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Crónica de un ocaso familiar

Crónica de un ocaso familiar

Se le atribuye a Charles Dickens, maestro en el arte de narrar historias tristes sobre gentes necesitadas, que En la vida sólo son necesarias las realidades. Puede ser aunque, muchas veces, tanta realidad resulte difícil de contar y sea tan incómoda de digerir. Desde luego en el cine y en la literatura, una sobredosis de realismo suele desembocar en una paralizante melancolía. Ahora bien, evitar saber del lado amargo de la vida, o sea negarse a ver la enfermedad y la muerte, solo contribuye a cultivar conciencias blandas de gente sin piedad, de ciudadanos tan infantilizados como egoístas. No les afectan las masacres, pero no soportan la menor sombra cercana.

Ante este panorama, recomendar asistir a una proyección de Yo no moriré de amor provoca zozobra, aunque no genera duda alguna sobre la calidad y rigor del trabajo de Marta Matute y su reparto actoral pese a que, en ella, nos aguarde una crónica desgarradora. El paisaje que retrata labra una estampa familiar. En un hogar de hielo y silencio se cuece a fuego lento la descomposición de una unidad formada por un padre militar, hombre de alto mando en el cuartel y pocas palabras en casa; una madre dominante, con mando en el hogar y vida anodina; y dos hijas enfrentadas, asfixiadas, por una convivencia que se siente poco o nada afectuosa. La mayor ha volado del nido y está empeñada en forjar una empresa junto a su compañero, por lo que ha decidido posponer la idea de quedarse embarazada. La pequeña, vive en plena eclosión personal, estudia en el Laboratorio de Teatro William Layton y vive su sexualidad libre de la ortodoxia familiar que se le presupone, en un marco de procedencia cuartelera.

Yo no moriré de amor

Dirección y guion: Marta Matute Intérpretes: Júlia Mascort, Sonia Almarcha, Tomás del Estal, Laura Weissmahr y Guillermo Benet País: España. 2026 Duración: 94 minutos

Entre cumpleaños acota Marta Matute lo que quiere desarrollar. A saltos, a mordiscos de imprecisa cronología, Matute circunscribe el principio y el final de una agonía anunciada: un happy birthday de dolor y luto. Todo eso se desgrana a partir de lo real, inspirado en la propia biografía de la realizadora y guionista. Aunque no se corresponda con los detalles íntimos, Marta Matute ha utilizado, en su primer largometraje, cicatrices de su propia existencia. En concreto, el trastorno cerebral que destruyó la memoria de su madre, el proceso de descomposición personal correspondiente y, sobre todo, los estragos que ese ocaso provocó en la convivencia familiar, entre quienes la cuidaban.

Marta Matute se arma de autenticidad, no sólo en la descripción de la enfermedad y sus fases, sino en las respuestas de quienes la rodean. Con la verosimilitud del que describe lo que su piel rozó, Yo no moriré de amor describe, año a año, un naufragio irremisible, un viaje al infierno de la desaparición. Y ese cruel periplo, lo bosqueja Marta Matute con un extraordinario rigor por el detalle. Su escritura de guion parece una radiografía médica. Matute ha pormenorizado el desgaste, la frustración y la resistencia. Sus personajes crecen sobre ruinas de lo real, no hay idealización; no hay paños calientes, ni disimulos, ni evasivas.

Centrada en la mirada de la hija pequeña, alter ego de la propia Marta Matute, sorprende la severidad con la que la propia directora muestra las relaciones personales, los egoísmos íntimos, las desafecciones cotidianas. Duele y destempla tragar el desmoronamiento de la madre. E incomoda enfrentarse a un espejo en el que tantas personas pueden verse retratadas. Pero lo más duro no proviene de ese viaje hacia la muerte, sino del destrozo que provoca ese resquebrajamiento sin esperanza. La presencia-ausencia del amargo rostro de ese monstruo que nos visita cuando una persona vertebral, como lo es la figura materna, se hunde en la desmemoria, remueve conciencias.

Es cierto que hay un sector del público, tal vez mayoritario, que le da la vuelta a la frase citada de Dickens y que sostiene que “en el cine no son necesarias las realidades”. Ellos solo están, suelen decir, para comedias de amor y lujo. Para ese público, lo que acontece en Yo no moriré de amor se antojará como una propuesta altamente perturbadora, agresiva, desoladora. Pero no es menos cierto, que en ella se asiste a la puesta de largo de una realizadora estimulante. Su dirección del reparto, su sólida puesta en escena, donde cada elección refuerza el sentido simbólico y da sentido a lo que describe, y la nula autocomplacencia con los caracteres de sus personajes, hacen de ella una (e)lección ejemplar; una obra modélica.