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Día del libro: cuarentenas que alumbraron obras maestras

23.04.2020 | 01:18
Este jueves 23 de abril se celebra el Día del Libro.

Seis autores/as navarros/as confiesan qué textos les hubiese gustado escribir en el confinamiento

A muchos nos pasa que la cuarentena nos resta concentración. Queremos aprovechar para leer más que nunca, pero el centrifugado cerebral, alentado por la ansiedad, el agobio, la incertidumbre, los cambios de horarios y un sinfín de cosas más o menos importantes hacen que la noble tarea de leer o siquiera de escribir se antoje imposible.

Por eso quizá sería bueno darse una vuelta por la historia de la literatura y comprobar, con sonrojo, que algunas/os autoras/es crearon algunas de sus grandes obras en períodos de confinamiento o exilio obligado o autoimpuesto. Son los casos, por ejemplo, de William Shakespeare, que escribió dos de sus grandes tragedias, El Rey Lear y Macbeth, durante la cuarentena que cerró Londres a causa de la peste negra en 1606. También Nicolás Maquiavelo publicó El Príncipe en 1532, durante el doloroso exilio al que le condenaron los Médici, aislado y solo en su casa de campo, después de haber sido encarcelado y torturado.

Miguel de Cervantes y Oscar Wilde coinciden en haber iniciado, en el primer caso, y completado, en el segundo, dos obras inmortales. Según Juan Goytisolo, los años de cautiverio que Cervantes pasó en Argel entre 1575 y 1580 están en "el núcleo central de la gran invención literaria" que se tituló El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Y en cuanto al poeta y dramaturgo irlandés, escribió De Profundis, su obra más íntima y dolorosa en la prisión de Reading. También hay obras que surgieron del aburrimiento, como Frankenstein. En 1816, llamado el año sin verano por el descenso de las temperaturas, confinó en una mansión suiza, Villa Diodati, a varios nobles. El anfitrión era Lord Byron, y con él estaban su médico personal, John William Polidori, el poeta Percy Shelley y su joven amante, Mary Godwin, luego Shelley. Byron retó a los presentes a escribir la mejor historia de terror. Y surgieron El vampiro, de Polidori, que inspiraría a Bram Stoker para escribir Drácula, y Frankenstein, que Mary creó con 19 años.

Y la lista podría continuar con Tomás Moro, Montaigne, Proust o Emily Dickinson, que pasó casi una década encerrada en su habitación. Sin olvidar, por supuesto, a Ana Frank y sus Diarios y a Viktor Frankl y El hombre en busca de sentido. Los confinamientos son, pues, variados en motivos y circunstancias. Seis autores/as, bibliotecarios/as y traductores navarros/as cuentan qué obra les habría gustado escribir durante una cuarentena. En el resultado, Esquilo, Joyce, Saramago...

Arantzazu Amezaga Iribarren

'Heptamerón', 'Prometeo'

"Me hubiera gustado escribirlas todas, así resulto de ambiciosa", dice Arantzazu Amezaga Iribarren, que además de escritora ha sido bibliotecaria gran parte de su vida. Le hubiera encantado firmar desde la poesía de Safo hasta el Heptamerón de la reina Margarita de Navarra, "obra que es hija del Decamerón que Petrarca escribió durante la peste de Florencia, a su vez hija de Los cuentos de Canterbury, de Chaucer". Tampoco le habría importado ser la pluma de Jane Austen ni el Shakespeare que creó El Mercader de Venecia o el Oscar Wilde de Balada de la Cárcel de Reading... "Y más hasta nuestros días". Para citar un fragmento, se queda con el Prometeo de Esquilo, "el padre de las mil caras".

Los libros son fundamentales para Amezaga, autora de títulos como Rebelión contra La Guipuzcoana, Vademécum o Niebla de batallas. Vive rodeada de volúmenes que están con ella desde su infancia en Montevideo. "Releo algunos, toco otros, a todos mimo... Son mi pasaporte al ensueño, a la meditación, al recreo, a la esperanza. En esta crisis me resultan más necesarios que nunca, y me dan más de un mensaje, ellos, seres de papel y tinta. Si han sobrevivido a tantas mudanzas y trajines, debo permanecer en pi, como ellos, frente a la pandemia". La escritora desearía que esta situación nos enseñara a vivir más cerca de cultura, "pródiga con las nuevas herramientas cibernéticas". "Nos haría más ricos que la conquista de la rica cueva de Alí Babá, relato de Las mil y una noches con el que Sherezade encantó al sultán, difiriendo y anulando su pena de muerte. "Que la literatura es maestra de la vida, o proyección de la misma", afirma, y termina recordando el "movimiento importante" que están realizando las bibliotecas para llegar a los lectores, "consolarles, iluminarles..."

Villar Arellano

'La isla del tesoro', 'Intemperie'

Villar Arellano, responsable de la biblioteca de Civican y profesora en Magisterio, apuesta por una obra que es "capaz de despegar a los lectores del sillón y llevarlos mucho más allá de los muros de su casa; un libro que hace sentir el viento en la cara, oler el salitre y navegar entre las olas, siguiendo la emoción del riesgo, los dilemas morales de la vida y el magnetismo de los sueños". En definitiva, La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, a ser posible en la edición de Libros del Zorro Rojo, con ilustraciones de Raplh Steadman. Aunque también se quedaría con dos obras que nacieron a pocos metros de la casa de Stevenson, en Edimburgo: Harry Potter y la piedra filosofal, de J.K. Rowling, e Intemperie, de Jesús Carrasco.

Arellano está viviendo la cuarentena "con incertidumbre y mucha preocupación", pero "sin mucho tiempo para dejarme llevar por el miedo o la melancolía", ya que las clases a distancia y el teletrabajo bibliotecario la tienen bien entretenida. Los libros son "imprescindibles" en su vida. "Necesito apoyarme continuamente en ellos para sostener mi trabajo: textos que aporten ideas, citas inspiradoras, sugerencias de lecturas para alimentar el pensamiento o para distraer el ánimo, referencias..." "Si estuviera encerrada sin libros, entonces sí: los inventaría", asegura.

A las instituciones les pide que den a la cultura "el valor que merece como herramienta de bienestar, promoción personal y equilibro social". En estos momentos, opina, "ha quedado patente la necesidad de revisar nuestra escala de valores". "Hay bienes de consumo que considerábamos necesarios y hemos visto que eran superfluos"; frente a los bienes culturales, "que han demostrado ser imprescindibles para mantener la mirada serena y la fortaleza de ánimo ante las dificultades". En ese sentido, defiende que hay que "blindar las instituciones que cultivan la cultura y la abren a la sociedad" (museos, bibliotecas, teatro, cines, escuelas...), y "apoyar a particulares y empresas que colaboran en este esfuerzo" (artistas, libreros, editoriales, empresas de mediación...) Sin embargo, a la vez piensa que hay que "abandonar modelos centrados en el consumo y volver la mirada al entorno más cercano, a nuestros pueblos y barrios, para favorecer la creación cultural a pequeña escala y la participación comunitaria", concluye.

Isabel Blanco

'El arte de amar'

Le hubiera encantado escribir varias obras, tanto de poesía como de novela, pero Isabel Blanco Ollero se queda con un ensayo, El arte de amar, de Erich Fromm. "Lo leí hace más de veinte años y recuerdo que, al finalizarlo, pensé que tenía que ser lectura obligada por la profundidad de su discurso y y, a la vez, por la sencillez que transmite". Esta lectura "indispensable" realiza "un cuidado análisis del amor" en todas sus variantes.

La poeta habla de "extrañeza" al referirse a las semanas que estamos viviendo. "Intento sopesar lo que supone a nivel individual y de sociedad. Hay momentos de mucha tristeza por tantos fallecimientos", y más si la despedida es inviable. Para no angustiarse, intenta llevar una rutina y horarios y "extraer momentos sencillos haciendo cosas sencillas". Los libros, con tantas lecturas pendientes, "son la parte que más disfruto", dice Blanco, que está ultimando un poemario y ya ha terminado un cuento infantil de fomento de la lectura. Su faceta de impulsora y gestora de programas culturales, en cambio, está totalmente parada y no sabe cuándo se reanudará la actividad. A los responsables institucionales les reclama que no dejen a la cultura en segundo o tercer plano, "tanto a nivel de presupuestos como a la hora de contar con las personas que trabajamos en ella". "Somos trabajadores y trabajadoras del arte. Tenemos auténtica vocación, pero también hemos de sentirnos apoyados a la hora de desarrollar nuestra labor", dice. Y añade: "Quizá estos días en los que se ha podido ver la excepcionalidad y la importancia de la cultura en todas sus estéticas sirvan de reconciliación con todos los estamentos. La cultura no solo es un signo de educación y de progreso, es una necesidad", subraya. Y echa mano de Mercedes Sosa: "La cultura es lo único que puede salvar a un pueblo, lo único, porque la cultura permite ver la miseria y combatirla. La cultura permite ver lo que hay que cambiar y lo que se debe dejar".

Eduardo Iriarte

'Los muertos'

Independientemente de las circunstancias, "cualquiera podría darse por satisfecho después de haber escrito El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad", indica el pamplonés Eduardo Iriarte, que acaba de publicar La mirada hostil. Pero, sin desmerecer a la citada obra, el escritor y traductor "sería feliz habiendo creado esa pequeña maravilla que firmó James Joyce, el cuento largo o novela corta con que concluye el volumen Dublineses y que lleva por título Los muertos". En su opinión, es un "ejemplo de hondura y levedad a partes iguales". Es un texto al que Iriarte vuelve "una y otra vez", sobre todo "si acabo de leer un libro que me ha impresionado tanto que no sé qué obra comenzar a continuación".

Al autor navarro, el confinamiento no le está suponiendo un esfuerzo excesivo. "Para desgracia de mis editores, respondo al tópico de autor recluso, y donde más cómodo me siento es en mi casa, en mi despacho, entre las pilas de libros que he ido acumulando a lo largo de los años, sobre todo con novelas ajenas y propias y ejemplares de traducciones que me envían religiosamente las editoriales cuando van saliendo al mercado". Así que, más allá de la preocupación lógica por la salud de los suyos y por el aplazamiento de eventos y en la publicación de títulos, lo lleva bien. Y cuando todo esto pase, "las instituciones tendrán que tomar medidas para paliar el batacazo que, sin duda, se avecina para el sector casi siempre en crisis de la cultura". Y recuerda la importancia que están teniendo libros, películas y series de televisión en la rutina cotidiana durante la cuarentena. "En este país hay un número importante de familias que viven gracias a la cultura, y, aunque todavía es muy pronto para calcular el impacto de esta pandemia en el sector, sin duda en el mundo del libro acarreará como mínimo alteraciones de los calendarios de publicación y cancelación de contratos, así como el cierre de librerías y editoriales independientes, por lo que serán necesarias ayudas a los profesionales, muchos de ellos autónomos, que verán drásticamente interrumpida su labor", afirma Iriarte. Y confía en que la gente en general y el público lector en particular "arrime el hombro y compre libros con asiduidad para que, por un lado, la imaginación colectiva siga discurriendo como antes de la calamidad, y, por otro, para que el mundo editorial pueda seguir funcionando en un simulacro de normalidad. A todos nos va el futuro en ello", finaliza.

Mikel Zuza

'Divina Comedia'

El historiador, escritor y bibliotecario Mikel Zuza cree que no podría llegar a escribir "una obra tan inmensa" como la Divina Comedia , de Dante Alighieri, "ni en cien confinamientos seguidos". Especialmente le hubiese gustado escribir el fragmento en el que Dante se topa en el segundo círculo del Infierno con los desdichados amantes Paolo Malatesta y Francesca de Rimini. "Es una de las más hermosas plasmaciones literarias del poder de la lectura y de los libros", explica Zuza, que sigue inmerso en la lectura tanto como lo estaba antes, con "una torre de volúmenes en complicado equilibrio, de temas diversos que por alguna extraña razón acaban siendo complementarios entre sí". Por ejemplo, La mentira de Vermeer, tratado de Michael Taylor sobre el arte del pintor holandés; Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias, colección de artículos culturales de Jacinto Antón; Grandes manuscritos medievales, de Christopher de Hamel; Potosí, de Ander Izaguirre; La desmemoria de los vencedores, de Fernando Mikelarena, etcétera.

Entre todo el lenguaje bélico "tan fatuo" de estos días, sí cree que hay un concepto aprovechable del discurso: "no dejar a nadie atrás", tan válido para el aspecto social como para el cultural. En ese sentido, plantea que la Red de Bibliotecas Públicas de Navarra, que mantienen muy activas sus plataformas digitales, "podrían ser –por su probada experiencia en el terreno– la vía de contacto principal del Gobierno de Navarra con el mundo editorial y librero, tan afectado ahora". Y añade: "Podrían, así, explorarse medidas como el incremento del presupuesto dedicado a adquisiciones en librerías físicas, la realización de campañas publicitarias conjuntas entre bibliotecas y librerías para el fomento de la lectura y de la compra de libros impresos, cuyo IVA igual podría bajarse al 0%", o aplicar incentivos fiscales o créditos específicos a estos establecimientos. Zuza propone, asimismo, "atender las reivindicaciones de la recién creada Plataforma Navarra del Libro", como "la defensa y promoción del libro como soporte cultural, el apoyo a las autoras y autores o el impulso de la edición y de la literatura navarras, en sus dos lenguas oficiales".

Letras a la Taza

'Ensayo sobre la ceguera'

David Martón y Miguel Iglesias, de la librería tudelana Letras a la Taza, eligen Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Miguel recuerda que la leyó del tirón. "Los futuros distópicos siempre me han atraído", comenta, y no puede evitar comparar la situación que narra esta novela con la actual. "Hemos vivido momentos de mucho miedo, preocupándonos por la gran facilidad del contagio, encerrados por voluntad propia al principio y por obligación después". En su opinión, es un texto que "nos muestra la fragilidad de la persona sin una sociedad que le apoye; la importancia del sacrificio personal por un bien común".

La cuarentena está trayendo a estos libreros "momentos de miedo y momentos de optimismo". "Antes parecía que nos faltaban horas, ahora parece que nos sobran", indica Iglesias, y reconoce que los libros son "un buen refugio". "La cabeza necesita descansar de esta pesadilla que recuerda a la película Atrapado en el tiempo, solo que, en vez de marmota, tenemos el COVID y su incansable recuento de afectados día tras día". En casa tiene volúmenes en distintas estancias y dependiendo de en cual se encuentre coge uno u otro. "Casi parece una ginkana de lecturas", bromea.

Respecto al gremio en el que trabaja, si ya antes las librerías pedían medidas y protección "para un sector que consideramos clave para crear una sociedad con futuro", ahora "debemos buscar cómo ayudar tanto a corto como a medio plazo". "Y esto vale para todo el comercio; como sociedad debemos plantearnos qué futuro queremos, calles con librerías, zapaterías, tiendas de ropa o locales con el cartel de se vende o una incensaste caravana de transportistas llevando paquetes a domicilio. Los comercios de barrio deberían ser el futuro", termina.