Quitar a Budimir en el minuto 76 me parece pronto. Sacar a Raúl en ese momento me parece tarde. Aunque jugar con dos delanteros centros a partir del 76 no parecía lo más adecuado para el momento del partido. Estar casi veinte minutos sin Budi en el Sadar es un lujo que no sé si Osasuna puede permitirse. Aunque, claro, también hay que dosificarle, porque hay que ganar hoy, pero también mañana.

Y puestos a elegir, que Budi esté contento. Raúl ya lo estará cuando tenga más minutos y ya le llegará. Y será así, porque el entrenador le aprecia (y el que firma también) y va a encontrarle el momento adecuado. Porque, aunque llama a la puerta, aún no la ha derribado. Pero si sigue llamando lo hará.

Y un problema parecido vendrá cuando Aimar esté recuperado y tenga que jugar al juego de la silla con Rubén-Víctor-Moro, en el que falta una. Además, cuando hay competencia real es cuando menos se lesiona la gente. Y algo parecido ocurre en defensa, con dos sillas para Herrando-Catena-Boyomo. Incluso en la portería, tras la confirmación de Aitor en el partido de Anoeta, Sergio ya no lo tiene tan claro y el debate se reabre. Las posiciones que parecen más estables son las simétricas Galán-Rosier y Torró-Moncayola que conviven en armonía.

Y quizá esto sea lo que define el éxito de un entrenador, hacer que muchos jugadores estén a la vez en su mejor momento y gestionar ese pico colectivo para que sea duradero, teniendo en la recámara a otros que esperan con hambre su oportunidad. Cuando esto pasa, el equipo mejora, la competencia aumenta y ese mismo nivel competitivo impulsa que todavía más jugadores crezcan. Una cadena virtuosa, pero muy exigente para quien debe elegir. Son síntomas de buena salud, aunque en Pamplona no siempre estemos acostumbrados a convivir con tanta competencia interna.

Si es difícil llegar a ser futbolista, ser entrenador lo es todavía más, porque por cada veinticinco jugadores solo hay uno. La mayoría de los que lo intentan no lo consiguen, y muchos otros ni siquiera lo intentamos y, aun así, nos atrevemos a dar consejos desde la comodidad del salón. Ser entrenador requiere gestionar egos, interpretar momentos y mantener el equilibrio competitivo del vestuario para que todos los platos sigan girando con ritmo en el aire y ninguno caiga. Difícil es, sin duda, pero no imposible.

El autor es exfutbolista y profesor de la UPNA*