Cincuenta millones de dólares ofreció Donald Trump por información que condujera al arresto o la detención de Nicolás Maduro. El sheriff reparte recompensas como fichas de póker, sin demasiado interés por si el botín llega envuelto en pruebas o en una narrativa conveniente de “narcoterrorismo”. En este Oeste tardío, lo importante no es la verdad, sino el cartel de Se busca. La cifra no es menor.

Veinticinco millones se ofrecieron por Osama bin Laden, por Ayman al-Zawahiri o por Saddam Hussein. Con 50 millones, Maduro es colocado al nivel –o por encima– de los grandes enemigos históricos de Estados Unidos. La recompensa parece menos pensada para capturar a un hombre que para tentar traiciones. Dirigida a militares, escoltas y altos funcionarios; comprar lealtades es más eficaz que conquistar territorios (Putin).

Según filtraciones, desde agosto la CIA contaría con un topo cercano al círculo de poder para facilitar una supuesta “operación quirúrgica”, término elegante para operaciones que nunca sangran en casa. Trump no buscaba solo un arresto, pretendía reducir a un presidente a la categoría de criminal internacional y advertir al mundo que Washington no reconoce legitimidades incómodas.

Y pasear al forajido por Nueva York hasta el tribunal de justicia americano. La ironía es mayor: Trump se apoya en el mismo régimen que dice denostar para avanzar en su conquista favorita, la económica. La amenaza de la seguridad es decorado; las libertades, utilería. El sheriff posa. El saloon murmura. Y el espectáculo continúa.