Emma Madorrán, el Ángel de la serenidad
Con 7 años de edad, cada niño o niña de Tudela que protagoniza la Bajada del Ángel, carga sobre sus hombros el peso de una ceremonia de 4 siglos que une a toda la ciudad
Cuando la Real Academia Española de la Lengua pensó en la palabra ataraxia, debió imaginar a Emma Madorrán, con 7 años de edad, preparándose para protagonizar la Bajada del Ángel de Tudela una ceremonia que cumple 363 años, con el peso y la responsabilidad que eso supondría para cualquiera menos para Emma. Dice el diccionario que ataraxia es “la tranquilidad absoluta, un estado mental de serenidad plena, sin perturbaciones ni ansiedad” y eso reflejaba el rostro de la pequeña, que no dejó de sonreir desde que se levantó a las 6 de la mañana, ni siquiera cuando se vio rodeada para vestirla y unas 40 personas metidas en 15 m2 le escudriñaban o cuando 3.000 personas le miraban bajar por una maroma para cumplir con la secular tradición de retirar el velo a la Virgen y anunciar la resurrección de Jesús.
Esa serenidad parecía decir a Miguel Ángel Vallejo, Goyo Terrén, Zoradia Hoyos, Ana Mari Arregui y Alicia Navarro, “tranquilos, que estoy aquí y sé lo que tengo que hacer”. Con esa presencia, Emma se dejó hacer cuando hacia las 8.00 comenzó la otra ceremonia, la de vestir y preparar al Ángel en el domicilio de Miguel Ángel y Ana Mari donde desde hace más de 20 años se cocinan las ansiedades, miedos, emociones y los verdaderos mimbres de la Bajada del Ángel.
La herencia
Un testigo que heredaron de María Álava (tía de Ana Mari), que a su vez recogió de su madre, que lo tomó en 1958. A la muerte de María, en 1997, la labor pasó a manos de este matrimonio tudelano que el año que viene llevarán 30 años eligiendo, formando, vistiendo ángeles y cuidando la ceremonia tal y como les enseñó María Álava.
Ese cariño hacia los ángeles, hacia la ceremonia y hacia todo lo que representa consigue que cada Domingo de Resurrección una quincena de niños y niñas que fueron ángeles acudan a su casa para arropar al nuevo Ángel y transmitirle, “todo va a ir bien, nosotros y nosotras ya hemos pasado por ahí”. Este año, la cifra llegó a 19, contando al suplente, Mateo González, que atónito contempló, por primera vez, todo el entramado que rodea a la ceremonia.
La vestimenta
“¿El arnés es el mismo que cuando lo hice yo?”, preguntaba asombrado un ángel ya talludito, con tatuajes y luenga barba, “no puede ser, para mi que era mucho más grande”, recordaba entre risas. La pregunta, sirvió para dar inicio a la ceremonia del vestido de Emma, en el pequeño salón de la familia Vallejo-Arregui, donde una decena de cámaras, 20 ángeles, familiares, media docena de organizadores y varios curiosos se arremolinaban sin que la pequeña se inmutara. Así, con extraordinaria calma, aunque mirando de reojo al reloj, fueron poniendo, uno a uno, los elementos que convierten a Emma en la reina del cielo tudelano durante el domingo y en la que miles de ojos se posan durante apenas 5 minutos.
El Calzón (de tela blanca, con puntillas, que le llega de la cintura a las rodillas se le sujeta a la cintura mediante una trencilla y se le coloca encima de su ropa interior), la camiseta (de felpa gruesa algo escotada para que no sobresalga por el vestido y de manga larga hasta el codo para facilitar los movimientos que tiene que hacer el niño para volar y echarse el velo al hombro), el vestido (de tela de tisú beige y oro, largo, amplio, de manga corta, rematado en cuello, mangas y bajo por una pasamanería de oro), la bolsa para las aleluyas (de la misma tela del vestido y rematada con la misma pasamanería de oro), el cíngulo (para sujetar el vestido en la cintura, rematado en dos borlas), y las sandalias (hay un surtido de calzado dorado, de distinto número de pie, que se elige en función de la comodidad del Ángel) van ocupando su lugar.
Arnés y alas
Pero sin duda hay dos elementos fundamentales, el arnés, bien ceñido, pero sin apretar ni molestar; es quizás la clave de todo porque es lo que le une a la nube de la que cuelga a 10 metros de altura. “¿Te aprieta?”, “¿estás cómoda?” le repiten una y otra vez. Emma parece, por un momento, que está en una mesa de operaciones donde 6 cirujanos le rodean y opinan sobre por dónde deben cortar, ante la ataraxia de Emma. El segundo elemento son las alas, de pluma auténtica y que se guardan casi como si se tratara de una reliquia, dada su fragilidad.
Colocado todo, Zoraida Hoyos hizo la prueba definitiva que es cogerla del arnés e izarla para ver si puede mover bien los brazos y está cómoda, para después, colocar la corona y el pelo. Alicia Navarro, que lleva también más de dos décadas, es la encargada de esta labor y hacerlo de tal manera que estén sujetos y no se caigan con los vaivenes del vuelo o del velo. Este último arreglo permite a Alicia tener una mayor complicidad con el Ángel, darle tranquilidad y hacerle sonreír, si la intuyera tensa, “pensaba que venías a un ensayo y resulta que ya es el día”, le dijo ante la sonrisa de Emma.
A la plaza
a la plaza A las 8.40, con puntualidad británica, es el momento de dirigirse hacia la plaza de Los Fueros, paseando entre curiosos que la miraban con una mezcla de respeto y admiración. Allí, asomada al balcón de la Casa del Reloj vio la plaza abarrotada y todos los ángeles comprenden, por primera vez, dónde se han metido, pero Emma no se inmutó y saludó con la mano.
Las puertas del cielo se abrieron, para que Emma pusiera en marcha todo lo aprendido de carrerilla durante más de un año (“salgo del templete, me santigüo tres veces, lanzo aleluyas…”) y así nadando sobre el cielo tudelano llegó hasta donde estaba la Virgen.
No todo iba a ser tan sencillo, debió pedir que la acercaran, la subieran, se movieran los portadores y cuando ya la tuvo a tiro llegó el momento: “¡Alégrate, María, porque tu hijo ha resucitado!”. El público rompió a aplaudir, en realidad antes de tiempo, ya que la labor principal (que es quitar el velo y echárselo al hombro) aún no se había cumplido. El silencio que antes atronaba hasta que se cumplia ese paso, ya no existe y los espectadores rompen a aplaudir antes de tiempo. Pero a Emmna le dio igual, no se inmutó y terminada la labor para la que le habían preparado durante tanto tiempo volvió hacia el templete. Abajo, en la tierra, su madre le esperaba llorando para recogerla. No todos poseen la ataraxia de Emma.
