Como un fantasma, sin articular palabra, convertido en una sombra a punto de desaparecer, Jim Sheridan, el director irlandés siempre recordado por Mi pie izquierdo, hace deambular a Colm Meaney (Ian Bailey). Con un centenar largo de películas y series de televisión, Meaney, un actor de alto cuajo y enorme presencia, interpreta al personaje central de este filme sobre un célebre caso sin resolver que llevó a enfrentarse a los sistemas judiciales de Francia e Irlanda. El tema tuvo lugar cuando una profesional del cine francés, Sophie Toscan du Plantier, fue brutalmente asesinada en Irlanda en oscuras circunstancias, que señalaban como posible culpable a un estrafalario periodista llamado Ian Bailey.

El caso fue célebre, especialmente en Irlanda, donde los pormenores fueron objeto de abundante información y duras controversias. Basado en aquellos ecos, Sheridan recupera el libreto de Doce hombres sin piedad de Lumet para, a partir de unir ambos cabos, levantar un filme que, cuando menos, desconcierta.

Recreación de un asesinato (Re-creation)

Dirección y guion: Jim Sheridan y David Merriman Intérpretes: Vicky Krieps, Aidan Gillen, Colm Meaney, John Connors y Jim Sheridanl País: Irlanda. 2025 Duración: 89 minutos

Los hechos dicen que Irlanda jamás entregó a Bailey a la justicia francesa, que el proceso policial irlandés fue una chapuza, que Bailey llegó a declarar que él había asesinado a Sophie, que jamás apareció ningún otro sospechoso y que fue juzgado en Francia y declarado culpable, pero que jamás cumplió la condena.

Como en la archiconocida obra de Lumet, aquí el jurado número 8, en este caso una mujer, es la única voz discordante en el veredicto de culpabilidad de un hipotético juicio que jamás se celebró en Irlanda. Miembro a miembro, el debate subsiguiente aplica la fórmula Lumet, pero con una argumentación errática. A veces, parece que el enfoque se dirime en el terreno del género, la vieja lucha de sexos pero sin humor, sentido, ni ironía. Hay momentos en los que la verdad del caso Bailey parece no importar y hay otros momentos en los que no se sabe qué quiere plantear de verdad Jim Sheridan.

Entre penumbra y mucha niebla retórica, la película se ahoga en su propia indecisión. Le sobra discurso y le faltan palabras. Algo inesperado en quien, como Sheridan, supo movilizar de manera sobrecogedora los mecanismos de la emoción. En El nombre del padre Sheridan interpelaba a la ley de los tribunales ingleses; aquí, su pregunta se abraza a la banalidad en nombre de la chapuza policial, a favor del In dubio pro reo de inocencia muy sospechosa.