Los lunes no son días para los museos. Pasan del jaleo del fin de semana al silencio de una jornada de descanso, porque siguiendo una norma no escrita, que se cumple a nivel internacional, la mayoría de estos espacios culturales cierran sus puertas y arrancan la semana sin visitantes. Las obras reposan solas, ajenas a selfies y miradas. Pero este lunes no, éste fue diferente. El Día Internacional de los Museos, que se celebra cada 18 de mayo, se ha convertido en un día de puertas abiertas, en una invitación gratuita a descubrir las obras o proyectos que albergan estos espacios. Y así, los Museos y centros de arte de Navarra se han unido a esta celebración con una programación especial centrada sobre todo en las visitas guiadas, para acercar con ellas el arte a la ciudadanía. Desde la Mano de Irulegi hasta Mark Rothko pasando por Jorge Oteiza. Un viaje sensorial a través de piezas únicas que están a nuestro lado siempre, pero que pocas veces vemos o sentimos y que en días como este lunes todavía están mas cerca.
Este año el lema del Día Internacional de los Museos (DIM) era quizás mas necesario que nunca, un guiño a la idea de que el arte, la cultura, es siempre un espacio de diálogo, de acercamiento, de sabiduría también, con la premisa de que el conocimiento es esencial para avanzar. Museos uniendo un mundo dividido, un mensaje claro, fácil de captar sea cual sea el destinatario. Porque en un mundo como el actual, marcado por las grandes tensiones geopolíticas, los conflictos y la falta de entendimiento, los museos han querido levantar la mano para decir que están aquí, con sus legados y actividades, para servir de espacios donde encontrarse, entre iguales o diferentes, y ser puentes cuando parece que no hay salida.Para ello hay que cruzar la puerta y entrar.
Y cuando se entra, con la intención de mirar, más allá de lo que se ve, se aprecia lo diferentes que son las propuestas que se pueden ver en ellos. Es el momento de dejarse llevar, sentir y admirar. Y es esa singularidad que cada uno contiene lo que los hace únicos, lo que nos lleva a visitarlos, a recorrerlos, a contemplar la belleza o a veces lo que no es bello pero nos interpela. Centros de arte como lugares de paso que siempre permanecen.
Los Museos se han tenido que ir adaptando a los tiempos, cambiado según las demandas, pero sin renunciar a su verdadera razón de ser: conservar, proteger y difundir las obras de arte que acogen, sea cual sea al formato, para que la sociedad conviva con ellas y las integre en la realidad de cada generación. Museos que miran al pasado, espacios que nos hablan del presente y centros de arte que se aventuran con sus propuestas para adelantarse, por qué no, al futuro. Todo el tiempo tiene cabida.
Son lugares sin prisa en un mundo enloquecido por la velocidad, que nos exigen atención plena en un momento en el que fijarla más de unos segundos en algo que no sea una pantalla cuesta. El arte, entenderlo y valorarlo, exige esfuerzo y eso ya no se lleva entre quienes piensan que es mejor consumir rápido, que saborear lento.
Los museos son espacios de libertad y mucho más. El arte, como el cine o la literatura, permite viajar en el tiempo e imaginar otros mundos. A veces refleja la realidad, otras no, pero siempre nos ayuda a entenderla.
La situación en Navarra
Acercándonos a Navarra, cada Museo es un mundo en sí mismo, por eso es difícil unificar o llegar a premisas comunes. Los hay pequeños y volcados en la conservación del pasado, que hablan de esa historia necesaria para entender lo que somos, como el Museo de las Brujas, de Zugarramurdi; el Museo de la Almadía, de Burgui; El Museo Etnográfico Reino de Pamplona, en Arteta; el Museo Yacimiento Alto de la Cruz, de Cortes o el Museo Casa Jenaro, de Sangüesa. Y los hay mayores, como el Museo de Navarra, el Museo de la Universidad de Navarra, La Fundación Jorge Oteiza o el Centro de Arte de Huarte. Junto a ellos los dedicados a un artista, como el centro Henri Leanerts, el Gustavo de Maeztu o el Muñoz Sola, además de otros muchos singulares repartidos por toda la Comunidad.
No son espacios fijos aunque estén quietos en un territorio, aunque conserven legados que parecen inamovibles. Son, o deberían serlo, lugares en constante cambio que se mueven al ritmo de la sociedad, porque el día que dejen de evolucionar su misión perderá parte del sentido. Y una de esas misiones, quizás la mas importante, es que sigan siendo generadores de preguntas, que interroguen y despierten siempre la curiosidad. Han tenido que adaptarse a la tecnología, como un aliado y una amenaza al mismo tiempo, cuando el ritmo de estos centros de cultura, parece que vaya en contra del ritmo de los tiempos actuales.
Y es que uno de los problemas de los grandes museos, problema que por suerte no se da en Navarra, donde mas bien se da el contrario, es la masificación que algunos están sufriendo y que está llevando a las grandes pinacotecas del mundo a tomar medidas para tratar de evitarla. Colas interminables, entradas compradas con meses de antelación, aglomeraciones que impiden ver las obras más valiosas, móviles que lo invaden todo y gente que pasa sin detener la mirada. Esos espacios masificados son los que pueden morir de éxito, aquellos que de tan demandados hacen imposible su disfrute. No es el caso. En Navarra el año pasado los museos registraron 411.456 visitas a sus exposiciones permanentes y temporales lo que supone un incremento del 8,2 % respecto al año anterior. Aquí nunca hay colas para entrar y las salas están más días vacías que llenas. Pero eso no resta valor a lo que son y a lo que contienen, a esas piezas únicas, o sus exposiciones temporales, tesoros que se pierden quienes no se adentran en su interior.
Porque aunque este 18 de mayo era su día, los museos no se recorren en una jornada, ninguno, y para muchos se necesitaría toda una vida. Una vida de disfrute. Es cuestión de elegir y probar. El arte siempre sienta bien.