Arce y Orotz-Betelu, raíces vivas en cada cruz
La más antigua y emblemática de las peregrinaciones a la colegiata de Orreaga/Roncesvalles confirma, un año más, la emoción familiar transmitida de generación en generación
Hace justo una década decía el anterior prior de la Colegiata de Orreaga/Roncesvalles, Patxi Izco, que la continuidad de la romería de Arce y Orotz-Betelu estaba asegurada. No le faltaba razón. De hecho, decenas de niños y niñas desfilaron este domingo junto a cientos de oriundos de ambos municipios, en una multitudinaria romería que presume de ser una de las más antiguas y de las que más conserva su esencia.
Esta vez el tiempo acabó acompañando y, según lo previsto, decenas de romeros salieron a las 6 de la mañana de Orotz-Betelu y de Uritz y a las 7 desde Arrieta, yendo en procesión hasta reunirse con el resto de feligreses en la venta de Aurizberri/Espinal. Tras el almuerzo, la comitiva continuó hacia la Colegiata de Orreaga/Roncesvalles, con más de un centenar de personas entunicadas llevando a cuestas las cruces, en medio con las autoridades locales Carlos Oroz y Josep Franquesa, de Artzibar y Orotz-Betelu respectivamente, seguidos de las cruces parroquiales y de los estandartes.
Con emoción y con el rezo de las letanías y el ora pronobis guiado por el vecino de Arrieta César Asiain, fueron recibidos en Orreaga/Roncesvalles por el prior Bibiano Esparza y por el obispo de Vitoria Juan Carlos Elizalde, con raíces en Lusarreta, que ofició la eucaristía posterior. Pero el momento más especial llegó con la Salve a la Virgen de Orreaga, un canto singular y único que resonó entre las paredes de la Colegiata emocionando a generaciones enteras.
TRADICIÓN FAMILIAR
Así lo confirmaba Marisol Huarte, vecina de 78 años natural de Zandueta. “Es una tradición hermosa, se me ponen los pelos de punta cuando oigo cómo los hombres cantan el Ora Pronobis al pasar por Burguete, y también con la Salve, que es muy bonita, aunque complicada de cantar”, confesaba. Desde que tiene uso de razón, nunca ha dejado de acudir a la romería, salvo el año de la pandemia, y cuenta orgullosa que es una tradición familiar y muy especial que, a la vista está, ha sabido preservar. “Mi hijo Roberto, con apenas 5 años, se escapaba para coger la cruz y en Roncesvalles los peregrinos entonces le hacían fotos con la túnica”, recuerda.
Una emoción que, reconoce Marisol, ha sabido transmitir a las nuevas generaciones de la familia, como a sus nietas Leire y Lucía Zarranz, de 18 y 9 años, que han participado este año saliendo entunicadas con las cruces desde Arrieta. “Estamos un poco cansadas”, decían. Junto a ellas, también mostraban su cansancio Nagore Sainz de Aja, de 12 años, y Ane Morales, de 8 años, descendientes de Lakabe, que cargaron con la cruz, aunque desde la Venta de Aurizberri/Espinal.
Quien también lleva desde pequeña participando en la romería es Vanessa Rebouil, vecina de Arrieta de 38 años. De hecho, fue la primera mujer del pueblo en portar la cruz y era la única crucera de Arrieta que peregrinó hasta Orreaga/Roncesvalles. Esta vez, con un significado especial, ya que la ocasión lo merecía y es que el próximo mes de junio contraerá matrimonio en la misma Colegiata con Iñaki Iturri, vecino del pueblo de Lintzoain (valle de Erro). “Yo (Vanessa) me bauticé aquí y por buscar un punto intermedio, decidimos casarnos aquí”, expresaban muy contentos los futuros esposos.
Cada persona con sus historias, con sus vivencias y con sus recuerdos familiares, más allá de la devoción religiosa, la romería de Arce y Orotz/Betelu siempre es un lugar de encuentro y de unión entre familias, vecinos y descendientes de los pueblos que recuerdan con arraigo quiénes fueron y de dónde vienen. Una tradición en la que las raíces vuelven a aflorar entre cruces y letanías, manteniendo viva una tradición que a buen recaudo perdurará en el tiempo.