. Además, como no sabemos quién es el causante, todavía no sabemos a quién hay que reclamar. Oficialmente, todavía no sabemos qué pasó y las ayudas prometidas tampoco llegan. La gente piensa que ya se ha solucionado, pero todo sigue igual”, expresa. Asimismo, también afecta la falta de humanidad por parte de los seguros: “Me reclamaron 50 céntimos porque dijeron que había un error en la valoración. Me da mucha pena la poca sensibilidad porque estamos hablando de una explosión que fue muy impresionante y que nos ha marcado por completo, pero hay personas a las que no les importa”. Y lo mismo ocurre con su banco, ya que, un año después, todavía sigue esperando la respuesta a la solicitud de moratoria de su hipoteca porque la casa se encontraba inhabitable.

El interior de la cocina un mes después de que se produjera la explosión.

Los daños no materiales

Pero si algo ha quedado dañado de forma irreversible no son las paredes ni el bolsillo, sino el bienestar emocional. Lo que más duele no se puede peritar ni cuantificar: el miedo que no se va, el cansancio que se acumula con los kilómetros en coche para que Enzo pueda continuar su vida “con normalidad” o las seis y siete mochilas que transporta cada día. Porque no es fácil convivir con una casa que se ha convertido en un recuerdo y el futuro en una incógnita. Porque los muros se levantan, pero hay grietas que no entienden de obras ni de plazos, y que permanecen mucho después de que el polvo se haya asentado. “Un año después, sigo sin estar en mi casa, hago muchos viajes con el coche, me peleo todo el rato con el seguro y vivo completamente estresado. Los problemas que puedo tener en el día a día se me estaban haciendo bola porque no podía manejar todo el dolor y la impotencia. He sufrido muchos ataques de ansiedad. Y no es fácil convivir con una casa que a veces parece un recuerdo”, confiesa.

Y su ejercicio más difícil fue esconder todo ese sufrimiento entre sonrisas para que Enzo no sufra las consecuencias de un desastre del que no tiene la culpa. “Ya bastante tiene con ir y venir de Berriozar, con amoldarse a esta nueva realidad, a tener que estar todo el rato en el coche sin apenas descansar, a no poder jugar con sus amigos porque nos tenemos que ir... Me da miedo que esto pueda tener consecuencias para él en un futuro, aunque trato de protegerle todo lo que puedo y evadirle de esta mierda”. En ese sentido, Enzo menciona que le da “mucha pena no poder estar más rato con mis amigos, aunque estoy bien con mis abuelos”.

¿El regreso?

A pesar de las ganas por volver, también hay mucho dolor. O, más bien, mucho trauma como consecuencia de lo vivido aquel día, de todo lo sufrido después... Pero solo en ese entonces, Oskar podrá volver a dormir. “Todavía quedará mucho por solucionar, pero estaré mucho más tranquilo porque podremos estar juntos en nuestra casa sin la necesidad de vivir con mochilas a cuestas y con el runrún constante de cuándo estará todo listo. Lo sobrellevo por mi familia, por mi pareja y por Enzo. Pero también porque soy consciente de que tengo mucha suerte de estar aquí. Hemos vivido en un hotel, haciendo la tarea en el baño, nos hemos enfrentado a muchos problemas personales y, además, he sufrido la poca empatía de algunas personas”. Un año después, la explosión sigue siendo presente. No como ruido ni como fuego, sino como cansancio acumulado, como una vida suspendida y como una espera que desgasta más que el propio impacto. Mientras las respuestas no llegan y las soluciones se aplazan, Oskar sigue avanzando en piloto automático, sosteniendo la rutina para que Enzo pueda crecer sin que el miedo lo ocupe todo. Porque cuando ya no queda nada por derrumbarse, lo único que mantiene en pie es la voluntad de seguir. Y, a pesar de todo, esa esperanza que se aferra a la idea de volver a casa y, con ella, empezar a descansar.