En un autobús con rumbo Barcelona-Madrid, Dembo rozó varias veces su zapatilla con la pierna del pasajero sentado a su lado. Cada vez que este se agachaba para limpiarse, Dembo le decía “perdón, perdón”, en inglés. Entonces, el viajero le preguntó: “¿Tú de dónde eres?”. Y Dembo contestó: “De Gambia”. Sin poder si quiera llegar a imaginarlo, en aquella breve conversación, una de esas que se tienen por mera cordialidad, residía la posibilidad de conocer a su hijo y reencontrarse con su mujer, a la que se vio obligado a dejar atrás cuando todavía estaba embarazada.
El suyo fue un camino “largo y duro”. Comenzó en 2015, año en el que salió de Gambia para curzar –a pie– Senegal, Mali, Burkina Faso y Níger, deambulando por el desierto del Sáhara hasta llegar a Libia. Tardó casi un año. “No es sencillo cruzar de país en país allí”, lamenta. Menos incluso debió serlo sabiendo lo que dejaba en casa. Fue en Libia donde vivió lo más duro de su camino. Allí cayó preso en uno de esos centros de los que se oye hablar sobre torturas y violaciones de derechos humanos. Su testimonio no viene para arrojar optimismo.
“Ahí fue terrible”, reconoce, “casi no teníamos para comer ni para beber”. Si les daban agua una vez al día, no volvían a ofrecérsela en un tiempo. Con la comida, lo mismo. “No era desayuno, almuerzo y cena. Nos traían comida solo a veces”, recuerda. Los horrores sufridos en esos cinco meses van mucho más allá, pero Dembo todavía no se siente cómodo hablando de ellos y, en consecuencia, reviviéndolos.
Un golpe de suerte
La situación no mejoró cuando llegó a Italia, así que decidió cruzar Francia para terminar en España. Fue en Barcelona donde, por azar, conoció a Enrique, el pasajero del asiento de al lado que cambió el rumbo de su vida. “Me preguntó a ver si tenía familia o si conocía a alguien en Madrid y yo le dije que no, pero que quería estar ahí”, relata.
Enrique insistió en que Dembo fuera a Pamplona con él porque en la capital y sin papeles, “no podría hacer mucho”. Pocos meses después, el gambiano cambió de idea y le llamó para decirle que quería venirse a su ciudad. “Su amigo Mikel, que vivía en Madrid, me vino a buscar y fuimos en autobús a Pamplona”. Una vez aquí, tocaron la puerta de la Asociación Irati, en Barañáin, donde Dembo aprendió castellano y disfrutó de distintas aficiones como la costura, típica en su pueblo. “Me ayudaron muchísimo. Para mí, Pamplona sin Irati es como la comida sin sal”, agradece. Ocho años más tarde, Dembo ha conseguido incluso un trabajo, con la ayuda del programa de acceso al empleo de la asociación, en una empresa de climatización que peleó mucho por contratarle.
Dos años atrás, cuando ya habían iniciado los procesos de reagrupación familiar, este padre tuvo la oportunidad de regresar a su país y conocer a su hijo, que todavía estaba en el vientre de su madre cuando tuvo que marchar. Hace tan solo unos meses, la mujer de Dembo llegó a Pamplona con su pequeño para recuperar el proyecto de vida que la familia merecía. Ahora, Dembo reflexiona con su hijo: “Tu avión ha tardado cinco horas en venir a España y recorrer un camino que a mí me tomó más de un año atravesar”.