“Dicen que la muerte es líquida, que se adecúa y ocupa un espacio recóndito en la mente, espacio en los pliegues de las palabras tristes”. Así comienza Heriotza likidoa / Muerte líquida, el premiado poemario de la poeta chantreana Ventura Ruiz, una obra que se adentra en un cargado y hermoso universo marino para narrar la separación definitiva entre dos personas. El trabajo fue galardonado con el primer premio en el XXXII Certamen Literario en euskera para autoría novel, convocado por el Ayuntamiento de Pamplona en 2022, y resultó también ganador del Poetry Slam de Pamplona 2023 y 2024. Ruiz sigue representando el recital por distintas muestras estatales, acompañada por la pianista Marina Sierra, quien aporta un acompañamiento musical a los versos.

El poemario gira en torno a la “oxidada” relación de dos personas que pretenden quitarse la vida juntas, saltando de un acantilado, para mantener la promesa de no separarse nunca. De ahí el título: La muerte líquida / Heriotza likidoa. Sin embargo, el libro, de estructura circular, donde se repiten símbolos y se revierten situaciones, da un giro inesperado: “La muerte no es líquida, no. La muerte, nuestra muerte, es lo más sólido que nos ha unido nunca, a ti y a mí”, concluye. Un final abierto que invierte la premisa inicial e invita al lector a conectar con sus propias vivencias y a dar su propia interpretación al relato.

¿Qué inspiró este trabajo y por qué ese imaginario poético tan trabajado del mar, lleno de tecnicismos?

–El mar tiene una simbología muy interesante para escribir sobre cosas que no quieres decir directamente. A mí me apetecía trabajar sobre lo que es verdad y lo que no lo es. Lo que sentimos las personas es siempre verdad. Si yo me siento herida, esa emoción es real, es mi verdad. Y nadie puede invalidarla. Lo mismo al revés: yo tampoco puedo invalidar la emoción de alguien. Así que, sobre un mismo hecho, pueden existir varias verdades, dependiendo de la perspectiva. Y en ese sentido, el mar me ayudó muchísimo como metáfora. Si estoy en lo alto de un acantilado mirando al mar, veo peces, algas, rocas... y la otra persona también lo ve, pero desde otro ángulo. Y si a los peces se les llenan los ojos de agua, ¿cómo nos verán ellos a nosotros desde abajo? ¿Distorsionados? Esa imagen me parecía muy útil para hablar de esas distintas verdades desde una mirada poética. A partir de ahí, empecé a trabajar con toda una terminología marinera. Yo soy de Navarra, lo más acuático que tenemos es el Arga. Además, soy euskaldun berri y no dominaba el vocabulario náutico en euskera. Así que recurrí a un amigo que es profesor de Náutica en Bermeo y me ayudó con todo ese léxico técnico.

¿Qué tipo de relación tienen los personajes del poemario y qué simboliza para ellos la “muerte líquida”?

–La estructura del poemario es circular. Empieza afirmando que la muerte es líquida y termina negándolo. Hay muchas repeticiones, juegos de sintagmas que se replican como eslabones de cadena. Fue una decisión creativa mía y lo disfruté mucho. Los personajes mantienen una relación emocional muy fuerte. Se han prometido estar juntos para siempre, pero esa relación se ha ido desgastando, se ha oxidado, como el “sextante” en el corazón. Están a punto de saltar por la borda. Al principio pensé en el suicidio, en cómo dos personas deciden tirarse juntas desde un acantilado, cogidas de la mano para cumplir su promesa. Pero no afirmo que eso ocurra realmente. Lo dejo abierto. Puede tratarse de una muerte física o de una muerte simbólica: el final de una relación. La idea era jugar con esa dualidad: la verdad, el fin del vínculo y la fuerza del lenguaje marino como metáfora de todo ello.

¿De dónde viene o qué inspiró el concepto de “muerte líquida”?

–Descubrí al filósofo Zygmunt Bauman, que habla de conceptos como el miedo líquido, la sociedad líquida… y me llamó la atención. Al principio, el planteamiento era que los protagonistas se arrojaban al mar. La muerte iba a ser líquida porque el agua lo invadía todo, incluso el lugar más recóndito de la mente. Pero después pensé: no hace falta llegar a ese extremo. ¿Qué pasa si alguien no cumple la promesa? ¿Y si una de las dos no salta? Hay un verso que dice: “No te vuelvas hacia mí, que quizás esté anclada a tierra cuando tu salto se produzca”. Tal vez ninguna de las dos quiera morir realmente. Por eso termino diciendo que la muerte no es líquida. Porque hay cosas que las vinculan aún: una casa, una promesa, una historia compartida. Pasé de una idea trágica a dejar un rayo de esperanza. Pero también quería que el lector completara el sentido de la historia desde su propia experiencia.

Trabaja muchos géneros: poesía, cuentos, teatro, novela y clown. ¿Qué le aporta la poesía frente al resto?

–No creo que escribir sobre el dolor sea obligatorio, aunque sí puede ayudar. También leer es muy liberador. Pero lo poético tiene una intensidad especial. Una vez leí que la poesía es como un frasco de esencia; los cuentos serían el perfume, y la novela, la colonia. Me pareció una metáfora preciosa. La emoción se diluye de manera distinta en cada formato. A mí me gustan mucho los cuentos y el teatro. La novela la tengo más aparcada, pero donde más conecto conmigo misma, con mi parte emocional, es en la poesía y el teatro. La poesía es una herramienta muy poderosa para encontrar asideros y significados, para entender lo que nos está ocurriendo.

¿Cómo fue el proceso de escritura del poemario? ¿Tuvo un efecto sanador?

–No tanto como otros trabajos. A diferencia de 10585 días (2023), que trata sobre la relación complicada con mi madre y que fue muy catártico, La muerte líquida está más ficcionado. Nunca me he visto en una situación tan trágica como tirarme de un acantilado por amor. He tenido rupturas, claro, pero no con esa carga dramática tan de novela inglesa. Y precisamente por eso, lo disfruté muchísimo. Recuerdo el proceso como algo feliz. Aunque escribía sobre una tragedia, lo viví como una aventura creativa. Y desde el principio tuve la intuición de que me traería muchas alegrías.

¿Tiene algún nuevo proyecto entre manos?

–Tengo dos ideas en marcha. Una gira en torno a la presbicia, esa dificultad para ver de cerca, que me parece muy simbólica. Me interesa explorar qué cosas dejamos de ver cuando están demasiado próximas. Y la otra idea va sobre la España vaciada y el vaciamiento rural como estrategia política. Lo vemos claramente con los incendios, la falta de inversión en los pueblos… Quiero desarrollar esas ideas en forma de poemarios, aunque aún no sé hacia dónde tirarán ni cuánto tiempo tendré. Lo que sí tengo claro es que quiero disfrutar del proceso y gozar de la creación poética desde un lugar de calma.