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La Encina cierra sus puertas por falta de relevo generacional

Puente entre Extremadura y Altsasu, esta asociación cultural se constituyó en 2002 y cuatro años después habilitó su sede en un local alquilado

La Encina cierra sus puertas por falta de relevo generacionalN.M.

El Centro Cultural Extremeño La Encina cerró sus puertas casi con el año, el 30 de diciembre, a unos meses de cumplir dos décadas desde su apertura, en marzo de 2006, en un local de 270 metros cuadrados en la Avenida Vitoria, junto a BM. Se decidió la fórmula de alquiler. “Fue el primer gran error. Se solicitó un préstamo de 180.000 euros para acondicionar el local. Con ese dinero se podía haber comprado algo más pequeño y arreglarlo entre los socios, que había de todos los gremios. Es una de las razones del cierre”, apuntaba Francisco Chaparro, presidente desde enero de 2025 de esta asociación que ha hecho de puente entre Extremadura y Altsasu.

Le acompañaban en la junta directiva, entre otros, Pedro Aldeano, secretario; Manuel Castillo, tesorero; y Nicolás Fresneda, vocal y representante en la Federación de Casas Regionales. Muy a su pesar, les ha tocado el papel de formar parte de la comisión liquidadora. “Sobre todo nos da pena porque ponemos fin a un sueño de aquellas personas que cuando llegaron aquí tenían la ilusión de la tierra de donde procedían. Tenían aquí como un pequeño baluarte”, destacaban. Y es que en la población de Altsasu, que en dos décadas se dobló, buena parte procedía de Extremadura. Esta comunidad comenzó a organizase para conmemorar los 50 años de su presencia en Altsasu y en 2000 organizaron actividades culturales. Dos años después se constituyó como asociación.

Otra de las razones del cierre es la falta de relevo generacional. “La gente se hace mayor y lo deja pero no entran nuevos socios. Estamos 23 y no podemos asumir los costes. La situación es insostenible, con una media de pérdidas de unos 1.000 euros al mes. 10-15 socios hubiera sido nuestra salvación”, observó Castillo.

Cuenta atrás

La nueva junta comenzó in extremis, después de que la anterior anunciara el cierre en 2024. “No queríamos entrar pero nos entraron remordimientos y nos decidimos después de pedir el apoyo de los socios en la asamblea. Queríamos dar la vuelta a la situación pero no ha sido posible”, lamentaba Chaparro, con experiencia previa en el cargo. “Muchas cosas se hicieron mal desde el principio. Había socios titulares y socios culturales, que pagan una cantidad simbólica al año. Aunque no eran avalistas del préstamo, en la asamblea tenían la misma capacidad de decisión, con facultad para tomar decisiones que podían repercutir en los avalistas. Cambiar aquello acarreó muchos disgustos porque hubo problemas de entendimiento. Se solucionó aprobando unos nuevos estatutos”, recordó.

El objetivo era llegar a 2027, cuando expiraba el contrato de arrendamiento. “Nuestro planteamiento era de dos años para que fuera viable. Queremos agradecer a que el propietario del local nos ha puesto todas las facilidades del mundo para continuar”, destacaron. Lo primero que hicieron fue recabar información sobre la situación legal en que se encontraba y el procedimiento de cierre. “No es algo que se puede hacer de un día para otro. Había un pequeño activo que se debía justificar. Hay que realizar muchos trámites. Gracias a que Manuel está jubilado y le ha dedicado muchas horas. También contratamos un asesor”, apuntó Chaparro.

Asimismo, barajaron diferentes fórmulas para revertir la situación. “Las actividades culturales que organizábamos eran deficitarias pero no nos daban subvenciones. También pensamos en organizar un festival con Trasteando, sobre todo para captar socios, pero no había hueco en Iortia. Se echó el otoño y había que tomar una decisión”, señaló Castillo, al tiempo que agradece la colaboración de Cruz Mari Martínez. Así, en octubre se celebró una asamblea en la que presentaron las cuentas a los socios, en negativo, y el inevitable final del proyecto.

Se van con la conciencia tranquila de haber luchado por La Encina hasta el final. También con mucha pena y nostalgia. “Hemos estado muy bien. Era un lugar de encuentro donde nos reuníamos y hablábamos en torno a la barra. También de celebraciones con la familia o con los amigos. Muchos recuerdos buenos”, aseguraban.

Asimismo, ponían en valor la vocación cultural de La Encina, con la organización de diferentes actividades como una semana en torno a Extremadura o la celebración de la Virgen de Guadalupe, entre otras. También ofrecían almuerzos en las fiestas de Altsasu. “Nuestras puertas siempre estaban abiertas y podía participar cualquiera”, apuntaron.

Ahora, la maquinaria junto con los enseres y el mobiliario pertenecen en partes iguales, el 25%, al Gobierno de Navarra, Junta de Extremadura, Ayuntamiento de Altsasu y Hogar Extremeño de Pamplona, según se establece en los estatutos. El patrimonio cultural se inventarió y será entregado al Archivo General de Navarra.