Enrique –Quique– Ruiz (Logroño, 2000) se graduó de Química por la Universidad de La Rioja siendo el segundo mejor de su clase, hizo dos másteres –uno en Química y Bioquímica y otro en Astrofísica y técnicas de observación en Astronomía–, obtuvo la beca Gernika gracias a unas prácticas y, hace unas semanas, recibió una beca de Fundación ONCE –que solo recibieron otras 13 personas más en el Estado– para continuar su carrera investigadora como estudiante de la UPNA y, de nuevo, lo hizo siendo el mejor. Pero –aunque no son muchos a su alrededor– todavía hay quienes creen que Quique tiene límites porque no ven más allá del estigma.
De pequeño, era un niño “curioso y alegre”, al que le gustaba ver documentales relacionados con los animales, la naturaleza y los dinosaurios –de hecho, hubo un tiempo en el que quiso ser paleontólogo–. Luego, conforme crecía y avanzaba su enfermedad –una mutación congénita exnovo que le impide controlar el tono muscular– se dio cuenta de que todo se concretaba a través de la Química: “Me interesan mucho los nuevos materiales que se van descubriendo en tejidos, en construcción... pero también me atrae la bioquímica, la genética y la ingeniería de materiales. Es decir, todo química”, resume.
No obstante, también reconoce que le interesó mucho la Física, pero que no se centró en ella porque no iba a “poder manejarme con la práctica”. En sus primeros años, avanzó con adaptaciones –excepto un año que su profesor de Educación Física no le quería modificar las pruebas físicas, pese a ver que no tenía la capacidad de hacerlo–, creció con el apoyo de su padre y su madre, quien le hacía los apuntes; “era como mi secretaria”, bromea.
Y llegó el momento en el que, estudiando Bachillerato, tuvo que enfrentarse a quienes le recomendaban que no estudiara un grado porque no iba a ser capaz. “No me veían como una persona normal que tenía necesidades diferentes. Tan solo veían la discapacidad y no que era tan válido como el resto. Por eso, agradezco mucho a todas las personas que me han acompañado –padres, profesores, compañeros y amigos– porque nunca han visto mis límites, sino mi potencial”, expresa.
Sin barreras
Mientras Quique avanzaba con su vocación –cogiendo asignaturas de más porque “me interesaban muchas”–, los resultados médicos no iban a la misma velocidad. “Cuando era pequeño, podía andar si le cogías del dedo. Y poco a poco, fue perdiendo la capacidad. Fue entonces metieron su caso dentro del saco de sastre de la discapacidad en general y no investigaron nada”, dice su padre Enrique.
Hasta que, por fin, con 18 años, le diagnosticaron esa mutación genética espontánea no hereditaria por la que su tono muscular no evolucionaba a la velocidad que lo hacía el resto de cuerpo. “Hemos tenido mucha suerte, aunque no ha sido un camino fácil, porque desde el principio Quique lo ha entendido todo y se lo ha tomado con mucho humor”, asegura su madre. Pero también porque esta discapacidad no le supone ningún problema más allá de lo físico.
“¿Qué limitaciones tiene Quique? En su trabajo, que es lo que le gusta, todo va más allá del movimiento, va del esfuerzo y de controlar diferentes cuestiones científicas. Y eso lo hace. Las limitaciones, a nivel estructural, no desaparecen, pero con los avances las barreras se van diluyendo”, incide Francisco Flor, uno de sus directores de tesis, con quien había trabajado durante sus años de universidad como resultado de las prácticas curriculares en una empresa riojana de vinos.
Vino y medioambiente
Y en esos años de universidad, Quique conoció a muchos de sus grandes amigos, acertó a la hora de elegir carrera y contó con las adaptaciones suficientes para poder culminar sus estudios. “En el laboratorio, le tenía que pedir a algún compañero que echara los líquidos en un recipiente. Y si el experimento salía mal, le echaba la culpa porque decía que no me había entendido”, se ríe. No obstante, y una vez culminados sus dos másteres, quiso continuar con su carrera investigadora, pero no lo pudo realizar en su universidad de origen –la Universidad de La Rioja– y tampoco en la UNIR, así que se acercó a la UPNA, donde conoció a Juan Ignacio Biel, su otro director de tesis. Y se pusieron manos a la obra con las prácticas en la empresa de Flor como punto de partida.
Así, surgió la idea de hacer un análisis del ciclo de vida de los diferentes tipos de botellas para vino para optimizar la reducción del impacto ambiental. “Tuve una asignatura a la que llamábamos QUIMA, que trataba sobre química industrial y medioambiente. Me pareció muy interesante ver el impacto que causan los vertidos y desechos que producimos, en especial porque puede ser útil para que el sector agroalimentario pueda recortar gastos y, también para que la sociedad no tenga que pagar precios tan altos”, explica. En ese sentido, Quique también menciona que este estudio se puede extrapolar a cualquier otro material, como “polímeros, cerámicas o biomateriales” con el objetivo de reciclar más y producir menos residuos porque “no se puede mandar todo al espacio”, defiende.
Y así como su estudio no tiene límites –porque no se le puede poner puertas al campo–, tampoco los tiene su pasión por esforzarse en la ciencia, que tanto le gusta. Por eso, le ronda la idea de estudiar Bioquímica para poder conocer más acerca de su enfermedad. “Es un campo que está abandonado porque es una enfermedad que no sale rentable en los laboratorios ya que somos muy pocos. Es algo que me genera mucha pena y rabia. Y creo que debo trabajar por conocer un poco más”, asume.
Un regalo de la vida
Pero más allá de esta vocación que prevalece a pesar de las dificultades que no muestra “porque lo esencial es disfrutar de aquello que te regala la vida”, lo esencial de su historia son las ganas. De esforzarse, de luchar, de vivir. “Me gustaría creer que he abierto camino a otros niños con necesidades especiales que vienen detrás de mí. Quiero que se den cuenta de que no tienen límites, sino un grandísimo potencial para desarrollar. Sin etiquetas”.Y quizá ahí está la clave. No en los méritos, sino en la manera de dejar de lado los moldes que otros imponen. Y de estar en el mundo, haciendo su camino sin ruido y dejando espacio para que otros también disfruten de lo maravilloso de lo ordinario, de las imperfecciones y de los pequeños gestos que anulan las etiquetas. Porque lo excepcional es aquello que se sale de la norma. Y de eso Quique sabe mucho.