Obituario

A Javier Pagola

23.10.2020 | 00:45

Pamplona – Celebro tu vida, Javier, ahora que te has ido, que te has quedado para nunca irte, que has vuelto a ser enteramente uno con la Fuente del Ser, ahora que vives.

La pena nos abate, sí, porque en nuestros pobres ojos ya no se encenderá la luz de los tuyos tan llenos de claridad y de ternura. Que se lo pregunten a tu querida, inseparable Maribel, a quien no hace mucho, mientras aún podías balbucir palabras, le decías: "¡Cómo eres, Maribel! ¡Cómo me cuidas!", fundidos ambos en la misma emoción, la misma profunda gratitud de la vida, la de quien recibiendo da y la de quien dando recibe, doble y única dicha a la que solo se accede a través de la muerte del ego.

Que se lo pregunten a tus hijos y nueras, que cuánto te querían te admiraban y viceversa, y ahora se resisten a creer que te hayan perdido, pero han de buscarte a oscuras en el duelo, como nosotros. Que se lo pregunten a vuestros cuatro adorables nietos que durante todo el confinamiento y después esperaban ansiosamente el cuento que tú les escribías cada día y que les transportaba a lo más profundo de la realidad verdadera, y ahora les falta el abuelo y el sabio. Que se lo pregunten a tantas y tantos compañeros de comunidades cristianas, de causas, proyectos, palestras sin fin por otra sociedad más justa, que se sienten huérfanas, huérfanos, en estos tiempos difíciles en los que más te necesitan. Todos hemos quedado un poco huérfanos.

Sin embargo, celebro tu vida, tan generosa y fecunda, tan lúcidamente comprometida, tan descomplicadamente entregada. Tu vida tan humana y compañera. Tu colaboración desinteresada con Alaiz, con Medicus Mundi, con tu Foro Gogoa, con tantas comunidades de Guatemala y del Altiplano del Perú. Celebro tus grandes dotes personales y profesionales: tu sencilla lucidez, tu sensata sencillez, tu afabilidad y cercanía. Tu palabra clara y luminosa, precisa y honda. Tu paz rebelde, tu rebeldía apacible. Tu capacidad de trabajo, tu ánimo siempre a punto. Tu inteligencia y tu bondad, tu amor de la vida. Y tu compromiso insobornable con la verdad y la justicia, con la realidad y la esperanza activa.

Celebro tu entereza y ecuanimidad, tu profunda paz durante estos largos meses finales. En el mejor momento de tu vida, en la plenitud humana y familiar que te coronaban, te llegó implacable el ELA. Y tú lo acogiste sin más, sin negar ni huir ni derrumbarte, sin acritud ni angustia, con esa naturalidad tan tuya. Nadie te oyó una queja. "¡Qué cruel es esta enfermedad, Javier!", te comentó una vez Maribel, y tú simplemente respondiste: "Así es". No era una queja, sino esa sabiduría esencial de la vida que nos lleva a acoger lo que es. Y es la única manera de transformar lo que viene. Tú les consolabas a Maribel y a tus hijos.

Celebro también tu largo y profundo itinerario de renovación teológica, la que nos ha tocado en suerte como señal de los tiempos. Tu camino del Cristo dogmático al Jesús itinerante y humano. Del Catecismo católico al seguimiento de Jesús. De una Iglesia a otra que aún no cuaja ni tiene visos de cuajar, pero no importa, pues el Espíritu de la Vida no necesita de iglesias ni religiones. De aquel Dios al Dios de Jesús (más allá de toda imagen de Dios, me atrevería a decir). Es cierto que te rebelabas mansa y decididamente contra ciertas ideas sobre la No-Dualidad entre Dios y mundo, o sobre el fin cultural del teísmo que algunos declaramos cercano y sin retorno, pero tu vida no se jugaba, ninguna vida se juega, en adoptar unas creencias o ideas en lugar de otras. Tú lo sabías.

Celebro tu amor a la humanidad, esta humanidad que clama en una creación en dolores de parto. Tu amor a la humanidad comparable con tu amor a la música. Una mañana, recientemente, cuando ya no podías hablar pero todo te hablaba y todo en ti hablaba, llevabas hora y media escuchando arias de óperas escogidas por tu hijo, melómano como tú, con el volumen bajo para no molestar a los vecinos. Y tú con la mano indicaste lleno de energía y entusiasmo: "¡Más alto, más alto!". Te faltaba aliento y buscabas un poco de aire, un poco de agua, y, en ese instante fuera del tiempo, el aria te llevó de la mano a las fuentes del Ser. Celebro tu Pascua, Javier.

Nosotros caminamos todavía entre luces y sombras, de pandemia en pandemia, entre el desaliento y la esperanza, en busca del cielo nuevo y la tierra nueva que nunca dejaste de soñar. Despierto ya, nos acompañas como profeta y testigo, desde el corazón de la Presencia que todo lo funda, sin aquí ni allá, ni antes ni después.

Joxe Arregi