El esprint de la Vuelta femenina era para estamparse contra un muro, el de Les Praeres, una ascensión corta, apenas 4 kilómetros, pero dura, bronca y de mirada aviesa. Un lugar en el que torcer el gesto y deshabitar el cuerpo, vapuleado por nudo de cuestas puntiagudas, exigentes.

Una rampa de despegue y de desesperación. Un altar ante el que elevarse a la gloria o caer de rodillas. Ni el verde fastuoso del paisaje mitigaba el padecimiento en una etapa que era una cronoescalada al infierno.

Allí se impuso Anna van der Breggen, la nueva líder de la carrera tras un magnífico y agónico pulso con Paula Blasi. La neerlandesa, doble campeona del mundo, oro olímpico y con cuatro Giros en su rico palmarés, pudo con la joven catalana por apenas 8 segundos.

"La subida fue especial. Empezó muy empinada y terminó más empinada aún. Nunca había visto una subida como esta", expuso la neerlandesa. Ambas se citarán en el Angliru para saber quién conquista la Vuelta femenina. La catalana está a 18 segundos.

Usoa Ostolaza, que rindió a gran nivel, con una ascensión en la que fue de menos a más, es séptima en la general. La zarauztarra está a 1:25 de la neerlandesa tras novena en la cima asturiana.

Una subida agónica

Llovía con saña. Apedreadas las ciclistas con munición pesada. Lotte Kopecjy penaba bajo la lluvia. Las montañas no son para ella. La lluvia, inclemente, conformó un telón de agua en las fauces de Les Praeres.

Desatada la tormenta. La tempestad en un puerto con una media del 13,4% y rampas sobrenaturales, al 27%.

Un lugar para pedir clemencia. Se desplomaba el cielo sobre las ciclistas, en procesión. Cuentas de un rosario. Van der Breggen tomó el mando.

Con ella se arrullaron Kasia Niewiadoma y la insolente Paula Blasi. Se descascarilló Ferrand-Prévot, arrugada. Encogida. Cayó después Niewiadoma.

Las rampas lanzaban directos a la mandíbula. Se trataba de resistir y de encajar. Todas contra las cuerdas. En ese hábitat de esfuerzo al límite, en los abismos, en la cámara lenta, en la tortura, Van der Breggen tomó unos metros que, en un ascensión tan dura, eran oro.

Blasi, joven, la gran irrupción del presente curso, le rastreaba aferrada al pundonor. Apretaba la neerlandesa y no se rompía Blasi, a la que se le intuían las grietas.

Marion Blunel perseguía a Blasi. Todo sucedía despacio. Una lucha por la supervivencia en una ascensión hermanada con la agonía. Una radiografía del ser humano.

El duelo entre ambas era sensacional. Les separaban un puñado de metros cuando entraron a la parte definitiva del ascenso, donde el suelo era más rugoso. Una rampa camino del más allá, al 27%, apaleó a ambas. Atrás dejaron el infierno. Van der Breggen agarra el cielo en Les Praeres.